En este momento tengo el brazo izquierdo cubierto con una capa pegachenta, que espera pacientemente a ser absorbida por la piel. Acabo de rociarme con glifosato, el herbicida utilizado por el gobierno colombiano para la fumigación de los cultivos ilícitos, y durante 10 días esta será una más de mis rutinas diarias.

La n-fosfometil-glicina, o glifosato, es el principio activo de fumigantes como el RoundUp, producido por la multinacional Monsanto, y que ha sido durante años el herbicida más vendido en el mundo. Miles de agricultores lo utilizan para proteger sus cultivos, siguiendo las normas indicadas —es decir, utilizando la concentración recomendada (10 ml de glifosato por cada litro de agua) y esparciendo la mínima dosis sugerida (cerca de los seis litros por hectárea, cuando se trata de matas grandes como la coca)—. "Hay que distinguir entre los cultivos lícitos e ilícitos", me dice la doctora Myriam Gutiérrez, médica toxicóloga de la Universidad Nacional y una de las estudiosas sobre el tema. "En los lícitos, las condiciones permiten el control de la fumigación, mientras que en los ilícitos hay muchas condiciones en contra", añade. Me explica que las fumigaciones contra los cultivos de coca deben hacerse a más altura que la indicada (que es de 100 pies, un poco más de 300 metros), aumentando la concentración de la solución y con una fumigación por hectárea mucho mayor que la indispensable (más de 10 litros). Cuando le pregunto por los efectos sobre el ser humano, me remite a la Guía para el manejo de urgencias toxicológicas, publicada por el Ministerio de Protección Social, y cuyo capítulo sobre el glifosato fue escrito por ella: "Se considera que la toxicidad del glifosato es leve, de categoría toxicológica grado IV". Esto quiere decir que es ligeramente irritante para los ojos y piel, y que oral y respiratoriamente es letal en dosis altísimas. En últimas, que la muerte por glifosato solo podría ocasionarse en un intento de suicidio. Sin embargo, no dice nada sobre los efectos en la piel al exponerse constantemente al herbicida, o de lo que ocurre cuando contamina las fuentes de agua, o sobre su carácter letal para los anfibios.

Días después de esa entrevista, ya estaba rociándome por primera vez en el brazo izquierdo. Al principio hay algo de escozor y enrojecimiento, pero eso pasa al rato, cuando el líquido se seca completamente. Imagino el líquido intoxicando poco a poco las células de mi piel, o simplemente volviéndose inocuo debido a que por mis venas corre sangre y no clorofila; eso lo dirá el examen de piel al que me someteré cuando la fumigación acabe.

La doctora Patricia Decastro, dermatóloga de la Universidad Complutense de Madrid, me explica que según la sensibilidad de la piel hay dos posibles reacciones ante químicos como el glifosato: la primera es la dermatitis irritativa por contacto, que implica enrojecimiento de la piel, escozor e inflamación leve. La segunda es la alergia propiamente dicha, que trae consigo ampollas y rasquiña severa. Al revisarme, me informa que padezco de la primera. Unas manchas rojas que yo no veo, pero sus ojos de especialista sí. Es una reacción que pasará pronto, aunque las fumigaciones sobre los campos de Colombia sigan.

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