Me dice Alí Humar que solo tres han sido los cuentachistes que han saltado de la televisión a la política y yo le digo que no, que tienen que ser más los políticos que han pasado por la escuela de Sábados felices, además de la gorda Fabiola, de Alfonso Lizarazo y del inefable Hugo Patiño, cuyo máximo aporte como concejal de Bogotá fue el de proponer la lectura obligatoria de la Biblia en los colegios bogotanos; una idea que infortunadamente no pasó por culpa de nuestra Constitución, que en mala hora consagró la libertad de cultos.  

Puede que mi amigo Alí Humar no los recuerde o que quienes hayan estado lo hayan hecho bajo otra identidad, pero yo tengo la convicción, así no pueda probarlo, de que de la escuela de Sábados felices salieron cuentachistes que han llegado muy lejos en la política.  ¿O es que me van a decir que un portento político como Uribito no es un cuentachistes fuera de serie? Andrés Felipe Arias ha dicho cosas que, si no fuera porque este país está muy vaciado, nos harían desternillarnos de la risa. Ha dicho, por ejemplo, que para ayudar a los pobres hay que subsidiar a los ricos. Y que para que los pobres mejoren su calidad de vida hay que despojarlos de sus tierras para entregárselas a los ricos, que sí están en capacidad de hacerlas producir, como sucedió con el modelo para desplazados de Carimagua. Por no hablar de otro cuentachistes de grandes quilates, como el ministro de la política Fabio Valencia Cossio, de quien presenciamos un performance digno del Cuentahuesos, el día en que el Senado debatía la moción de censura contra el ministro de Agricultura, Andrés Fernández. Su mejor chiste es aquel que justifica todos los escándalos de corrupción, del reparto de las notarías, de la entrega de palacios municipales a altas horas de la noche, con el sambenito del Estado de Opinión; una entelequia que no es otra cosa que otro gran chiste del presidente Uribe, a quien ya no se le puede acusar de su falta de humor.    

En un momento llegué a pensar que eso de utilizar la plataforma de Sábados felices para llegar a la política era un atentado contra el arte del poder, como la definió Maquiavelo. Ahora pienso todo lo contrario. Es decir, que sería un suicidio llegar a ella sin ser un buen cuentachistes.

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