Lo primero que hay que tener en cuenta en un condumio es que si la mujer se emperifolla, el hombre también debe hacerlo, porque las parejas en estos eventos siempre se parecen entre sí. La clave es hacer gala de cualquier aditamento que recuerde a la madre patria. Por ejemplo, un tabaco que sobresalga en el bolsillo de la chaqueta o un clavel en la solapa son elementos que caracterizan a un buen condumiante. La corbata, y los pañuelos de seda son también muy respetados. Pero no se utilizan con vestido de un mismo tono. En el condumio se vive la feria del bocadillo. Es muy importante combinar una chaqueta deportiva con un pantalón de dril o de pana. Ojo, si ve a alguien con pantalón de cuero seguramente se trata de un ganadero o un ex torero.

En el caso de las mujeres, algunas recurren a un moño andaluz o un sombrero cordobés también con clavel rojo, aunque nunca falta alguna que se disfrace de manola. Algo que nunca he entendido es la relación que existe entre España y las cachuchas escocesas, pero lo cierto es que también forman parte de la indumentaria.

Otra cosa que no entiendo del condumio es por qué, de repente, todo el mundo habla como si hubiera nacido en Madrid. De pronto, se oye un acento castizo por todas partes. No se dice toro sino astado, ni rojo sino grana. El caballo es la jaca, y testa la cabeza. Los conocimientos sobre la ganadería, el sorteo y el cartel son casi obligatorios. Todos hablan con una propiedad increíble, como la de cualquier colombiano hablando de fútbol. Hacer gala de la amistad personal con un diestro o con su apoderado es cosa digna de respeto. A nadie se le ocurriría preguntarle a un condumiante "Oye, ¿y qué opinas de Mockus?". Por el contrario, referirse a un matador o a un picador por su nombre de pila, produce toda la admiración.

Así como la ropa y el hablado son españoles, en el condumio se deben consumir comidas y bebidas españolas. Si se celebra en la residencia de algún aficionado, es casi seguro que el anfitrión haya preparado una paella, que a su propio juicio es la mejor que se puede comer en Bogotá y, claro, nadie lo pone en duda sin importar la casa en que se haga y el anfitrión que sea. Jamás se oirá en un condumio: "Qué pena con ustedes, hoy no me quedó buena la paella". Eso no pasará nunca.

Ordenar un ajiaco en un condumio es como pedir un coctel de ostras en Ubaté. Los licores autorizados son el jerez, el vino tinto y la manzanilla, pero esta última debe ser consumida en bota y exclusivamente en la plaza o a la entrada mientras se hace la cola de ingreso. Para quienes no son muy aficionados a las bebidas alcohólicas existe la sangría, que en la versión colombiana puede llevar uchuvas y coco.

Un condumio se inicia oficialmente con una tuna o con cantos sevillanos de alguien llamado Paco del Moral o María Calé. Y es justo en ese momento cuando aparece alguien que se pone de pie y, sin el más mínimo reparo, le quita la pandereta a un miembro de la tuna y empieza a demostrar que la toca mejor que cualquiera de los presentes. La señora del espontáneo seguramente también se anime a empuñar las castañuelas y a acompañar a su consorte, con resultados que por compasión no se deberían repetir ni por escrito.

Alrededor de las dos de la tarde, no puede faltar el inconfundible trueno bogotano acompañado de frases como "Mientras Monserrate no se tape", "la tarde va a abrir" o "es una lluvia espanta bobos".

Cuando los asistentes están más que entusiasmados, se suspende el condumio porque es necesario ir a la Plaza, ya que lo único que comienza a tiempo en Bogotá es una corrida de toros.

Sin embargo, es muy probable que un condumio acabe en remate de corrida. Por ello, los asistentes se vuelven a encontrar después de la fiesta brava, en el mismo lugar en el que se dieron cita antes. Aquí la tuna se reemplaza por un conjunto musical. Como el arte de la lidia tiene tanto parentesco con la danza, es casi inevitable que todo se vuelva una fiesta bailable. Por lo general, los asistentes después de discutir sobre los aciertos y desaciertos del presidente de la plaza en cuanto al número de orejas que se otorgaron o negaron, y un tanto alicorados, deciden exhibir en la pista de baile su pasión taurina imitando los pasos lentos de José Mari Manzanares mientras cantan la letra de un pasodoble: el tipo extiende el brazo con una muleta imaginaria y el amigo borracho agacha la cabeza, pone sus dedos índices a manera de cachos, y se va de frente contra esa muleta invisible con tan mala suerte que sigue derecho y se va de jeta.

Casi siempre los remates de corrida se extienden hasta que las mujeres se aburren. Esto ocurre cuando el hombre decide bailar por separado y, preso de una súbita emoción gitana, divisa a lo lejos a su compañera, y en ademán de ponerle banderillas, la persigue mientras todos los demás gritan "oleeee".

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