Existe un par de ítems de la adultez que aún no he logrado dominar. La elección y compra de ropa es uno de ellos. No me refiero a un emprendimiento económico, a convertirme en ropavejero o fabricante; me resultaría menos difícil que comprarme un jean o una campera para mi uso personal. Este último es mi verdadero obstáculo.

Mi primer problema es que no tengo idea de quién es el vendedor. Los vendedores de ropa son descontracturados, se comportan y visten de modo informal; no hay cómo distinguirlos. Generalmente, termino haciendo la pregunta fatídica a un cliente: “¿Usted es de acá”. Por algún motivo, a los clientes les molesta mucho que uno los confunda con un vendedor. A mí casi nunca me confunden, porque nunca me visto tan bien como un vendedor de ropa; pero la única vez que recuerdo, me sentí muy halagado: alguien me confundía con un ser que al menos brindaba algún tipo de servicio a la sociedad.

El otro problema surge cuando me preguntan el talle. ¿“Qué talle de pantalones usa”. No tengo la menor idea. Small, large, medium. ¿Qué es un medium, un adivino? Un adivino es lo que yo necesito para saber mi talle.

— Pruébese este —me dice el vendedor.

—Yo no me desnudo en público.

—Ahí tiene un probador.

—Yo no me desnudo detrás de una cortina, en público.

—Entonces dígame su talle.

—Usted es el vendedor. Yo solo soy un cliente.

Una vez consiguieron convencerme de que me probara un pantalón. El cubículo que destinan a esta ceremonia es siempre espacialmente insuficiente. Hay que vestirse sin descorrer la cortina. El pantalón me quedaba como una bolsa de papas, y no me lo podía sacar. Caí del otro lado del probador, rompí la cortina en mi caída y aterroricé a las jóvenes vendedoras. Me prohibieron la entrada al local.

A las mujeres les encanta probarse ropa. Aunque no la vayan a comprar. En rigor, sospecho que les gusta mucho más probarse ropa cuando no tienen la menor intención de comprarla. A las grandes marcas no les haría falta vender sus diseños: bastaría que cobraran la entrada al probador. Un hombre que para el aniversario le regalara a su esposa un probador recibiría una especial gratitud; y varias horas de tranquilidad. Pero para los hombres probarse ropa es una tortura. Prefiero ponerme un pantalón que me quede como una carpa, o una camisa que me ajuste como al increíble Hulk, antes que sacármela, llamar al vendedor, ponerme otra y preguntarle cómo me queda. Yo entro al local, tomo una prenda al azar, pago y salgo corriendo. Muchas veces han creído que intento robar, pero es solo que quiero irme rápido. Preguntarle a un vendedor de ropa si tal o cual prenda nos queda bien es como hablar con un candidato en campaña. “¿Le parece que debo votar por usted”. Ellos están allí para vender, no para asesorarnos: siempre nos dirán que nos queda bien. Si quisieran asesorarnos, hubieran puesto una academia o una consultora acerca de cómo vestirse. Pero si ya están en el local, vendiendo ropa, es porque quieren venderte ropa, independientemente de cómo te quede. El vendedor de ropa es como un marido que no quiere pelearse con su esposa: “Te queda bien. Te queda genial. Estás estupendo. Nunca vi a nadie que le quedara tan bien esa media”.

Por otra parte, ¿cómo debe vestirse un hombre de 46 años? ¿El jean todavía califica? ¿La remera estampada me convierte en pendeviejo? ¿Cuál es la distancia entre el pantalón capri y el ridículo? Uso sombrero para que el sol no me calcine el cerebro; pero ya sé de varios que lo consideran un alarde. De hecho, si yo viera a alguien usar mi sombrero, creería que se está haciendo el listo. Ya no alcanza con no usar accesorios, también debo cuidarme con la ropa necesaria. No es casualidad que el Creador nos haya puesto desnudos en el Paraíso. No había que comprar ropa, ni probársela. Y la única mujer también estaba desnuda. Me temo que era más un Paraíso para hombre que para mujeres. Tal vez por eso la chica lo hizo fracasar.

Y hablando de chicas, si quien te atiende es una vendedora, el diálogo no es neutro en el sentido sexual. Si te compras un calzoncillo y te pregunta por el talle, evidentemente hay una tensión oculta en este intercambio verbal. Un small o un medium no la impresionarán. La medida del bóxer en ningún modo está relacionada, en ese momento, con tu cintura ni con tus muslos. Vendedora y cliente masculino saben de qué están hablando cuando refieren al talle del bóxer. O si te compras un pantalón de jogging y le preguntas qué tal te queda. Imagina la escena opuesta: esa exquisita vendedora vistiendo una calza ajustada, mostrándote las nalgas casi mejor que al desnudo y preguntándote qué tal le quedan. ¿Serías un aséptico vendedor? La venta y compra de ropa al por menor de por sí es un acto comercial que afecta tu intimidad; si es entre hombre y mujer, ya oscila entre lo erótico y lo pornográfico.

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