Hasta ahora, lo más cerca que había estado del mundo de nuestra farándula criolla fue el día en que una reconocida modelo se presentó a la Fiscalía a rendir una versión por su relación amorosa con un capo del narcotráfico.

Aquella vez, mientras abrazaba a la escultural top model para una fotografía que aún conservo escondida debajo de un expediente en mi oficina, pensé en lo delicioso y apasionante que sería ser editor de farándula o de moda, un inmenso universo de noticias a granel, escándalos, chismes y, sobre todo, desfiles de modas y sesiones de fotos en ropa interior que, y aquí viene lo mejor, casi siempre ocurren los viernes después de la siete de la noche. Qué excitante programa ese, en cambio de estar metido en una audiencia pública atiborrada de guardias del Inpec y abogados de corbata negra, donde lo más femenino resultaba ser la melena de David Murcia antes de que el gobierno ordenara cortársela, dentro del paquete de medidas tendientes a desmantelar el patrimonio ilegal del cerebro de la polémica captadora.

Pero Dios es grande, el premio de periodismo que me negó por las investigaciones que hice sobre DMG, lo compensó con un efímero pero carnoso nombramiento, el sueño que escondía en mis fantasías más deseadas desde aquella mañana en la que conocí a la top model en la Fiscalía: ser editor de moda. Lo hice por una noche, suficiente para mí, si se tiene en cuenta que mi principal misión fue cubrir un gran desfile de modas, con las mejores y más cotizadas modelos del país.

Cuando llegué a la entrada principal del restaurante adecuado para el desfile, un nudo en la garganta se me atravesó a la hora de decir "Buenas noches, soy Juan Carlos Giraldo y vengo para lo del evento". Los gorilas que recibían a los invitados me miraron con cara de "este man se equivocó, aquí no está el fiscal general, ni el ministro de Justicia". Uno de ellos revisó la lista de prensa y, sin mirarme, aseguró que ese periodista ya había llegado, mejor dicho que Juan Carlos Giraldo ya había entrado y que, tras unos minutos, se había ido. Tuve que insistirles que se trataba del otro Juan Carlos Giraldo y que esa noche era yo quien iba a ocupar el puesto de él. Una joven del equipo de prensa aclaró el incidente, me acreditó, puso en la solapa de mi saco una estampita y por fin pude entrar.

Adentro me esperaba ese mundo, atmósfera de glamour y ojos bellos, de mujeres de un planeta al que solo había conocido en las revistas. Directo a "tras bambalinas", el destino me mandó de una a tropezarme de frente con una belleza de casi dos metros, que corría hacia el baño. "Es Norma Nivia", me dijo un peluquero que descubrió mi cara de asombro y de ignorancia. Hacía calor, mucho bombillo prendido, mucha gente junta, mucha algarabía.

Por unos minutos olvidé que iba de trabajo y no de curioso, y entonces me dediqué a lo que cualquier hombre habría hecho en semejantes circunstancias: mirar, mirar, mirar. Lo que en realidad se disfruta de un espectáculo de estos es la transformación hacia la belleza que hacen estas mujeres de otro planeta. Llegan pálidas, escuálidas, como aperezadas, y poco a poco se van volviendo maniquíes de carne y hueso que hablan hasta por los codos, gritan, son felices, entusiastas, llenas de vida, ah, se me olvidaba, y también comen. Y comen como yo, tal vez más que yo, algo que no creía posible después de mirar esas formas perfectas que parecen levitar sobre la pasarela.

El desfile tuvo como finalidad recolectar fondos para una campaña que buscaba prevenir el cáncer de mama. El motivo se trasladó a los vestidos que las niñas modelaron, y cada uno de los diseñadores invitados envió un mensaje a las mujeres para que se prevengan. Con el fondo de un grupo español de cantantes y bailaores, desfilaron también algunas mujeres sobrevivientes de la mortal enfermedad. Eso también fue hermoso.

