Empecemos por lo primero: soy fan de los Red Hot Chili Peppers (RHCP). Bueno, más que fan diría que soy un devoto de la banda. Lo he sido desde que me colgué un bajo y di mis primeros pasos como músico por allá en el 91. Para mí, el álbum Blood Sugar Sex Magik es una obra de arte, pasé mi adolescencia aprendiéndome cada nota de bajo de ese disco.

Por eso, mucho tiempo después, cuando terminé trabajando en Estéreo Picnic y me ofrecieron ser tour manager para la banda, no lo pensé dos veces. Era mi oportunidad de estar cerca de ellos. Pero tenía que ser totalmente profesional y no comportarme como una groupie. Mi misión era ayudar a la banda en todo y asegurarme de que llegara al festival a tiempo, volviera al hotel y se montara en un avión de vuelta. Decirlo ahora parece sencillo, pero no fue así.

Faltando dos días para el inicio del festival en 2014 ya estaba todo en orden. La banda llegaba el jueves 3 de abril en la tarde, tocaba el viernes y el sábado salía para Puerto Rico. Estaba tranquilo, hasta que el miércoles a las 2:00 a.m. me llegó un correo del mánager de los RHCP:

“Acabo de recibir una petición del mismísimo Flea (el bajista). A él y al resto de la banda les encantaría ir al partido del Atlético que habrá mañana en la noche en Bogotá. ¿Podrían conseguirnos entradas VIP?”.

Ese jueves jugaba, por la Copa Libertadores, el Atlético Mineiro —en ese momento con Ronaldinho— contra Santa Fe, en El Campín. Era un partido muy esperado, y conseguir entradas era casi imposible.

En la mañana del jueves arrancó el correcorre con los organizadores de Estéreo Picnic para conseguir las boletas. Pasaron horas y horas, hasta que, faltando unos 40 minutos para que aterrizara el avión, me confirmaron que habían conseguido boletas en el palco del alcalde Pardo (Petro entonces estaba suspendido temporalmente).

En medio del proceso de inmigración, alguien me tocó el hombro y me dijo en un español bastante decente: “Hola, soy Flea, ¿cómo estás?”. Estaba hablando con mi ídolo del bajo cuando el mánager de la banda me preguntó si tenía las boletas. Le dije que sí y, en un segundo, el equipo de seguridad partió el grupo en dos: los que iban para el hotel (convoy A) y los que iban para El Campín (convoy B). Yo iba en el segundo grupo con Ryan (el jefe de seguridad), Flea, Josh (guitarrista) y Mauro (percusionista). Nos montaron en dos camionetas blindadas y polarizadas.

El estadio estaba lleno de gente. Parqueamos y en ese momento se acercó un grupo de policías para quitarnos. Les expliqué que tenía a unos invitados del alcalde encargado, pero que necesitábamos entrar con la mayor discreción posible.

El partido estaba por arrancar, y nosotros seguíamos afuera. Un representante de la Alcaldía nos dijo que entráramos a pie y nos recomendó que fuéramos lo más ágiles posible para no crear un marea de gente pidiendo fotos. Le expliqué todo al jefe de seguridad. Él me miró y me dijo: “¿En serio? Estás loco. No vamos a bajarnos en plena vía pública y caminar”. Debo aclarar acá que Ryan es un hombre de unos 180 kilos y 1,95 metros. Además, está mejor dateado que yo en el tema de cuántas personas secuestran al año en Colombia y cuántos robos hay al día en Bogotá. Así que me dijo con tono dulce: “Fuck no!”. Pero le argumenté con tranquilidad que era seguro, si me regalaba dos minuticos.

No quería que algo saliera mal, no me convenía arriesgar a la banda y quedar como el tipo que se tiró el Estéreo Picnic por llevar a RHCP a un partido de fútbol. Me bajé de la camioneta y coordiné con la gente de la policía para que nos abrieran las vallas de seguridad y pasáramos corriendo. Entonces volví a la camioneta y les dije: “Listo, nos bajamos y a correr, ¿se le miden?”.

Antes de tener un “sí”, Flea ya estaba en la calle… ¡y a correr se dijo! Apenas pisamos el andén, dos fans los reconocieron y empezaron a gritar. Pero les hice señas a mis compañeros para que agilizaran el paso y nos metimos como pudimos al ascensor del estadio. Entramos al palco y todo el mundo se volteó a vernos. Yo hice de traductor: “Señor alcalde, ellos son los Red Hot Chili Peppers, de Los Ángeles”. “Bienvenidos, están en su casa”, respondió Pardo. Flea me pidió que me sentara a su lado para que le explicara un par de cosas. Y de repente nos pusimos a hablar de música, de bajos. Fue una charla de hora y pico. Hablamos tanto que ni me acuerdo del marcador. Al día siguiente, Flea salió a tocar con la camiseta de Santa Fe.

Luego, nos interrumpió Ryan y nos dijo: “Tenemos hambre”. ¿Qué podría ofrecerles? Pues palos de queso y De Todito… Mejor dicho, viví la experiencia típica de estadio colombiano ¡al lado de los Red Hot Chili Peppers! Estaba realizado.

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