La verdad, no me sentí seguro en ningún momento, a pesar de estar en uno de los lugares de Colombia donde más jueces, abogados, policías, técnicos judiciales, celadores y armas hay por metro cuadrado. Tal vez, es lo de las armas lo que no me genera seguridad. Llegar al Complejo Judicial de Paloquemao significa atravesar a Bogotá desde donde vivo y me muevo cotidianamente. Obviamente, fui en taxi porque no me daban muchas ganas de perderme en la búsqueda de una dirección en la Avenida Ciudad de Quito con calle 15 ó 16 ó 17, un lugar que no tenía ni idea dónde quedaba, aunque así le sumara emoción a la aventura que emprendía.

Atravesar el filtro de seguridad de la entrada fue mucho más fácil de lo que pensé. Ni las llaves ni el celular ni las monedas del bolsillo activaron alguna alarma y los seis policías que custodiaban la entrada estaban tan ocupados "echando" chistes y chismes que no les merecí mucha atención.

Ya estábamos adentro con Santiago, el fotógrafo que me acompañaba para registrar mis caras de perdido, y la inseguridad que no me abandonaba. A cada paso pensaba en cómo hace mi tocayo para levantarse cada día a perseguir hampones rasos en estos juzgados o peces gordos en el búnker de la Fiscalía. Dos lugares que, francamente, no dan ganas de visitar. Me acerqué al puesto central de información con una actitud que no me valió precisamente el respeto o la consideración del encargado. Muy orgulloso, eso sí, él lucía una camisa de cuadros con una corbata estampada que hería las pupilas, mientras que atendía a los que en su peculiar criterio sí eran merecedores de su atención. Pero no se crea que con ellos era la quintaesencia del funcionario acucioso y bien educado: su deficiente trabajo lo hacía mientras fumaba y hablaba por el celular con alguien a quien le decía "mamita"... Yo lo único que quería era que me dijera dónde encontrar a Armando Nivia, jefe de Divulgación y Prensa de la Fiscalía, de quien yo esperaba me ayudara a buscar la mejor manera de enfrentar ese edificio y lo que pasaba en él.

Cuando por fin el inepto portero se dignó dirigirse a mí, fue para decirme que mejor buscara el puesto de información de la Fiscalía porque él no tenía ni idea. Me señaló el destino con la boca, porque, recuerden, tenía las manos ocupadas con su cigarrillo y su celular. Encontrar el letrero en el que se leyera "Información Fiscalía" no fue fácil. Yo buscaba algo hecho aunque fuera en una carpintería, o en una de esas tipografías de la sexta con décima, pero no. Estaba hecho a mano y con bolígrafo, de tal manera que hallarlo pareció más una prueba de los juegos múltiples de una universidad. Yo entiendo que los recursos de la rama judicial y de la Nación en general deben cuidarse y no despilfarrarse en cosas inútiles, pero un aviso debe ser visible.

En el puesto informativo no había nadie. A lo lejos un funcionario que sacaba fotocopias me dijo que esperara. Fue un alivio saber que ya no era invisible como hacía cinco minutos. "¿En qué puedo servirle?", me preguntó. De nuevo, pedí información de Armando Nivia. "No tengo idea de quién es", contestó. A esas alturas, dudé de la existencia del personaje, pero al mismo tiempo me indicó que me dirigiera al letrero (uno más) que decía "Baños", que doblara a la izquierda y que en las oficinas del fondo preguntara por él. Por fin, me encontré con el logo de la pieza de rompecabezas azul con amarillo que distingue a la Fiscalía. Allí tenía que estar Armando, pero no. Estaba de ronda por el edificio. Mientras tanto, los funcionarios que atendían a los hombres y mujeres que llegaban esposados a esa dependencia miraban la cámara fotográfica con terror. Y ni qué decir de los detenidos que agachaban la cabeza como defendiendo su identidad, como el único patrimonio que les quedaba. Esas reacciones me llamaron mucho la atención, ya que en el mundo en que me muevo y trabajo, una cámara se convierte en un objeto de deseo, de verdadero culto. Las modelos viven de ella y los lagartos mueren por ella. Es como un imán que atrae a personas de todas la pelambres, en su búsqueda de más reconocimiento o simplemente para calmar la fiebre narcisista que cunde por estos días. "Lograr" salir en las páginas sociales de Fucsia o Jet-set o de TV y Novelas, puede significar para muchos tener la gloria a la vuelta de la esquina, o por lo menos sentir que está cerca aunque nunca llegue. Y si la toma es al lado de un famoso, así lo sea porque pertenece a la farándula colombiana, mejor. Nunca he visto a nadie, excepto a doña Lina Moreno de Uribe o a uno que otro millonario que quiere proteger su seguridad, decirle "no" a una foto social. Pero en estos crudos medios de la justicia la cosa es bien distinta, porque, lejos de suscitar la admiración, servirá para dar paso al escarnio y la sanción social a causa del delito, la falta, el pecado, o como sea que quiera llamarse.

