Mientras los jóvenes en todo el mundo disfrutaban de la música de los años sesenta, para los cubanos estaba prohibido escuchar todo aquello que tuviera reminiscencias imperialistas, incluidos los Beatles. Justamente en esa época surgió en nuestra isla lo que terminó por llamarse el Movimiento de la Nueva Trova. Silvio Rodríguez ha sido su buque insignia con unas canciones donde predominan las letras poéticas y una música que mezcla las tonalidades de nuestra trova tradicional con los acordes de Bob Dylan.

Su generación, marcada por los efectos eufóricos de la revolución, lo calificó de contestatario por la conflictiva segunda lectura que podía hacerse de sus textos. Su presencia llegó a prohibirse en algunos programas de televisión y muchas de sus canciones nunca se transmitían. Poco a poco, ante los ojos de seguidores y detractores, el Movimiento fue absorbido por el aparato ideológico oficialista y en un momento no hubo evento político donde sus canciones no estuvieran presidiendo la actividad. Le sobraron admiradores e imitadores, muchachas que suspiraban y ofertas de concierto que surgían por toda Latinoamérica.

Silvio Rodríguez, que siempre hizo y rehízo sus canciones "habitando el tiempo, como le cuadra a un hombre despierto", fundó una empresa de grabaciones, llegó a ser diputado al parlamento y empezó a hacer declaraciones de apoyo a los gobernantes y de repudio a los opositores. Sus detractores dicen que también se hizo millonario, pero eso no sonaría tan mal de no ser porque al resto de sus conciudadanos les está vedada legalmente alimentar la prosperidad económica.

Recientemente sostuvo una polémica con el intelectual Carlos Alberto Montaner, radicado en España, quien ha sido blanco de virulentas acusaciones por parte del gobierno cubano. Silvio quedó mal parado en el debate —ocurrido a través de las páginas de internet—  y hasta el diario Granma le propinó un regaño velado por haberse atrevido a conversar con "el enemigo". En las breves respuestas del trovador no se notaba la soltura que lo caracteriza cuando entona algún tema y la ausencia de argumentos para rebatir al "adversario" hizo rodar por el piso ciertas ilusiones albergadas entre sus seguidores de antaño.

Ahora el cantautor acaba de iniciar una gira cuya primera estación ha sido Puerto Rico, donde los estudiantes universitarios en huelga ya han recibido el apoyo del otrora joven rebelde. Su recorrido incluirá también Nueva York y otras ciudades norteamericanas, en las que fungirá como embajador cultural repitiendo que en su patria no hay presos políticos. Curiosamente el autor de Ojalá podrá pasearse por los escenarios del vecino del norte a pesar de su mensaje profundamente antimperialista. Sin embargo, figuras emblemáticas de nuestra música —al estilo de Willy Chirino, Gloria Estefan, Paquito D‘Rivera y la fallecida Celia Cruz— no han recibido permiso para entrar en su propio país —a deleitar a su nutrido público— por razones de orden político.

Lejos han quedado aquellos años ochenta en que, a cualquier hora de cualquier día de la semana, era imposible recorrer el dial de un receptor de radio sin escuchar las canciones de Silvio. En esa época ganaba concursos de popularidad y parecía que su estrella no iba a declinar nunca. Pero las exigencias del turismo y la propia saturación que en los cubanos había provocado la canción protesta privilegiaron la creación y difusión de la música bailable y de ese himno de estos tiempos que —en toda su crudeza— resulta ser el reggaetón.  La nueva trova, no obstante, sigue teniendo adeptos, pero ha quedado relegada en las carteleras radiales y en los escenarios artísticos.

Hoy Silvio Rodríguez es el representante vivo de la nostalgia por una utopía que nunca se concretó. Algunos de sus fans acuden a los conciertos engalanados con una camiseta que lleva la foto del Che Guevara y repiten sus estribillos como si con ello pudieran echar atrás la historia y decir que "eso no está muerto". Cada vez son menos los que logran deslindar sabiamente su expresión musical de su comportamiento cívico, pues pocos le perdonan tantos años como parlamentario en los que nunca levantó su mano para pedir el fin de las limitaciones migratorias, la erradicación de la dualidad monetaria o la despenalización de la discrepancia política.

Por suerte para lo que algún día será su memoria, compuso hermosas canciones de amor y desamor, y muchas otras de una ambigua universalidad que cada cual evoca pensando en lo que ha vivido. En casa conservo todos sus discos, pero apenas los escucho. Cada vez que me muerde la tentación de oírlos me entra también el temor de que esta vez voy a descubrirles las costuras y la vieja magia perderá toda su ilusión. No quiero verme nunca liquidando al fantasma de un poeta. Por eso prefiero dejarlo descansar, hasta que se me pase o hasta que algún día Cuba sea el jardín donde puedan guarecerse en paz todos los unicornios, sea cual sea su color.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.