Adriano podría decir, como en la canción de Charles Aznavour, “no pareces igual, eres otra Venecia más fría y más gris”. Adriano nació en la original, en la Venecia italiana, allí a donde casi todas las parejas de enamorados sueñan con ir para refrendar su amor mientras recorren los canales de la ciudad mirando hacia arriba con la boca abierta y mirándose entre ellos con los ojos bien abiertos, y mientras un empinado gondolero —de bigote muy largo, tal vez, como el que aparece en el empaque de ciertas pastas— entona alguna melodía romántica, que en italiano sonará aún más romántica, y que deberá tener —es parte del sueño y del negocio— un mensaje muy distinto, diametralmente opuesto, al que lleva la canción de Aznavour, que habla de una “tristeza sin fin”.

Venecia, la de Italia, es uno de los destinos románticos por excelencia. Son tantos los que sueñan con ir, y tantos los que lo logran, que de cada cinco personas con las que uno se cruza, solo una juega de local. Las demás son turistas, que en un día normal pueden sumar fácilmente trescientos mil. Por eso hay tantos hoteles: más hoteles que casas de familia. Y Adriano lamenta que Venecia cada vez les pertenezca menos a los venecianos y más a los extranjeros, a los hombres más ricos del mundo: esos cuya fantasía no es ir a Venecia sino comprar una casa en Venecia —preferiblemente en esa lengua de arena llamada Lido—, aunque la tengan con las puertas cerradas cincuenta de las cincuenta y dos semanas del año.

Venecia, la bogotana, no parece muy romántica. Al menos, a primera vista, a Adriano no le parece que así sea. Se toma su tiempo para descubrir, más allá de las compraventas, más allá de las ferreterías, más allá de las papelerías en las que también venden teléfonos celulares, medias veladas, balones de fútbol y mogollas chicharronas que el dueño trae de La Mesa todos los lunes por la mañana, más allá de ese rosario de locales en los que se ha ido perdiendo la esencia del negocio original, Adriano empieza a descubrir por fin la huella romántica de la Venecia capitalina: un cupido de neón, una sirena de cerámica.

De repente, se da cuenta de que las ferreterías y las compraventas han empezado a quedar atrás, para darle paso a una Venecia mucho más caliente, en la que se intercalan bares, discotecas y moteles: Rumba Latina, El Farol, Scorpio’s, Tocata y Son, Donde Siempre, Sol y Farra, Almendros, Pocholo, La Roca, Refugio Veneziano...

La lista es larga, larguísima.

El italiano se ha demorado en sentir el cambio de temperatura de esta Venecia sin estaciones —¡cómo extraña las estaciones!— porque lleva un buen tiempo mirando hacia abajo: mientras camina, va leyendo las promesas de la Guajira Samanta, los ofrecimientos de la Llanera Paula, las invitaciones de la Hermana Soraya, la descripción de los poderes del Hermano Piter, que es curandero y rezandero y que les promete a sus clientes revelarles el mal que les han hecho y saber quién se los hizo, y ofrece pactos para el dinero, el amor y la suerte, y promete devolver el sueño a los insomnes, el deseo a las frígidas y la felicidad a los impotentes.

Adriano no oculta su fascinación. Recibe los volantes que le ofrecen en cada esquina, los lee y los colecciona. Más tarde les contará a los parientes que quedaron del otro lado del Atlántico que en esta Venecia, que en casi nada se le parece a su Venecia, descubrió una nueva faceta de esta Bogotá que no pensó tan grande, tan poblada, tan llena de ruido, tan llena de humo. Una faceta sorprendente: la de los prestidigitadores y las brujas, que en su ciudad solo ha visto en tiempos de carnaval, por cuenta de los disfraces que les alquilan desde hace cientos de años a los que se quieren gozar la fiesta más popular de esta ciudad que dicen que ha servido de puente cultural entre Oriente y Occidente.

Adriano Pozzobon nació en la Venecia italiana hace cuarenta y un años, y allí vivió hasta poco después de conocer a Ana María, una artista cucuteña que realizaba una maestría en su ciudad y de la cual se enamoró sin remedio. Por ella, y porque no le pareció mala idea probar suerte en el nuevo mundo, vino a vivir a Colombia. Cúcuta le resultó imposible, porque no hay nada que hacer y por ese calor y esa humedad que en su ciudad natal solo debía soportar durante un par de semanas. En Bogotá, en cambio, en donde vive desde hace un año, se ha establecido a gusto. Acá verá nacer en pocos meses a su hija, que se llamará Flora, como su abuela.

