Víctor Renán Barco. Cómo extraño a ese hombre. Era lo que yo tenía por un
senador: capaz de sentar a tres secretarias en una sola pierna, labio inferior prensil, una adaptación evolutiva hecha para asir copas dobles de aguardiente, inmune a los tintos servidos a la temperatura de la superficie del Sol, talla 47 y usuario del mismo par de medias por todo el período legislativo. En poco, Jabba the Hutt, y me excuso con quienes no han visto La guerra de las galaxias, pero ya es hora. Me ha costado trabajo adaptarme a la idea de que la imagen del parlamentario de Colombia ha cambiado. ¿Desde cuándo elegimos a estas damas cuya mayor experiencia con la ley ha sido combatir la de la gravedad ayudadas por Leonisa? ¿Cuándo se infiltraron en Senado y Cámara mujeres que uno debe mirar varias veces para poder saber si están aún apetitosas? Sucedió sin que nos diéramos cuenta. Pero extraño las épocas de Víctor Renán; siento que ya no puedo encauzar mi furia de una manera exclusivamente política, sin tener que terminar mis frases con alguna alusión al hecho de que sí, había micos en el proyecto, pero a fulanita si le quitamos las gafasŠ Son épocas de confusión. Soy incapaz de identificar los sucios proyectos de ley, a Jorge 40, los códigos plastificados de Temis con tozudas madres de la patria de generosas proporciones mamográficas. Desesperado por entender la conexión entre ley y busto busqué el cuadro de Eugène Delacroix de la Revolución francesa -La libertad guía al pueblo-, ilustración favorita de todo texto escolar cuando se habla de 1789, en la que una bella dama conduce a los revolucionarios y al alzar la bandera tricolor con una mano se le cae el vestido dando libertad a dos senos altivos y orgullosos de pezones incoloros que señalan el camino de la independencia. ¿Se debe uno sentir incitado o es el erotismo una suerte de traición a la patria? ¿Gustar de las senadoras es como sentir algo por la tía?


Señora Liberté, ¿puedo calmar mi sed de pueblo en sus amplios senos?
¡Sacrebleu Monsieur! Ud. se ha equivocado conmigo, no secreto leche, sino bienestarina para la gente.


Un miserable realista yace tendido a sus pies, con las medias aún puestas, pero con el pubis al aire; un inspirado mira a la dama de los senos con fervor. Tuve la certeza de que me hubiera encantado ver a la doctora Rocío Arias izando esa bandera con los senos al aire, y así estos señalasen ampulosamente en más de una dirección o hacia abajo, también yo en medias me rindo gustoso y sigo ambas hasta el mismo límite del concierto para delinquir. Apuesto a que la doctora Ángela Benedetti, a punta de pilates, es capaz de hacer que los suyos señalen sutilmente un camino hacia el que casi no podemos dejar de mirar, como es propio en la política. También ella puede estar en mi muy propio y personal cuadro de Delacroix.


Algunas certezas comenzaron a surgir lentamente. La profunda conexión entre glándula mamaria y civilización política descorría su velo. En sitios arqueológicos se han hallado unas diminutas estatuillas talladas en marfil que los antropólogos llaman las Venus del Neolítico. Representan mujeres robustas de senos desmedidos y pelo trenzado, con traseros que son semicírculos y vientres prominentes. Hace veinte mil años nuestros antepasados las tenían por madres primigenias, diosas lactantes. Tuve un momento de epifanía cuando caí en la cuenta de que lo que más se le asemejaba en nuestra época era Piedad Córdoba. Colombia, un país sumido en el Neolítico, necesita sus madres primigenias, nodrizas con la frialdad y ecuanimidad que solo da la ceremonia civil; Papá paisa ya tuvimos por ocho años. Una madre de la patria debe poder vencer los temores lácticos, dar a todos en tiempos de terror, amamantar a sus coterráneos. Estas mujeres son un espaldarazo y un soporte a la nación. Tal vez la doctora Dillian Francisca Toro o la doctora Piedad Zuccardi puedan hacer unas estupendas Venus neolíticas y madres originarias porque entre las dos tienen la misma edad de la Tierra y, al igual que las estatuillas de marfil, han bajado las armas en la inútil batalla contra la segunda ley de Newton: ¡que cuelgue lo que haya de colgar!, clamaba el horrendo grito de Robespierre en la Revolución. No ha sido un secreto para nadie que me he declarado tetólatra como mi maestro Alfredo Iriarte, tetólatra libertino aunque aborrezca la leche. Pero con el mismo descaro de Alfredo Iriarte debo decir que por el bien estético de la patria hemos de dejar a las Piedades y a Dillian Francisca por fuera del bello cuadro de Delacroix. Ni siquiera menciono a la doctora Yidis, quien hoy por hoy no cabe dentro del cuadro cuyas dimensiones originales son de 3,25 x 2,60 m y, gracias al destino, reposa en París.


