Al cabo de un tiempo, la convivencia termina por generar un odio acérrimo y desata, en el mejor de los casos, instintos asesinos irrefrenables entre los convivientes. Existen múltiples razones. Una de ellas, quizá la más poderosa, es tener que compartir el baño.

Acostumbrado como hasta entonces a mi sobrio baño de soltero, cuya mayor excentricidad había sido albergar una lata de espuma de afeitar con aloe vera, la decisión de irme a vivir con Ella resultó particularmente impactante llegada la hora de abrir las cajas marcadas como “aseo personal”, y comenzar a acomodarlas en “nuestro” baño.

Mis cosas quedaron instaladas en cuestión de segundos en un ínfimo gabinete detrás de la puerta, instalado por Ella, junto con las cosas del botiquín. Cepillo de dientes y seda dental, la lata de espuma de afeitar y una máquina desechable, un desodorante roll-on inodoro y un frasco de agua de colonia. Acto seguido desalojé el baño y fui a comprar algo de comer, por insinuación de Ella, para dejarla hacer tranquila en su turno de colonización sanitaria.

A mi regreso encontré lo indecible. El baño se había transformado en una especie de farmacia. Baste con decir que el mesón de mármol había desaparecido por completo debajo de cientos de frascos, potes, pomos y botellas de productos cosméticos. Los cajones estaban atiborrados de instrumentos que habrían sido la delicia de un inquisidor, y el entrepaño bajo el lavamanos se arqueaba bajo el peso de secadores, masajeadores, planchas y otra suerte de artefactos que aún ignoro para qué sirven.

A pocos días del trasteo, el acto de entrar al baño, que hasta ese momento era para mí una actividad de trámite más o menos breve y aburrida dependiendo del menester, empezó a convertirse en una aventura sin límites, emocionante, llena de estímulos y tentaciones.

Era humanamente imposible ingresar al cubículo y abstraerse de aquel arsenal de productos con envases llamativos y aromas evocadores, a tal punto que una mañana, al sentarme en el retrete, dejé de lado la revista de marras y picado por la curiosidad opté por leer el modo de empleo de una crema exfoliante que encontré sobre el mesón, para comprobar, atónito, a medida que avanzaba en la lectura cómo el peristaltismo aumentaba vigorosamente hasta lograr una evacuación perfecta. En los días subsiguientes, mi digestión dio muestras de una notable mejoría a medida que exploraba este nuevo universo, al tiempo que mis conocimientos sobre la materia se hacían más profundos. Ahora sabía con claridad que la coenzima Q10 y la creatina son dos poderosos activos antiarrugas; podía distinguir sin temor a equivocarme un tónico astringente herbal de una limpiadora humectante de pepino con solo olerlas o que mediante una muestra de saliva se puede diseñar una eficaz crema antiedad que compensa los defectos de nuestra huella genética.

Pero no contento con esto, un día sucumbí ante la tentación. Tenía al alcance de mi mano la posibilidad de erradicar las células muertas del rostro y proveerme de altos volúmenes de colágeno para acabar con la pata de gallina, de modo que decidí experimentar. A las largas jornadas de lectura decidí sumarles la comprobación en carne propia. Probé con la exfoliante y la humectante, primero tímidamente en las mañanas, antes y después del baño, y luego paulatinamente, con más propiedad en las noches antes de dormir, complementando con emulsión blanqueadora y contorno de ojos. Siguieron los dolorosos masajes con el guante de crin de caballo para reducir la celulitis durante la ducha, espumas faciales y limpiadoras con avena, lociones con elastina, la hidratante regeneradora con liposomas; probaba todo lo que iba encontrando, abriendo con cada producto las puertas de un mundo desconocido y apasionante.

Ella comenzó a sospechar que algo pasaba. No tanto porque mis tiempos dentro del baño se hubieran extendido al doble, sino porque veía disminuidas sustancialmente sus cremas y menjurjes sin razón aparente. Sin pensarlo un instante, señaló a la empleada doméstica como autora del desfalco, y sin lugar a descargos la echó. Abrumado y a la vez motivado por tal injusticia, no tuve más remedio que salir del clóset. Había llegado el momento de asumir que algo estaba cambiando dentro y fuera de mí; quería que Ella lo supiera y quería gritarlo a los cuatro vientos. Me había convertido en un nuevo hombre: “Un macho sensible con inquietudes estéticas”. Había llegado el momento de reclamar mi espacio en el baño. Después de una enconada discusión, la primera de nuestro breve contubernio, aduciendo razones de igualdad y democracia, logré que liberara la mitad del espacio. Del pequeño gabinete en el que había estado recluido pasé a ocupar dos cajones completos y la mitad del entrepaño, que se fueron llenando rápidamente a medida que descubría el rico mundo de la cosmética masculina. Tiendas tradicionalmente femeninas cedían secciones enteras a nuevas estanterías ahora repletas de productos para “Él”, amplios espacios atendidos por hombres elegantemente vestidos y ambientados con las imágenes de mis nuevos íconos de la masculinidad, David Beckham, Ronaldo y Armando Benedetti.

