Matador, Bacteria y Betto nunca habían pintado un grafiti en su vida. Casi que confesando el delito se dieron cita a plena luz del día, a las 8:00 a.m., en la calle 86 con carrera 11, cerca a la Zona Rosa de Bogotá. Allí los esperaba su lienzo: una pared de unos 10 metros de ancho y apenas pintada de blanco la noche anterior. La amenaza de la lluvia los llevó a preocuparse un poco, pues una pared mojada no iba a servir para nada. Sin embargo, se pusieron sus overoles naranja y amarillo y emprendieron la tarea, ante la mirada curiosa de transeúntes y conductores de la siempre congestionada carrera 11.

Después de una hora de mirar la pared, conocer su textura y familiarizarse con su gran tamaño, Betto tomó la delantera. Saltándose las reglas del grafiti comenzó con una indescifrable mancha amarilla, es decir, arrancó por el relleno sin dibujar el contorno. Pasados cinco minutos aún no se entendía la idea. Luego, lo que al principio parecía un número ocho mágicamente empezó a tomar forma de pollo, el mismo que había pensado dibujar la tarde anterior en el taller de Tot, el grafitero que le enseñó que para pintar con aerosol hay que hacerlo rápido y presionando la boquilla con la misma intensidad de principio a fin. La hora de la verdad llegó al delinear los bordes, aerosol negro en mano se acordó de las palabras de su maestro y decidido logró círculos perfectos, como los que hace con su tabla de ilustración. Ahora todo era claro: su grafiti era un pollo con binoculares parado al lado de una señal que en lugar de advertir sobre el tránsito revelaba su pasión por tocar la armónica.

El segundo al paredón fue Matador. No se complicó, desde un principio sabía que dibujaría la primera caricatura que le publicaron en 1984 en el ya desaparecido periódico pereirano El Fuete: un Jesús crucificado a punto de caer por culpa de un pájaro carpintero que picotea la base de la cruz. Como suele hacer con sus caricaturas se armó de un marcador negro y empezó a dibujar casi de memoria la silueta del personaje. Lo primero fueron los ojos, dos círculos del tamaño de una pelota de béisbol que fueron el punto de partida del dibujo más demorado en toda su vida. Y es que no fue fácil, la pared no era lisa como una hoja de papel a las que tanto está acostumbrado, y en cambio dejaba asomar las grietas propias de los ladrillos. Veinte minutos más tarde definió el color: rosado para la cruz, azul para el pájaro y ninguno para Jesús. Pero el momento cumbre fue la firma, un Matador lo suficientemente grande para llamar la atención de un diplomático que al ver su nombre no se aguantó las ganas de saludarlo estrechándole la mano en señal de admiración.

Observando detenidamente el boceto que había hecho la noche anterior y siguiendo los pasos de Matador, Bacteria dibujó trazo a trazo la silueta de Mickey Mouse. Esta vez no estaba sonriente, había sido víctima de una trampa para ratones. Llegado el momento de darle color, la lluvia comenzó a caer con más fuerza. Era uno de los pocos días en que Bacteria salía de su casa tan temprano, así que ya entrado en gastos no permitiría que su hazaña quedara a medias. Desafiando la humedad de la pared, presionó con seguridad la boquilla del aerosol. Primero pintó de rojo el pantalón, luego de amarillo los zapatos, el cuerpo de negro y la ratonera de gris, todo con la destreza que solo tienen los expertos como él.

Pero el grafiti no estaría completo sin un trabajo en equipo. A seis manos dibujaron al primer jugador negro de la selección de fútbol de Argentina. Esta vez Matador fue el encargado de darle forma al robusto futbolista. Betto y Bacteria se aliaron para darle color y así terminaron una jornada en la que tres de los mejores caricaturistas del país fueron grafiteros por un día.

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