Al terminar, me metí en la fantasía del "detrás de", esta vez la misión, la de mayor riesgo quizás, era comprobar con mis propios ojos —como corresponde a un periodista responsable— si es cierto que las modelos se desvisten y se cambian de ropa, así como así, sin importarles que los curiosos, acreditados y todo como yo, las estén mirando. Pero no, era una falsedad que algún día un colega irresponsable me metió en la cabeza, otro mito que cayó esa noche. En este mi segundo recorrido, backstage, me encontré a Hernán Zajar, el famoso diseñador que no envejece, quien me miró con incredulidad, como preguntándose sin preguntar, qué hacía yo en ese lugar tan insólito para mí y le expliqué, sin que me lo pidiera, que hacía un reemplazo. "¿De quién?", preguntó; "de Juan Carlos Giraldo", le dije, "es que me llamo igual que él y hoy estoy haciendo su trabajo". Zajar mantuvo quieto su maquillado rostro. Para salirme del apuro, se me ocurrió preguntarle cómo juzgaba mi pinta, y me dijo: "Apenas, pasable para la ocasión".

El mánager de una de las niñas, una modelo que protagonizó una telenovela de narcos, me la presentó como la nueva revelación del modelaje. Quería que le preguntara sobre las últimas tendencias que iba a mostrar, pero solo me interesé en saber qué comía. Me dijo que de todo. A otra más linda de inmensos ojos negros —me dijeron que se llama Carolina Guerra— le pregunté qué hacía después de una jornada como la de esa noche, pues era viernes de rumba. "Dormir", así me contestó, a secas, y se fue sin siquiera darme un beso en la mejilla. Sin duda la decepcioné con mi pregunta.

Al final, cuando estaba a punto de irme, todavía convencido de que muchas cosas separan la farándula del mundo judicial que yo recorro a diario, descubrí entre bambalinas un detalle que cambió mi opinión de un tajo: sentado a un lado de la pasarela estaba nada menos que el hijo del presidente Álvaro Uribe, el mismo al que pocos días antes me había encontrado en la Corte Suprema rindiendo una versión judicial. Y bueno, no pude evitar acordarme de mi primer encuentro con aquella top model en la Fiscalía. Cambié mi opinión: farándula y judicial casi van de la mano.

Salí feliz del evento. Me sentí parte de ese mundillo, especialmente cuando me encontré en la salida con María Cecilia Botero, todavía hermosa y radiante como la conocí en CM&. "¿Cambiaste de fuente?", me dijo abriendo sus ojotes al tiempo con esa sonrisa ancha que la hizo famosa. "Con ganas", le respondí.

En el taxi de regreso a casa, la alegría se fue transformando en mantos de duda, en la medida en que le ganaba metros a la Avenida Caracas, a esa hora transformada en otra pasarela, en la pasarela callejera de los travestis de la 57, que hacen campaña para recolectar fondos para su propia supervivencia.

Y digo mantos de duda, porque empecé a preguntarme por dónde diablos iba a enfocar este artículo de moda que debía entregar lo más pronto posible. Pensé en encabezarlo por el lado de "la presencia del hijo del presidente en el desfile", eso sí, recordando lo de su reciente cita con la Corte Suprema, pero me pareció muy judicial el enfoque, y la primera recomendación que me hizo el editor es que fuera "algo light".

Después se me ocurrió lo del impacto del delito en las jóvenes de hoy en día, pero el tema, además de trillado, no se compadecía con el desfile que acababa de cubrir. A las dos de la mañana mi esposa, Lina María, me aconsejó que mejor me durmiera, que al otro día las ideas fluirían con facilidad. Marqué varias veces al celular de Juan Carlos Giraldo, mi tocayo, el subdirector de Fucsia, pero no me contestó. Debía estar de viaje, como siempre, viendo muchos más desfiles. Lina María me regañó por semejante osadía. "Se supone que es un reportaje tuyo, él debe estar a esta hora en una URI de la Fiscalía haciendo su crónica judicial, déjalo tranquilo", me regañó y me dormí.

