Comienzo por advertir que me pagan por escribir en contra de Raimundo Angulo y su Reinado de Cartagena, como parte de un complot tejido por una siniestra alianza entre Daniel Samper Ospina, arrepentido tardíamente de sus muchos pecados machistas, y la reconocida sacerdotisa feminista Florence Thomas —la Dasflo—, pero no traicionaré mis creencias. Lo siento, Dani, pero tu chequera de vil converso no basta.

Yo daría media vida por que continúen los apasionantes concursos de reinitas si me garantizan que los traquetos invadirán el jurásico Club Cartagena y ese hotel con aspiraciones llamado Hilton. 
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Nada me produciría más placer que ver a todas las nenas que merodean los narcos de poca monta, con sus hilos dentales, sus tetas monumentales, sus rostros embadurnados de polvos baratos y sus peinados rococó, robándose las miradas lascivas de los cartageneros de postín en las piscinas recursis de sendos establecimientos.

Un concurso sin esos floreros que importan de los Llanos o de cualquier Pereira, y sin traquetos de dedos atiborrados de anillos de oro 99 kilomegawatios e incrustaciones de esmeraldones, es como un club de provincias sin aires de grandeza.

Sin esa lobezna fauna los reinados colombianos son, como lo que son hoy día, un Miss Mundo cualquiera, es decir, un espectáculo dantesco al que acude la rancia dirigencia local vestida de hugos y tcherassis chiviaos y el porte de una toma de posesión presidencial bananera. ¡Me muero de la jartera!

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Además, sin el billete traqueto no hay champañas que descorchar, porque al precio que están las burbujas francesas —las de imitación no sirven en los refinados salones costeños— no hay cachaco capaz de cancelar la dolorosa. Y según los duchos en la materia, nada mejor para coronar una excitante jornada andariega con el ramillete de reinas por las rues de Cartagena (pronunciar Cartayyen aunque se lea Cartagena), que una copita burbujeante de la viuda del viejo Cliquot. Natda.

Pero hay muchas más razones para adorarlos a ellos y querer a sus mozas chirriantes que dan vida al majestuoso concurso de Monsieur Angulo, que desde ya pido sea declarado Patrimonio de la Humanidad por lo cultural y porque es más nuestro que la arepa de huevo.

El billete es una razón, la plata, otra, y el dinero también cuenta. ¿Quién apuesta por las yeguas ganadoras si no los traquetos de mis entrañas?

¡Veinte bultos por la cola rebuena de Antioquia! ¡Treinta por la respingona de Cundinamarca! Se bajan de miles de dólares en un instante sin anestesia ni analgésico, ni nada. Y los cartageneros de dedo parado, de familia miranda, qué más hacen si no tienen con qué ir y menos con qué subir la apuesta por la propia de Bolívar, que será lo que sea la niña, pero es la de casa.

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¿Alguien está dispuesto a perderse esas competencias de hembras ahora que nos quitaron las carreras de equinos?

Y qué decir del desfile de balleneras. Como a mis amados traquetos no les dejan aún bajarse en el Hilton ni pagar rumba en el Cartagena, pues les queda el mar que es libre y popular y democrático y grande, sobre todo grande —que es a la final lo que cuenta—, para exhibir en todo su esplendor a sus nenas.

Cachucha de almirante, braga náutica, prominentes barrigas, mariachis vomitando por la borda, Old Parr venteao y sus princesitas revoloteando por la cubierta del yate alquilado a precio del Queen Elizabeth, pero qué es esa minucia para una jornada marinera gloriosa. ¡Que viva la plata!

Y para qué hablar de las siliconas y de las blanqueadas dentaduras y de los cursos acelerados de usos varios de cubertería aristocrática y de los viáticos para las mamás de lágrima floja y de las barras bravas y de los sobornos a los jueces y periodistas y de los baúles de reina de Saba. Alguien tendrá que aflojar la billetera, así sea repujada, para que la competencia siga vibrante y mis reinas brillen como estrellas del firmamento lejano y negro (divina la comparación), porque cuando falta esa platica, vienen las penurias y no hay belleza que valga.

Insisto, sin traquetos y sus nenas, el Reinado de Cartagena no es nada. "Y sin reinado no hay vida y sin vida no hay esperanza y sin esperanza no hay destino y sin destino no hay rumbo y sin rumbo, já, sin rumbo. ¡Qué tristeza!".*

(*Tomado del libro abreviado Cómo hacer una reina, capítulo cultural, sección poemas).
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