Por fortuna, mi tocayo, quien debía estar en ese momento en una sesión fotográfica o algún desfile, tuvo la precaución de darme el número celular del jefe de prensa, aunque también lo encontré pegado a su puerta, porque como él mismo afirma, su trabajo no es de escritorio. De tal manera, que quien lo necesite lo puede llamar a cualquier hora del día o de la noche. Cuando oí su voz al otro lado del teléfono sentí un alivio enorme, pero cuando lo vi, por poco lo abrazo. Por fin había alguien que me ayudaría a trazar un mapa de ruta en ese entorno hostil, por no exagerar.

Con paciencia y, lo mejor de todo, con mucho entusiasmo, Armando me explicó que su trabajo consistía en estar siempre al tanto de cómo van los procesos de los sindicados importantes para poder mantener "bien dateados" a los periodistas. Aquí, como en la moda, hay categorías. Existen reos de primera, segunda y tercera, del mismo modo que diseñadores top o de quinta. Recuerda que David Murcia Guzmán, tristemente célebre dueño de la pirámide DMG, lo puso a correr y a trasnochar como pocos, aunque su paso por Paloquemao fue fugaz antes de irse al búnker, como familiarmente llaman a la mole gris en la que hasta hace poco mandaban el fiscal Mario Iguarán y su inolvidable mascota ‘Zucarita‘. En fin, Nivia pretendía que en mi memoria se grabara qué es una audiencia de control de garantías, una Unidad de Reacción Inmediata, un juez, un fiscal, un indiciado y hasta me presentó al ex vicefiscal general Francisco José Sintura, quien también se puso en la tarea de ilustrarme, la verdad, con poco éxito.

Les pedí menos teoría y más práctica, para ver si cuando subiéramos a los juzgados también aumentaba la emoción. Por el camino, mi ángel de la guarda me iba presentando a uno que otro personaje, entre los que se contaban abogados, guardas, policías, fiscales y unos cuantos colegas míos que se pasan todos los días del año allá metidos, en espera de pescar violadores, fleteros, guerrilleros, paramilitares y asesinos —ojalá en serie—, para poner en la primera plana de uno de esos periódicos que, como dicen en mi tierra: si uno los escurre, les sale sangre.

Llegamos a una cartelera que, al mejor estilo de la de cualquier cinema, ofrece una programación muy variada para todos los gustos. En ella están exhibidas en orden de juzgado y por horario las audiencias que se van a realizar cada día. Por momentos me sentí en un capítulo de Law and Order, en unos tribunales menos sofisticados y sin que los jueces, litigantes, guardias y hasta reos, hayan salido de un riguroso casting. Los delitos para juzgar se presentaban a la carta. Así que empecé por algo suave, según palabras de los que están acostumbrados a estar allá: una audiencia en contra de un hombre por una estafa de 243 millones de pesos que, para ser sinceros, no tuvo ninguna emoción. El acusado llegó perfectamente bien vestido, como le corresponde a quien tiene en sus arcas una suma de ese calibre sin haber tenido que sudarla. Y la audiencia no duró ni diez minutos, porque la fiscal no era la titular del caso y el juez dictaminó cambio de fecha y hora. El show televisivo no se veía por ninguna parte.