Con ella, con esa nona encantadora que le enseñó algunos de los secretos de la cocina que ahora practica casi a diario, vivió en muchos lugares de esa Venecia que se debe recorrer en góndola. Vivió mucho tiempo precisamente a la vuelta de ese puente que ahora, a diez mil kilómetros, de repente, al doblar una esquina, se le cruza en el camino: el Ponte Rialto, que tanto se repite en las postales venecianas, y que en estas calles del sur de Bogotá adorna la entrada a un casino estrecho y ruidoso que lleva el nombre de la ciudad de Adriano, y que alborota sus recuerdos: “A la vuelta de este puente está la calle de la Bissa, que en el dialecto de la región significa serpiente; ahí viví unos cuantos años, cuando todavía era posible pagar un alquiler en esa zona”.

Pozzobon es ingeniero electrónico, pero se gana la vida como fotógrafo y profesor de italiano. Ha disparado con su cámara en muchos rincones de Colombia —Cartagena, La Guajira, Capurganá, Quindío y Santander, entre otras regiones— y el lugar que más le ha hecho recordar a Venecia es Villa de Leyva. Los amigos italianos a los que ha llevado hasta esta población boyacense piensan lo mismo: hay portones y esquinas y finales de calle que los hacen sentir como en su tierra. Se entusiasma con la comparación: “Venecia es como una Villa de Leyva con mar”.

En cambio, a medida que recorre las calles del barrio bogotano, más se convence de que las Venecias —la italiana y la bogotana— no se parecen casi en nada. Pero cambia de opinión luego de detenerse frente al mostrador de una típica fritanguería y de caer en la tentación de unos cuantos centímetros de longaniza. Confiesa que en Venecia se han conservado tradiciones gastronómicas que poco a poco han ido desapareciendo del resto de Italia. Y se refiere, sin más vueltas, a esos “interiores de vaca” —pulmón, corazón, hígado— como los que le ofrecen en este templo del colesterol, y como los que empieza a encontrar a la vista de los caminantes en las carnicerías de este barrio que le parecen más coloridas y mejor surtidas que las que había visto hasta el momento en Bogotá.

Y más olorosas. En el barrio Venecia, Adriano Pozzobon parece un cazador de olores. Lo sorprende la manera como cambia el olor a cada paso: no alcanza a analizar el aroma de las arepas que asan en una esquina cuando lo ataca el olor que escapa de un asadero de pollo. Y luego el humo fastidioso de los carros, y más allá la fetidez que escapa de un charco, hasta que se detiene, atraído por el aroma dulzón y por la generosidad de los colores, frente al carro de un vendedor ambulante de frutas. Y se fascina. Y prueba por primera vez los carambolos y los encuentra un poco desabridos.

Antes de escapar de esta Venecia que no conocía, Adriano quiere indagar sobre el origen de su nombre. Supone que está inspirado en su ciudad natal, pero mira a todas partes y no se explica por qué. Unos cuantos vecinos de la tercera edad, felices de haber encontrado algo que hacer esa tarde, se reúnen para contarle la historia del barrio. Van, vienen, se pierden en recuerdos familiares, se extienden en descripciones de esa hacienda que ahí existió y a donde iban de jóvenes a cazar tinguas con flecha. Y con las tinguas —una garza de los pantanos de la sabana de Bogotá— llegan al punto: el barrio Venecia originalmente se llamó La Laguna, hasta que los urbanizadores decidieron darle un nombre más pomposo, pero que conservara su esencia.

A medida que los ancianos lo llenan de leyendas, a medida que le cuentan —como si hubiera sido ayer— que el visitante más ilustre que han tenido es compatriota suyo —el papa Pablo VI, gracias al cual llegaron el asfalto y el teléfono—, Adriano Pozzobon cae en cuenta de una enorme similitud entre su Venecia y la Venecia bogotana: los viejos. “Me hicieron acordar de los clásicos viejitos venecianos: les gusta hablar de su barrio y lo hacen con mucho orgullo, pero uno les pregunta algo y ellos siempre terminan hablando de sus cosas”.

Adriano está convencido de que en esta Venecia de catorce mil habitantes no viviría, pero no duda de que pronto volverá por más historias. Por ejemplo, por la de esa bienal de arte que organiza el artista Franklin Aguirre y que no pretende parecerse a la muy reconocida y muy internacional de Venecia, Italia, pero que ha permitido que muchos jóvenes se interesen por el arte. Y que se llama igual.

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