Nunca fui de Nike ni Adidas. Y a los Puma siempre los relacioné con José Luis Rodríguez, que me caía como un zapato. No Zapatero, que también era José Luis. Del Puma, que era como el Apocalipsis, solo me interesaba su hija Génesis.
Y la razón por la cual no fui devoto de esas marcas, además de no hacer deporte, es que nunca fui de zapatillas. Fui siempre de tenis.
Por eso lo mío son los Converse, que no sirven sino para echar pata. Para patonearse la ciudad con unos tenis dignos de ser tenis. Sin suelas con cámaras de aire, ni sistemas aerodinámicos, ni soportes para el arco del pie. Los Converse son sencillamente unos tenis sacacallos y sacampollas para nosotros los de pie plano. No me interesa usar las zapatillas que usan Federer, Usain Bolt o Lebron James. Porque, entre otras cosas, no las usan, les pagan para lo foto.
Los he tenido negros, blancos, grises y rojos. Y también color marfil, que, sucios, parecen envejecidos en canchas de polvo de ladrillo que jamás he pisado. Los he tenido cuadriculados, escoceses, camuflados, con cordones, sin cordones, de tela y de cuero. Los uso porque me hacen sentir bien. Y sí, admito, también joven.
No serán la fuente de la eterna juventud, ni les compiten a los trasplantes de células de pato, ni a los antioxidantes del Revertrex de Amparo. Pero el otro día caminaba con mis tenis por la calle, cuando me encontré con un buen amigo que no veía hace años: Carlos Mauricio Vega. Venía con su hija de 11 o 12 años agarrados de la mano. “Troller —me dijo al verme—. ¡Cómo se ha envejecido! ¡Tiene el pelo totalmente blanco!”. No había alcanzado a contestarle cuando su hija atinó a decir: “¡Pero tiene Converse, papá!”. No hubo necesidad de decir más. Le miré sus zapatos, unos zapatos cafés de cuero típicos de la gente de su edad, de mi edad, y supe que a pesar de las canas yo era, gracias a mis Converse, infinitamente menor que él.
El día en que yo me muera solo quiero que en mi lápida haya un epitafio que diga: “Aquí yace Karl Troller. Por fin colgó sus tenis”.

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