La primera vez me impresionó. Luego me divertí, más tarde lo soporté y ahora me aburre a morir. Sin genes criollos no hay manera de disfrutarlo por años y años. Y es la causa de que Asia progrese y nosotros seamos tan pobres que hasta los ricos necesitan que les regalen un agro seguro.

Era martes. Restaurante cercano al parque de la 93. Llevaba apenas un mes en Colombia. Quedé para almorzar con la directora de una vaina, que me apetecía conocer. Nos citamos a la una de la tarde. Me chocó que pidiera whisky de aperitivo. Nuestro encuentro era, supuestamente, de trabajo. Como soy borracha, la imité encantada. Luego seguimos con vino. A mitad del encuentro, muy entretenido, ella saludó a un par de conocidos, jefazos ambos en sus profesiones. Se unieron a nosotras en el café. Del café pasamos a los whiskes, el señor más importante llamó a su secretaria y anuló las reuniones para esa tarde; ya no nos servían tragos sino botella. A las nueve de la noche miré el reloj y todos me imitaron como por acto reflejo, porque lo que es cerebro, ya no teníamos. Levantamos entre risas la sesión. No sé cómo, pero llegué a mi casa caminando.

Al día siguiente, oh sorpresa, mi rendimiento laboral osciló entre nulo y mínimo.

Luego llegaron los cumpleaños en manada. Podía ser lunes o miércoles, había que festejarlo y mejor desde el mediodía. Yo preguntaba si no era conveniente aplazar la rumba hasta el fin de semana y me miraban con cara de estar viendo un alien desaprensivo. No sabía, en mi supina ignorancia, que el aniversario del nacimiento de cualquier colombiano es un acontecimiento único, irrepetible, extraordinario, que merece celebración faraónica, si no en gastos, sí al menos en horas. También entonces me sometí a la masa.

En Colombia, dicen, se trabaja como en ningún otra parte del planeta. Cierto que en este país echan horas a la lata los empleados de menor rango pero lo que son los jefes, ni de vainas.

Otra vez me invitó un reconocido personaje a su casa, a un almuerzo, un jueves. Como había tanto empresario, periodista y político de relumbrón, pensé que aquello no podría durar mucho, que alguien tendría que producir algo. Pues no. Me fui a las cinco y todos seguían felices, conversando con lengua estropajosa y bebiéndose hasta el agua de los floreros.

Ya no voy a ningún almuerzo que no sea en restaurante y con el compromiso previo y jurado de que tiene un principio puntual y un fin rápido. Jamás a una casa, no entiendo el placer de llegar con el estómago vacío, engañar el hambre con litros de vino y whisky, esperar horas a que sirvan algo para empapar la cogorza en ciernes, abandonar el lugar borrado, cuando ya es noche cerrada, y no solo perder una tarde sino incapacitarse para la siguiente jornada.

Sé que cada vez que rechazo una invitación quedo como una desagradecida con aires de grandeza, un ser que se cree superior porque, sencillamente, piensa que las jornadas laborables van, mínimo, de lunes a viernes, de mañana a noche.

Y no es que sea suiza, original o marciana. A los pocos meses de instalarme en Bogotá recibí una oferta laboral de una empresa española, con sede en Chile. Viajé a Santiago pese a saber de antemano que no quería vivir en algo tan parecido a Europa. No rumbean a toda hora ni festejan cumpleaños en horas de oficina, los almuerzos duran poco y la productividad es mucha. Una jartera, sí, analizo ahora en la distancia, pero ellos avanzan a toda máquina y nosotros cojeamos pese a las tres cordilleras, los dos océanos y los vallenatos.

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