La primera vez que oí hablar del tejo me lo pintaron como un juego de los campesinos de los alrededores de Bogotá, que se reunían después del trabajo a tomar cerveza y a lanzar un disco de metal para hacer explotar una mecha ubicada en el centro de una caja de madera llena de lodo. No me interesó saber nada más porque mi atención estaba centrada en aprender español y en la colombiana que hizo que dejara Suecia por venir tras ella. La relación acabó, pero allí empezó mi historia de amor con Colombia. Me cautivó desde el primer instante por lo caótica y alegre que podía ser, nada comparable con la calma y el orden de mi país.

Llevo diez años viviendo en Bogotá y desde hace cuatro dirijo el Instituto Nórdico especializado en la enseñanza de sueco e inglés, y aunque parezca mucho tiempo, siento que es muy poco para terminar de conocer y entender la cultura colombiana. Cada día descubro lo poco que sé y, por eso, esta vez no le di la espalda al tejo y me fui a averiguar de qué se trata el juego autóctono de Colombia, declarado deporte nacional desde el 2000.Escogí ir un sábado porque es el día en que la gente más lo juega, bueno, al menos eso me dijo el equipo de producción de SoHo que me hizo la invitación. A las cinco de la tarde arrancamos para El Club de Tejo de la 77, porque es dentro de la ciudad y a solo una carrera de taxi de 5000 pesos desde mi casa. A todas estas, todavía no entendía por qué a un sitio de tejo se le podía llamar club. ¿Acaso se necesitaba membresía? ¿Debía ser invitado por un socio para poder entrar? ¿Cuánto me costaría el chiste? Todas esas preguntas me las hacía hasta que me vi parado en medio de una calle llena de talleres de carros a lado y lado de la avenida. Un corrido mexicano me alertó dónde quedaba el lugar y un gran letrero azul que invitaba a seguir me lo terminó de confirmar.

Apenas entré, un fuerte estruendo me agarró por sorpresa, pensé en tirarme al piso porque era como un disparo. Por fortuna, me acordé de que el juego consistía en explotar una mecha, un artefacto con pólvora, y de inmediato quité mi cara de susto y seguí caminando. El lugar estaba a reventar, hombres sentados y otros parados se hacían acompañar de un petaco de cerveza, mientras contemplaban a los que lanzaban un disco metálico hacia el centro de una caja llena de plastilina o arcilla, donde el disco se quedaba incrustado. Tengo que confesar que nunca comprendí de qué se trataba este juego hasta que lo vi con mis propios ojos. Lo más parecido a esto en Suecia son los bolos y no se le acercan ni un poco, salvo porque hay que tirar un artefacto desde 18 metros de distancia.

Intentamos conseguir una cancha para jugar. Todas estaban ocupadas y nos pusieron en lista de espera, como cuando se va a un restaurante muy famoso que siempre está lleno. Pero no demoramos mucho tiempo porque logramos convencer a un grupo de electricistas que nos dejaran jugar con ellos, esa tarea la hizo la producción de la revista. Habían llegado desde las dos de la tarde y ya llevaban encima unas diez rondas de cerveza. Les dije que era extranjero, de Suecia, pero ellos preferían llamarme ‘el Gringo’. Entonces intenté que me llamaran por mi nombre, Jórgen, pero me decían Jorge, así que no me quedó más remedio que conformarme con que me siguieran diciendo ‘el Gringo’.

Me hice en el equipo de Leonid y Pedro, porque este juego se puede jugar en equipo o individualmente. Leonid se tomó tan a pecho su tarea de anfitrión que me puso a practicar lanzamientos antes de empezar el juego, no quería poner en riesgo su reputación de buen jugador y mucho menos tener que pagar la siguiente ronda de cervezas en caso de que perdiera por mi culpa. Me pasó un disco y casi se me va la mano al piso de lo pesado, era redondo y estaba sucio de arcilla por todos lados. Me puso al otro extremo de la cancha para que hiciera mi primer lanzamiento y las fuerzas solo me alcanzaron para que llegara a mitad de camino. Entonces, los productores, muy inteligentes, propusieron que yo lanzara desde la mitad, así acorté a nueve metros la distancia de mi lanzamiento y con todo eso era bastante complicado. ¿Cómo pueden lanzar semejante disco tan pesado con tantas cervezas encima? Me sentía algo ridículo, porque yo, con todo lo lúcido que estaba, no podía hacerlo a pesar de la ventaja que me dieron.