La primera compra que hice fue tan cuantiosa que recibí un neceser con la foto del senador y una sesión gratuita de depilación láser. Muy pronto me convertí en uno de los clientes exclusivos de la tienda, con derecho a los mejores descuentos y acceso sin cita previa al spa.

Con el paso de los días, las discusiones con Ella iban adquiriendo un cariz distinto y un tono cada vez más agresivo y retador, a medida que perfeccionaba mis rutinas estéticas y los procesos se iban volviendo más complejos y dispendiosos, por lo que fue necesario establecer un nuevo acuerdo para el uso del baño, con horarios mucho más amplios, ahora que había decidido incursionar en la depilación de la zona pudenda aprovechando el reciente lanzamiento al mercado de un novedoso gel con inhibidor capilar.



Pasaba horas enteras en el baño amparado en el armisticio acordado con Ella, embelesado con la evidencia de la transformación. Cutis suave y terso, disminución de bolsas y arrugas; era un auténtico hombre de la metrópolis, un Zara Man, orgulloso de la conquista de un espacio tradicionalmente femenino. La emancipación del yugo de la testosterona. Perdí el miedo a hablar de mis sentimientos, a llorar en público, me matriculé en un gimnasio, pedí cita donde el doctor Raba y Giovanni Bojanini, mi lista de contactos se vio poblada sin vergüenza de amigos gays, y gracias a los correos que recibía de manera masiva me di a la tarea de asistir al lanzamiento de cuanto producto llegaba al mercado. Vivía al tanto de las nuevas tendencias de la moda, compré reloj, descubrí que mi aroma era la Bergamota, y lentamente, sin darme cuenta, me fui distanciando de Ella.

Los intereses compartidos de antaño habían desaparecido. Inmerso como estaba en este nuevo mundo, los temas de conversación que ahora intentábamos plantear para acercarnos nos resultaban mutuamente aburridos. Eran tan largas las jornadas que pasaba en el baño dedicado a mis terapias cosméticas que cuando llegaba a la cama, Ella estaba profundamente dormida, de manera que el sexo, uno de los motores más potentes de nuestra relación, estaba prácticamente fundido.

Una noche, mientras asistía al lanzamiento de la colección primavera-verano 2013 de Lina Cantillo, justo antes de que empezara el desfile, comencé a sentir una extraña comezón en el ojete. Por más que me acomodaba y reacomodaba en la silla, el prurito ganaba en intensidad a cada minuto, sin que pudiera siquiera sospechar en ese momento que se trataba de una reacción alérgica producida por el gel depilador. Al borde de la desesperación, salí corriendo del salón donde se llevaba a cabo el evento, sudando frío, en procura de un taxi que me llevara a mi casa a la mayor brevedad. Entré al apartamento intempestivamente en busca del baño tratando de zafarme el cinturón, y habiendo dado tres pasos quedé paralizado en medio del corredor. El señor García, plomero de toda la vida, consumía a mi mujer a horcajadas sobre la mesa del comedor. Los aullidos de placer que Ella profería con cada embate eran de tal magnitud que ni siquiera se dieron cuenta de que yo estaba allí.

A primera hora del día siguiente salí del apartamento con mis maletas, el rabo entre las piernas y tres cajas de productos de belleza que doné a la fundación Pequeño Metrosexual que dirige Benedetti.

Me instalé en un apartamento de soltero dispuesto a recomponer mi masculinidad desde abajo, dejando que el vello púbico renazca agreste en medio de la rasquiña. Cambié mi correo electrónico para bloquear la avalancha de ofertas y maniobras que utilizan los publicistas para vender cremas. Reduje de nuevo mis productos de aseo a los indispensables, a los que siempre he tenido; aparte de bloqueador solar no vuelvo a usar cremas. Voy a dejar que las células de mi piel mueran cuando les plazca, dignamente, ahora que la muerte no tiene cabida en un mundo enfermo de eterna juventud.

Actualmente tengo una nueva relación. Ella vive en su casa y yo en la mía. Los fines de semana nos juntamos en la casa de uno de los dos siguiendo una premisa establecida de común acuerdo. En el baño del otro solo dejamos el cepillo de dientes.

 

 

NOTAS

Retrosexual según Wikipedia

El varón retrosexual es lo que en algunos ámbitos se conocería como oposición a la figura del metrosexual: los retrosexuales se caracterizan por conservar sus rasgos masculinos naturales manteniendo el ideal de hombre clásico, fuerte y varonil, en contraposición al estereotipo femenino, realzando los caracteres sexuales secundarios propios al género masculino.

Este neologismo fue empleado por primera vez en 2003 por Mark Simpson en la revista de internet Salon.com, en un artículo bajo el título “Beckham, the virus”.

El retrosexual podría asociarse con la popular frase “El hombre es como el oso, cuanto más vello más hermoso”, ya que considera la apariencia descuidada y la falta de interés estético como signos de virilidad, considerando el vello corporal masculino como una característica natural y propia del hombre, rechazando categóricamente la depilación. Esto no debe confundirse con el argumento de algunos detractores a esta tendencia que lo asocian falazmente con la falta de higiene. También por esto se los puede relacionar con los antiguos personajes rudos y descorteses, muy comunes en el western.

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