Al otro día las ideas fluyeron. Me fui directo a una sesión de fotos con una modelo, flaca ella, alta, de nombre María Teresa Mora. Pero no fui por ella, fui por la productora de las fotografías, Ana María Londoño, y ella resultó ser la verdadera tabla de salvación. Al principio le puse cuidado a cada detalle de sus explicaciones, antes de que prendieran el televisor y me concentrara en la transmisión, en vivo y en directo, de la cumbre de Unasur de Bariloche. En ese momento Uribe casi le pegaba a Chávez, pero no un golpe, como hubiéramos querido, sino la gripa AH1N1. A la modelo le importó un rábano lo de la cumbre. También al maquillador, que en ese momento le estaba pegando las orejas a la nuca de la flaca, porque se le salían demasiado para las fotos, mientras que el peluquero luchaba para domarle una trenza gigante que debía rodearle la cabeza a manera de casco de motociclista.

La sesión de fotos estaba destinada a un "editorial de moda", esto es un poco de páginas en Fucsia, en las que la niña —me acostumbré a llamarlas "niñas"— luce los vestidos de las últimas tendencias de la moda, que un almacén de marca presta para la ocasión.

"No pueden ensuciarlos, ni arrugarlos, ni mancharlos, ni nada", explicó la productora. Todo eso hay que devolverlo porque al otro día se vende como si fuera nuevo. Olvidé preguntarle si lo mismo ocurre cuando desfilan ropa interior.

En el vestier colgaban de un perchero horizontal cerca de veinte vestidos, chales y blusas, con sus respectivos precios pegados por detrás. En el piso, igual número de botas y zapatos. "Brillos y lentejuelas", me gritó la productora, pues yo había vuelto al televisor. En ese momento Uribe le hablaba tiernamente a Correa y Cristina, la presidenta argentina, tomaba del brazo a nuestro mandatario para que se dejara fotografiar. A propósito, lindo el vestido de la Kirchner, con lentejuelas y brillos, parecidos a los de la modelo con la que estábamos trabajando en nuestra sesión.

"Brillos y lentejuelas, es la tendencia de esta época", volvió a decir la productora. Eso quería decir que, en adelante, y quizás por un mes nada más, todo el mundo, después de ver las fotos en la revista, iba a comprar blusas, vestidos y botas como las que se estaba midiendo la modelo para "la editorial".

"Es muy flaca", le dije con algo de susto a la productora. "Es top model", me respondió ella, para mi sorpresa, y me explicó, con cierta rigidez en su rostro: "Es que las top model no son las grandes y esculturales, para mí son las que sepan lucir cualquier prenda, así sea un bolso". Ah, bueno.

Me metí por otro lado, pensando en otro enfoque para el artículo. Quise saber cuánto gana una top model flaca como esta, y me volví a sorprender: 350.000 pesos. Mentalmente, porque me volvió a dar susto decírselo a la paciente productora, me dije que era muy poca plata para casi siete horas de trabajo, y ella me respondió, como si leyera mis pensamientos: "Lo importante para ellas es su book". No quise preguntarle qué era "su book", pero imaginé que debe tratarse de un catálogo.

Si la modelo gana tan poquito por tantas horas de trabajo, supongo que el editor sí debe ganar muy bien. Pienso que Juan Carlos Giraldo, que se la pasa viajando por el mundo, pobrecito, de pasarela en pasarela, debe ganar una fortuna, bien merecida por demás. El hombre no tiene tiempo. Me imagino cómo habrá hecho para ir a los juzgados de "Paloquemao" a reemplazarme, con lo jartas que son las audiencias públicas, y con lo mal que huelen los presos recién detenidos en la madrugada, que no los dejan ni bañar.

Sirvieron el almuerzo. Esta modelo, la flaca, también come comida normal. Se mandó en un santiamén un plato lleno de raviolis con pan, ni siquiera integral, una ensalada y Coca-Cola. Cuando ya iban a empezar las fotos, recibí una llamada de mis jefes judiciales. La Corte acababa de ordenar la captura de un congresista que recibió una notaría del gobierno. Me disculpé y salí sin poder ver cómo ponen a posar a las modelos para estas fotos. Qué pesar, porque ya estaba empezando a ver por dónde iba a enfocar el artículo, otra vez será.

Ah, pero antes de despedirme quiero aclararles que con el hijo del presidente, el día de la pasarela, no hubo fotos, pues temí tener que esconderlas en mi oficina, esta vez debajo del expediente de la Corte sobre las notarías. Además, la memoria de la cámara que había llevado clandestina en el saco ya estaba agotada con todas las niñas que posaron a mi lado.

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