En Centroamérica tuve la oportunidad de observar que los colombianos se destacaban en la región por su habilidad como mecánicos, como ejecutivos de empresas multinacionales o como pillos. La mayoría de los robos, atracos o estafas que se reportaban en los periódicos los cometían colombianos o nicas, y a estos les llevaban los nuestros varios cuerpos de ventaja. La colonia colombiana hablaba de todo esto pero de las actividades en las que se destacaba, la que más discusión e interés suscitaba era su habilidad para robar y estafar. Los colombianos experimentamos una curiosa sensación de orgullo cuando conocemos las fechorías de nuestros compatriotas. Esa capacidad para la trampa, el engaño y el delito, pequeño o grande, parece haberse establecido como una característica cultural admirada o excesivamente tolerada.

Una de las razones por las cuales progresó el narcotráfico en Colombia fue que inicialmente nos sentimos orgullosos de lo que estaban haciendo nuestros mafiosos. Mucho antes de que las telenovelas los consagraran como héroes culturales, ya lo eran en el subconsciente colombiano. Esta ha sido la apoteosis del criminal colombiano, que se venía gestando desde hace mucho tiempo. Ha sido una identificación inducida en las primeras etapas por la admiración que provocaba el ingenio de los rateros, de la misma forma como se celebraba el de los intelectuales. Uno de ellos, admirado humorista bogotano, se burlaba de nuestro país, Caconia, patria de cacos y de "cacas"; pero esa burla era también un reconocimiento, muy aclamado, de que todos nos sentimos un poquito cacos.

A una señora la atracaron en pleno día y en las narices de unos policías. Para quitarle los aretes y el collar uno de los atracadores la cogió del cuello y la hizo agachar mientras el otro le decía cariñosamente "vomite, mamita, bote eso que le hace daño". La señora salió muy atemorizada de ese episodio, pero pudo más la admiración que la indignación y se reía comentando que "son muy ocurrentes estos desgraciados".

Cuando a alguien le meten gato por liebre, el que queda como un bobo es el estafado mientras que el tramposo suscita admiración. El principio que rige es que se cuide el que compra ("caveat emptor") de que no lo engañen y que si lo engañan es por su propia culpa. Es posible que a muchos no les parezca ni extraña ni nociva esta manera de ver las cosas y digan que precisamente se trata de que la gente sea responsable y maneje sus asuntos con la diligencia debida.

Eso no tenemos que aceptarlo porque implica que no hay confianza en la sociedad, que es un bien muy preciado. La trampa y el engaño son socialmente nocivos e improductivos. Tolerarlos es equivalente a tolerar el "raponazo" y el robo. Ninguno de ellos genera valor para la sociedad y sí costos enormes. En el caso del engaño o la trampa, no solamente pueden causarle daño físico o mental a la víctima, además de la pérdida económica, sino que impiden el desarrollo económico y les imponen excesivos costos de transacción a las actividades comerciales. Por eso, los países desarrollados obligan al que vende a revelar cualquier problema que tengan sus activos.

El costo para la sociedad de que la trampa se recompense en un mercado es que mucha gente se abstiene de hacer transacciones en él. Si es muy alta la probabilidad de que la contraparte de una transacción sea un tramposo, y que pueda serlo impunemente, posiblemente la gente solo haga negocios entre parientes que conoce bien, o con gente ampliamente probada, de confianza, lo que limita el universo de posibles transacciones e impide el desarrollo. Una sociedad de tramposos está condenada a la pobreza y a la rapacidad.

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