En la búsqueda me encontré la sala 6 del Juzgado 27 y 35 Penal del Circuito con Función de Conocimiento. Ahí adentro pasaba algo interesante porque el recinto, aunque no muy grande, estaba abarrotado y las voces iban en alza. No podía tratarse de nada simple. Me acerqué a la puerta y noté que a la jueza no le gustó la presencia de la cámara que Santiago disparó varias veces antes de que la mirada de la señora lo fulminara. El intendente Corredor y el patrullero Montoya, dos de los muchos policías que velan por la tranquilidad de las salas y los pasillos, me explicaron que "hay jueces de jueces" y que algunos no tienen problema ni con la presencia de la prensa ni con el registro fotográfico, pero que otros, como la de la mirada asesina (devastadora, siniestra), sí que odiaban a los intrusos.

Mientras aparecía un plan mejor, los agentes nos contaron que su trabajo se trata exactamente de evitar que, después de un fallo, las familias de acusados y víctimas se vayan a los golpes por considerar las sentencias injustas. También, en casos extremos, les toca disuadir de suicidarse a los reos condenados que ven en ello una salida fácil del problema.

La cosa iba bien, pero yo no estaba satisfecho hasta que Armando Nivia me alertó sobre una audiencia condenatoria de un asesino. Ni idea de qué se trataba eso, pero sonaba de película. Era en una de las nuevas salas, tan nueva que todavía estaba en obra negra. Ahí entendí un poco eso que se oye a diario que describen como la crisis del sistema judicial. Allá estaban apostados mis colegas cazadores de "forajidos", como se refiere mi madre a todos los que cometen algún delito. Las sillas estaban todas ocupadas y el ambiente era muy tenso. El asesino, que ya no era presunto porque había aceptado los cargos, tengo que decirlo, tenía cara de eso, de matón. La abogada defensora, cumpliendo con su deber, pidió que le dieran un pena corta porque se trataba de un hombre de 57 años, quien además había reconocido su delito. La fiscal, por el contrario, expuso los motivos por los cuales debía aplicársele la pena máxima, pues era el segundo asesinato que cometía y su víctima era un hombre joven, hijo, hermano, esposo, padre de familia y empleado de una empresa estatal, al que posiblemente le esperaba un buen futuro. Al final, aplazaron la lectura de la sentencia por "cuestiones logísticas". Confieso que me hubiera gustado verle la cara cuando le notificaran los años que pasaría encerrado.

Lo sacaron esposado y cuando lo vi pasar, como en la serie de televisión, estuve tentado a opinar y hasta a arengar que lo dejaran podrir en la guandoca. Afortunadamente no me dejé llevar del instinto, porque hubiera terminado esposado y compartiendo calabozo con alguno de esos personajes que nadie quiere siquiera saber que existen. Tras la descarga de energía que significó estar allá, de frente a una realidad de la que me entero a diario, pero con la que tengo contacto solo por la televisión, la prensa y la radio, y tener al asesino tan cerca, caí en la cuenta de que, definitivamente, para hacer bien un trabajo hay que sentir pasión. Esa misma que Juan Carlos Giraldo, el otro, siente cuando se mete en las entrañas de un crimen o la que despiertan en mí, desde niño, las telas, los trapos y la ropa, cuando acompañaba a mi madre en sus largas jornadas de costura y, sin tener idea, terminaba ayudándole a diseñar un vestido.

Creo que mi tocayo, después de su acercamiento a mi oficio, se quiere quedar en el búnker. Yo, por lo pronto, me quedo aquí, trabajando para que la gente entienda que la moda no es solo hablar de lo que se usa o no; sino que es un arte, que es cultura, expresión y que es uno de los renglones más importantes de la economía mundial, aunque muchos piensen que para ser periodista de moda solo se necesite vivir borracho y bien vestido.

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