Detesto las serenatas porque todas son iguales. Ir a una es como haber ido a todas. Empieza con una fiesta que anda muy normalita, todo el mundo con un trago en la mano, pero ya en voz baja corre el chisme de que el novio contrató unos mariachis pero que por favor nadie le diga a la novia. El novio hace lo posible por lucir normal pero no para de mirar el reloj, de asomarse a la ventana del apartamento, y de hablar por celular en una esquina de la sala cuadrando todo, pues si algo caracteriza a unos mariachis es que nunca llegan a la hora que se les pidió.

La novia, que no es boba, se da cuenta de inmediato de que algo se está tramando pues hasta el portero del edificio —que nunca sube— ya subió e hizo muecas de que no hay señas de los mariachis. En la fiesta, todos miran el reloj, ansiosos, y la novia, desde hace rato, también empieza a extrañarse por la demora. Pero cuando finalmente entran con el "Negrita de mis pesares, ojos de papel volando, a todos diles que sí, pero nunca les digas cuándo…" (una buena ranchera, hay que admitirlo), de inmediato la novia empieza a llorar como nunca y se lanza a abrazar al novio pues supuestamente jamás pensó que la sorprendería con algo así. ¿Alguien se acuerda de una novia que no haya llorado en una serenata?

Hasta ahí todo muy predecible pero ni hablar de la música. Después de la chillada, el novio coge el micrófono y, posando de único y original, dedica una ranchera única y original a su novia: Si nos dejan. Las mujeres que están en la fiesta miran a sus parejas como diciendo: "¿Ves

, ¡y tú nunca me has llevado serenata, malparido!", y todas se enamoran, por unos segundos, del novio. Justo después se rompe la tensión y empiezan a repartir tequila ventiao, y todos los borrachos se acercan y tratan de pedir canciones pero solo se les ocurren las siguientes: Pero sigo siendo el rey y La bikina. A la tercera canción ya nadie sabe qué pedir. Ni siquiera el novio conoce una buena ranchera ni tampoco la novia a quien le llevaron mariachis porque en teoría le gustan mucho. A veces aparece un espontáneo que sí cree saberse una diferente pero no se acuerda cómo se llama y, todo jeteado, empieza a tararearla: "tóquense esa que dice algo así como tiru, tiruriru, laira la lá, laraila lá", y nadie sabe de qué está hablando, por supuesto. Por eso, para despedirse, los mariachis no se complican y se van con: "Ay, ay, ay, ay, canta y no llores porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones".

Si la serenata no es de mariachis sino de vallenato, todo es más predecible aún. El novio, también muy original, decide dedicar, como nunca antes alguien lo había hecho... La reina (ahí la mujer llora). Después, los invitados ya más que prendidos piden "un grande nubarrón se alza en el cielo…", o "un verso bien sutil y dirigido/ delicado y sensitivo/ quisiera componer yo", y si acaso Sin medir distancias. Y ahí pasa lo mismo que con los mariachis: a la cuarta canción ya nadie sabe qué pedir. Incluso, repiten La reina. ¿Por qué siempre se piden los mismos cuatro? ¿Dónde está el legado de Rafael Escalona, de Emiliano Zuleta, de Lorenzo Morales, de Alejo Durán?

Si la serenata es con un trío todo puede ser peor que lo anterior. La originalidad y la muestra de amor del novio se demuestra con Sin ti (en este caso, ahí es cuando la mujer llora) y después los borrachos piden a grito herido Madrigal, El camino de la vida, Oropel… y listo. Trío que se respete no sabe quién es Tito Rodríguez, Benny Moré ni Roberto Ledesma, así que no vale la pena ni pedir un buen bolero. Haga el intento y verá. A veces, los del trío en un esfuerzo máximo para demostrar su versatilidad, cantan una versión muy particular de La camisa negra de Juanes con lo que tratan de subirle un tanto el ánimo a la gente. Claro, aquí, sobre todo aquí, aparece alguno de los invitados que cree cantar muy bien y coge ese micrófono que después no se lo quitará nadie. Solo que no se sabe sino la mitad de las letras y empieza a pedirle ayuda a uno de los del trío y cantan a dúo, todos borrachos y desafinados, ante la dispersión de la gente que ya lo que quiere es sentarse y seguir bebiendo.

Al final, tanto mariachis como vallenateros y tríos reparten tarjetas entre los asistentes. Tarjetas que al otro día, si no esa misma noche, van a la caneca. Momentos inolvidables, idénticos, y aburridoramente predecibles.

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