Se necesita no conocer a Piedad, o estar desinformado por las columnas de esos petardistas que inflaman la opinión acusando de corrupción a cuanto abnegado senador se les ocurre, simplemente porque ejercen el difícil oficio de hacer política, además en la costa atlántica.

La señora Zuccardi es un ejemplo de superación personal y familiar, que deberían enseñarlo en las escuelas públicas, en vez de estar intoxicando a los niños con el cuento chimbo de que el nuevo papa argentino es infalible y además modesto.

La todavía muy hermosa senadora Zuccardi, antes de meterse en la vida pública y asumir las riendas de una casta política que ha brillado en muchos escenarios, principalmente judiciales, fue la primera Maja de Colombia. Y ganó por bonita e inteligente ese concurso del Club Social de Sincelejo, no por influencias politiqueras.

A los envidiosos les parece un desafío que Piedad, la más hermosa mujer de Sincelejo, terminara ennoviada y luego legítimamente casada —por la santa Iglesia católica, apostólica y romana— con otro varón egregio del pueblo, Juan José García Romero, político él y también heredero y causante de varias carreras políticas. En esas épocas, Piedad ofició dignamente su papel de cónyuge de tan importante hombre público, hasta que un buen día a alguno de esos lenguaraces que hay en todas las provincias se le ocurrió acusar al gran Juan José de apropiarse de unos ridículos auxilios parlamentarios, y en el Consejo de Estado no tuvieron compasión con él porque lo despojaron de su investidura.

Pero para eso es la unión familiar. Caído del pedestal el consorte de la bellísima Piedad, la matrona de tan distinguida estirpe, doña Mady Romero de García, creó una fundación —de esas que en verdad no tienen ánimo de lucro— para la promoción del deporte y la educación. Desde allí, la familia soportó el desierto de la pérdida de investidura y se entregó a hacer obras para esa región que los quiere y consiente. Claro, como aquí no pueden ver a un político decente haciendo patria, alguien se inventó que en esa fundación se habían perdido 150 millones, y a la vengadora Corte Suprema de Justicia le pareció que la legítima triangulación en la que colaboró una leal empleada doméstica de doña Mady era un robo de Juan José, y no le tembló la mano para condenarlo y truncar su fulgurante destino. Pero la familia sabe agradecer a quien comprende sus esfuerzos, porque la hija de esa colaboradora en oficios domésticos terminó de recepcionista del consulado en Fráncfort, donde después fue nombrada Teresita García Romero, cuñada también de la Zuccardi, pero nunca tan primorosa como ella.

Pero no se equivoquen, también Teresita honra la prosapia, porque sucedió en el Senado a Álvaro, su hermano, el Gordo, a quien otros viscerales enemigos de la familia hoy lo tienen preso dizque por estar comprometido en una masacre.

Volvamos a nuestra Piedad, porque en este breve relato no puede olvidarse que ella, con vigor y decisión patriótica, asumió las responsabilidades políticas del grupo familiar y se hizo también senadora, con una importante y limpia votación. Es que esta valerosa mujer, además de guapa, se hizo comunicadora, y con ese título profesional convence y cautiva no solo a su electorado.

Doña Piedad —como con respeto la llaman en su madurez— ha sido samperista, pastranista, uribista, santista, y convidada a las grandes fiestas, como la del matrimonio de la hija de Alejandro Ordóñez, a la que concurrió muy elegante con su marido. Por eso, el libre pensador del procurador, cuando algún chismoso le preguntó por la presencia de esta pareja en tan solemne ocasión, con orgullo respondió: “Yo soy amigo de la señora, no de su esposo”.


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