Efedrina… La palabra me devuelve 20 años: Andrés Escobar era asesinado a balazos; el campeón mundial, Brasil, daba sus primeros pasos para convertirse en un equipo aburrido, y Diego Armando Maradona, ese ídolo de infancia que el tiempo se ha encargado de mostrar como un cretino, era expulsado de USA 94 tras salir positivo en un control antidoping por consumo, sí, de efedrina.

Han pasado cinco mundiales desde entonces: ahora hay manifestaciones por las dos décadas de impunidad en la muerte de Escobar; Brasil ya es el equipo tedioso que prometía, y Maradona sigue alegando que le “cortaron las piernas”, que su único ‘pecado’ fue consumir un antigripal con efedrina.

Los medicamentos contra la gripa ya no traen ese estimulante. Por fortuna. Jonny Garzón, coordinador del posgrado en Actividad Física de la Fundación Universitaria de Ciencias de la Salud (Fucs, según sus siglas desafortunadas), me explicó que era un riesgo ofrecer efedrina en esos remedios de venta libre, pues su uso puede producir taquicardia y resulta peligroso para personas con arritmias.

Por eso, Garzón me hizo una prueba de esfuerzo antes de ayudarme con el experimento de subir, con y sin efedrina, el premio de montaña preferido por los ciclistas bogotanos de domingo: el Alto de Patios. Debía hacer la misma ruta —en la misma bicicleta, a la misma hora, con el mismo banano de mediasnueves—, primero ‘limpio’ y dos días después, dopado, a lo Lance Armstrong, a lo Ben Johnson, a lo Maradona.

La primera escalada la terminé en 35 minutos y 41 segundos. Durante los 5,8 kilómetros, mi ritmo cardiaco promedio fue de 152 pulsaciones por minuto y, en las cuestas más empinadas, no pasó de 175. Todo normal para un adulto contemporáneo con 34 años, 77 kilos y operación de cadera. Trepé bien, aunque por momentos me ahogué y me ardieron los muslos, por lo que preferí bajar los cambios hasta su relación más suave, en la que se avanza tan poco y pedalear resulta tan blando que uno siente que se va a ir de lado.

Primera etapa: coronada, había llegado la hora de doparme. Garzón me sugirió tomarme una pastilla de Xenadrine 45 minutos antes de la largada. La píldora quemagrasa, muy usada por fisiculturistas, contiene ma huang, la planta de la que sale la temida efedrina. Como buen médico, me explicó los efectos más probables de la pepa: incremento de la frecuencia cardiaca, fuerza inusual en el bombeo del corazón y aumento de la capacidad pulmonar. Luego me hizo prometerle, mano levantada cual scout novato, que me bajaría de la ‘burra’ si me dolía el pecho, si sentía pánico o si superaba las 186 pulsaciones, mi tope antes de correr riesgos cardiovasculares.

Por suerte, lo único preocupante que pasó en el segundo ascenso —el ascenso maradoniano— fue que durante unos tres minutos sentí que el corazón, potente como nunca, se me iba a salir del pecho. Cómo no, si el ritmo cardiaco promedio fue de 163 —¡Once latidos más por minuto!— y subí hasta 181 palpitaciones. No me dolieron las piernas, me ahogué menos y casi ni recurrí a la relación de cambios más leve. Al final, mejoré mi tiempo: 34 minutos y 11 segundos, exactamente minuto y medio menos que en el primer intento.

Vea aquí el video de la prueba

Ya entiendo por qué la Fifa y el Comité Olímpico Internacional persiguen sustancias como la efedrina: porque sí pueden mejorar el rendimiento, porque su uso equivale a adelantar las fichas en parqués. Creo que no le vuelvo a jalar al doping. No necesito ganarle a nadie y, como soy medio hipocondriaco, me da miedo que se me pare el ‘mango’. Y quiero vivir por lo menos dos décadas más. Tal vez en cinco mundiales ya hayan castigado a los asesinos de Escobar y la selección brasileña haya vuelto al toque y a la gambeta.

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