Poncho es charlatán, vociferante, silvestre, escandaloso, nochero, blandito y pando y estridente y estrafalario. Todo eso es Poncho Rentería, el memorioso, el provinciano, el polémico, el gocetas, el empírico y el folclórico. Poncho ha rendido como jabón de barra en los medios y en los almuerzos de sábados y en los cocteles de martes y en las peluquerías de atardecer en los últimos 40 años con su irremediable índole de calentano y su actitud empalagosa y su carcajada extravagante y sus escritos romos. Lo ha hecho de manera hábil aunque indigesta exhibiéndose insolente y farolero, y rocambolesco y dicharachero y estrambótico. Lo que dice Poncho, lenguaraz, es risible por pintoresco, pero es afectuoso por campechano; es cordial y es volátil y es señorero. Y narciso. ¿Inofensivo? Sí, casi siempre es rosado, si acaso lila, y por eso es soportable y para sus amigos querible e invitable. Todo eso ha sido Poncho, cuya fidelidad consigo mismo acude en su defensa porque así, locuaz y tremendista y brutal, ha sido siempre incluso cuando fue parlamentario. Que lo fue. Rebuscador creativo y obstinado y si bien recuerdo objeto de querellas legales, fue editor de reportajes de Gabo y se le agradece. Con ese mero equipaje de plumas, Poncho ha sido viable para él mismo y se le felicita. Encontró su nido entre sedas y estraples y Sello Negro y volvió su nicho las insulsas páginas de atrás de las revistas. Apenas normal. Con ese bolso de ligerezas migró de pronto, hace ya años, a una parcela insólita: al sur de la nota editorial de un periódico referencial. Vecino a la de vez en cuando densa sensatez de El Tiempo sobre el galimatías de las Cortes, Poncho sacude pañoletas, palmotea egos y desprende olores a rince. Siempre ahí él, en un espacio que ese periódico no le otorga ni a lo internacional ni lo científico en sus páginas estrechas. Siempre ahí Poncho, inocuo, vanidoso por estar ahí sin que tenga ninguna culpa por estar ahí en las páginas editoriales de un periódico que a pesar de todo, Poncho incluido, sigue siendo.

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