Pero ganarme esa distancia no fue gratis, aceptaron la condición a cambio de una ronda de cerveza. En el primer intento me gané la mano, le di a mi equipo el primer punto porque logré poner el disco más cerca del bocín, es decir, del centro de la cancha, que el resto de los jugadores. Creo que fue suerte de principiante porque de allí en adelante me costaba hacer llegar el tejo al mismo lugar. Así que decidí seguir el consejo de Pedro, a quien le funcionaba tener una botella de cerveza en una mano y con la otra lanzar el tejo para eso del equilibrio. Lo intenté unas tres veces, dudando de tan particular estrategia. ¿A quién se le ocurre pensar que una botella de cerveza le va a afinar la puntería, pero en contra de todos los pronósticos funcionó. Todos me daban golpecitos en la espalda, como si hubiera hecho algo extraordinario. Otra vez suerte de principiante. Y sí, resulto que hice una embocinada, o sea que metí el disco dentro del bocín, justo en el centro de la caja, e hice seis puntos más para mi equipo. Seguían los golpes en la espalda, que en un momento llegué a pensar eran una agresión por llevarles ventaja, pero pronto entendí que era la forma de felicitarme.

A estas alturas el juego me tenía fascinado y expectante por todo lo que pudiera pasar. Entre espera y espera de mi lanzamiento no dejaba de mirar el lugar para darme cuenta de que estaba ante una nueva modalidad de club. Una en la que no se paga por entrar ni tampoco se necesita una invitación para hacerlo. Comprar una cerveza fue la carta de invitación y jugar tejo es gratis siempre y cuando tomes cerveza, por eso lo mejor es empezar siempre comprando un petaco. El sitio tenía una estética muy popular, era exótico y hasta peligroso, porque las canchas estaban cruzadas y era algo que me parecía un poco arriesgado. Se podía jugar de lado y lado, y eso era lo que hacíamos. Una vez terminábamos los lanzamientos nos pasábamos al otro extremo para hacer lo mismo, creo que caminé un kilómetro con tantas idas y venidas. De cuando en cuando me hacía a un lado para evitar que me cayera un tejo en la cabeza, por fortuna no tuve que esquivar ninguno. El lujo era lo de menos, quizá por eso ir al baño era una cuestión pública: los orinales estaban ubicados entre las canchas. ¿Cómo un hombre orina enfrente de los demás? Por suerte, unas pocas mujeres estaban en el sitio, aunque este juego parece que es solo para hombres y esa regla permite esta modalidad. Antihigiénico, la verdad, pero me imagino que después de  mucha cerveza es importante tenerlos así de cerca para no perder el siguiente lanzamiento.

Miraba los baños improvisados cuando explotó una mecha. Difícil acostumbrarse al estruendo, y aunque volví a tener el impulso de tirarme al piso, no lo hice, pero sí me puse las manos en los oídos pensando que en cualquier momento se me podían reventar. En esas, Pedro saltó con los brazos arriba, hizo una embocinada y aparte hizo explotar otra mecha —ellos le llaman moñona— que representa los nueve puntos que nos hacían falta para ganar. La partida quedó ocho manos a siete a favor de mi equipo; otra vez la suerte de principiante jugó de mi lado. Todos me dieron la mano y yo, por supuesto, respondí a su amabilidad con la ronda de cerveza que prometí. Era lo menos que podía hacer por dejar jugar a un sueco inexperto en cuestiones de lanzamiento y puntería.

El tiempo pasa rápido, demasiado para digerir en minutos todo lo que viví en una hora de juego con mis amigos electricistas. Lo que entiendo en últimas es que el tejo es un juego entre amigos, el plan para después del trabajo, la excusa perfecta para tomar cerveza y no quedarse dormido, la mecha se encarga de que así sea. Lo que puedo decir es que me quedó gustando y volvería con mis amigos a jugarlo, esta vez no en Bogotá, sino en Turmequé, donde Leonid me hizo saber que se inventó. Por mi cuenta, hice mis averiguaciones y me sorprendió saber que este deporte tiene 500 años de historia y se llamaba originalmente así, turmequé, se lo inventaron en la sabana de Cundinamarca y Boyacá y hoy se practica hasta en Ecuador.

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