Hay una diferencia entre las comitivas que lleva Hugo Chávez, el presidente de Venezuela, que de vez en cuando hace una escala en Caracas para ver cómo va su país, y las que acompañan a las candidatas al reinado de Cartagena. Allá las pagan con el petróleo y las critican en los pocos medios que todavía no controla el gobierno. Aquí, en cambio, las financian las quebradas administraciones departamentales y nadie las cuestiona. De resto, se parecen en su número exorbitante, en su posición estrafalaria y en todo lo demás.

En los lagartos, por ejemplo, que abundan y se reproducen: los reinados son su segunda patria (la primera es el Congreso). No hay reina que no tenga detrás un alcalde, un congresista o un gobernador. En 1996 cubrí el certamen de Cartagena para la revista Cambio 16 y en la sede de la favorita, Antioquia, me encontré al entonces poco conocido gobernador: Álvaro Uribe. Su candidata, Claudia Elena Vásquez, ganó sobrada y no propiamente por la palanca de su padrino. ¡Pero desde entonces supe que Uribe sabe muy bien a qué árbol se arrima!

Hay otros especímenes menos comunes en las comitivas reales, como las chaperonas. En mi diccionario de cabecera, el de Manuel Seco, la definición del simpático término está precedida por un ‘raro‘ entre paréntesis, que significa que es una institución prácticamente inexistente. Después enuncia: "mujer que acompaña a una joven por conveniencias sociales o para vigilarla". ¿Conveniencias sociales? ¿Vigilarla? En realidad, las tales chaperonas hacen todo lo contrario: alcahuetean las dosis de indisciplina sin las cuales ninguna candidata podría sobrevivir a Raimundo Angulo. También cumplen otros quehaceres. En 1991, la chaperona de la candidata del Cesar ejerció la tarea humanitaria de facilitarle a su reina un encuentro con el novio. Fue Troya. El primer piso del Hilton se llenó de policías, se cruzaron guardaespaldas y dicen que hasta se desenfundaron pistolas y otras armas. Resulta que el suertudo pretendiente era el Ministro de Justicia de la época, Fernando Carrillo, soltero todavía, quien llegó con sus protectores armados e inseparables. Otras chaperonas se han encargado de funciones menos divertidas: calmar los nervios de la mamá de la candidata, tranquilizar a los lagartos, organizar a los políticos que quieren una foto con la representante de su departamento...

Los novios de las beldades la pasan mal. Son tan evidentes sus celos irremediables como las mentiras con que afirman, sin sonrojarse demasiado, que no les importa que sus amadas se exhiban, coqueteen, generen suspiros y hagan derramar salivas. Además tienen que calarse al cadete, un apuesto marinero que seguramente hace falta en otra parte y que siempre, sonriente, le está cogiendo el brazo a su protegida. Los novios no se dan cuenta de que se ven tontos. Ponen cara de que se creen el cuento de que su amor es suficientemente fuerte para que la relación sobreviva a las fiestas novembrinas. Se supo de un caso —histórico y comprobado— en el que esto efectivamente ocurrió. Todos los demás fueron enviados al lugar adecuado un par de semanas después de la coronación, para abrirle el espacio a un ricachón.

El peor papel del libreto cartagenero le toca a la mamá de la candidata. Una costeña, hace una década, les repartía a los periodistas que cubren el evento poemas escritos por su niñita. Pésimos, y hasta se rumora que por su cuenta perdió la corona. Otra rezaba el rosario con tanta intensidad que le produjo una crisis nerviosa a la chaperona y esta, a su vez, enfermó de estrés a la reina... que acabó en la clínica. Todas las mamás han hecho el oso de su vida en un concurso que a nadie le importa para escoger a la Reina Madre en el que los políticos acompañantes les hacen propuestas hipócritas que en realidad buscan convertirlas en caminos para llegar a sus hijas.

Las nutridas comitivas, en fin, hacen de todo: corean el nombre del departamento, hacen barra, gritan "esa es, esa es", se toman fotos, cantan el himno regional y venden postales con fotografías de la catedral, se emborrachan a toda hora, tienen líos con la Policía... y gastan mucha plata. Se parecen a las comitivas de Hugo Chávez, pero tienen una diferencia: aquí no ha llegado la liberación bolivariana, ¡seguimos en el reinado!

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