Se trata de una historia fácil: una mujer deja a un hombre porque ella se volvió mamerta y él nunca dejó de ser un soñador, por no decir un total imbécil. Sin embargo, esa historia fácil se cuenta de un modo difícil, porque el director, como en todas sus otras películas, decide hacer aquí un manifiesto de puro arribismo poético: la mujer sigue con su vida mientras el hombre se consume en la locura, se encierra en su casa, habla solo, se graba en video, intenta presentar la putrefacción de su alma a través de monólogos dirigidos a un pollo asado que día a día se va poniendo más verde. Al pobre tipo no se le para cuando le envían una puta para que lo consuele, se emborracha, se envuelve la cabeza en cinta de casete, vive echado en posición fetal, declama fragmentos de Mutis, de Dickens y de Heiner Müller; hace un sinnúmero de reflexiones metafísicas con su mejor voz de declamador de parque, viaja a Urabá a encontrar ese país doloroso que ni los mamertos, ni los yupis, ni los soñadores son capaces de ver frente a sus narices, intenta rearmar su vida a punta de polaroids y, finalmente, logra olvidarse de la mujer que lo hizo sufrir.

La película, en sí misma, no tendría problemas si fuera una de esas producciones de Europa Oriental cargadas de tintes tarkovskianos que tanto gustan en los cineclubes de vespertina dominical: esas películas que caen tan bien después de un baretico y antes de un vinito caliente en el chorro de Quevedo junto a una hembrita que se deja echar el cuento mientras se le explica la trascendencia metafísica de la narrativa fílmica planteada por el director, como última estrategia desesperada de cortejo sexual.

El problema es que la película no viene de ninguno de esos países lejanos, y entonces resulta fatigoso tener que aguantarse durante una hora y media el histrionismo de Fabio Rubiano, quien siempre parece estar actuando para un montaje del Teatro La Mama. ¿Cómo creerle al actor esa profundidad de espíritu si nunca podremos olvidar que estamos ante el mismísimo Triplepapito, ese tumbalocas sin escrúpulos de Vuelo secreto, la comedia televisiva de los noventa? Y la cosa no acaba ahí, pues aun quitando a Rubiano, la película no logra frenar su vertiginoso descenso al abismo: una banda sonora repetitiva en ese jazz modelo ECM, pero en versión paisa, que afortunadamente ya pasó de moda; el uso de una poética visual llena de camas medio hundidas a orillas de la Laguna de Tota, de unos personajes que se quitan la ropa sin ton ni son durante toda la película (voy a tener pesadillas homoeróticas con Fabio Rubiano tras verlo deambular, bañarse, revolcarse, llorar y decir incoherencias totalmente desnudo durante tres cuartas partes de la historia); una película que a veces parece un comercial y a veces un videoarte estudiantil, lleno de cacofonías y de flashbacks innecesarios; una película llena de detalles, y de detallazos, que dejo para su deleite cuando se atrevan a ver Terminal.

Hay que decir que Echeverri es un buen fotógrafo, aunque se eche a pique por su exceso de poesía, y que la película, incluso con sus frecuentes problemas de audio, no está mal desde un punto de vista técnico (sobre todo si nos enfrentamos al hecho de que una sola persona hizo todo el trabajo). Sin embargo, hay que decir también que en Colombia queda muy berraco dárselas de Kieslowski, Tarkovski o Konchalovsky, por la sencilla razón de que, nos guste o no, en este país el único osky que pega es el aguardientosky.

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