El aporte de otras de estas madres de la patria a la gran fuente láctica de nuestros deseos es desconocido o notoriamente modesto y quizá podamos prescindir de ellas en tiempos de crisis. Si bien nadie entiende cómo llegaron las Venus y los Espíritus de la Libertad a instancias parlamentarias, menos se sabe por qué a él van a dar los talentos más mediocres de la pantalla; Bruno Díaz, Lucero Cortés. Me es difícil ver a Lucero como una madre de la patria; me tendré que esforzar. Su haber gatúbelo, esa mirada que aún de ojo azul no da para las sociales y un par de senos moteados por las pecas, incluso luego de su desnudo temprano en la producción venezolana de 1989 Mujer de fuego, arrojan una gran sombra de duda sobre su capacidad: todo lo de Lucerito es así. Con la doctora Nancy Patricia Gutiérrez la historia es otra; esta madre de la patria cree que repolludos encajes de los cuellos de las camisas que cuelgan inútilmente como mangas de hechicero hacen las veces de una corbata femenina. Lo que ha logrado es enturbiar el conocimiento que podemos desarrollar sobre su posible contribución a la fuente láctica de la nación, de manera muy poco democrática. Nancy Patricia: Congreso Visible es un derecho de los colombianos. También con esta doctora mucho más pasa por lo oculto. No dudamos de la firme altivez del modesto repechaje de la doctora Gina Parody y creemos que sin duda puede ser una de las delicias de la democracia de las cuales hablaba el sabio griego Pericles, pero tampoco nos cabe duda de que esos atributos, como decían los antiguos teólogos medievales, no le serán dados al hombre.


Sea como sea, poco nos hemos percatado de que por la forma como se inclinan estas Venus contemporáneas ante la ley, podemos estar seguros de que la mayoría de las normas que nos gobiernan han pasado primero por los ojos vigilantes que se esconden detrás del broche y del encaje antes que por los del pueblo inclemente. No sé si sea para alegrarse.


Lo que sí hemos de celebrar a todas luces es que estas bellas Venus han venido desplazando a las versiones femeninas de Víctor Renán. Considérese a María Izquierdo. Sus medias veladas de nácar reposan al lado de la toalla de Tirofijo en el Museo Nacional, pero rara vez son expuestas al público por falta de una licencia ambiental. Afortunadamente no quedan muchos más vestigios de su vida pública antes de convertirse en la pastora de una iglesia de garaje; el que ya no puede hacer el mal se dedica a intentar ser malo. 


En una de mis peores pesadillas estoy en una sala de cirugía clandestina en ciudad Gótica y frente a mí veo el espaldar de un sillón donde se recupera un paciente lleno de vendajes. De un grito me obliga a pasarle un espejo que descansa sobre una bandeja de instrumentos sangrantes. Sin voltearse se comienza a reír histéricamente mientras estrella el espejo contra el piso.
De un instante a otro se da la vuelta y es Marta Lucía Ramírez como el Guasón. Grito desesperado y corro por los pasillos oscuros, pero me persigue a carcajadas con una flor en la solapa que despide gases narcotizantes. Pido ayuda a Bruno Díaz, pero en mi sueño estoy en una urbe de Colombia, todas como ciudad Gótica pero sin Batman. Al final me atrapa y también yo me infecto con la sonrisa de Marta Lucía; me despierto juagado en sudor. Pero desde entonces, cada vez que la veo en Señal Colombia, me río diabólicamente por cualquier cosa.

 


Top 5

Cinco madres de la patria que le han puesto el pecho a la agenda legislativa.

1. La doctora Ángela Benedetti. Cómo extrañamos sus curules.

2. La doctora Rocío Arias y sus gemelas en concierto para delinquir.

3. La doctora Dillian Francisca Toro en su heroica resistencia a la segunda Ley de Newton.

4. La Doctora Piedad Córdoba arrasó en el concurso de camisetas mojadas del PC.

5. la doctora Marta Lucía Ramírez. El lado positivo: siempre estoy sonriendo.

FUERA DE CONCURSO
La doctora Yidis Medina vista por Botero.

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