No es tan descabellado: desde hace tiempos se maquillan. ¿Acaso no se acuerdan de la capa de base que usaba el galán de Los ricos también lloran, o creen que el cutis de Jorge Barón es natural? Disculpen si les quito la inocencia, pero tengo la impresión de que las ojeras de uno de nuestros célebres ministros no se deben a sus desvelos por la patria, sino a una mala ejecución del maquillaje permanente, y me atrevo a asegurar que, después de cada debate en vivo y en directo, los cuellos blancos de nuestros candidatos quedan con huellas de rosa pálido, mate bronceado, moreno intenso o rojo carmesí.

Detrás de todo gran hombre que sale por televisión hay uno que otro polvo, por no hablar de base, contorno de ojos y rubor. Cualquier asesor de imagen sabe que unos rayitos platinados producen la sensación de que el sacrificado gobernante ha envejecido con la tarea ingrata de velar por los destinos de su pueblo, que un poco de delineador imprime profundidad a la mirada de un mandatario con fama de tonto o que el rouge en las mejillas de un dictador desahuciado puede evitar hasta un golpe de estado. El maquillaje, como el telepronter, dejó de ser privativo de los artistas o de las presentadoras de farándula.

Si el rey Sol y sus cortesanos llevaban peluquín, zapatos de tacón y una capa de polvo más apelmasada que la de nuestros galanes de novela, no me parece extraordinario que los hombres se maquillen, ni mucho menos que se suban en tacones. Son gajes de la moda que va y viene. Mis amigas mayores tuvieron novios que se ponían botines de plataforma con sus vaqueros de botacampana y yo confieso que bailé con tipos de zapatos blancos de tacón y chalecos de poliéster, estilo John Travolta. Aunque suene ridículo, ya quisieran muchos lectores de esta generación haber vivido en esos buenos-viejos tiempos en los que unos centímetros de plataforma o de tacón corrido podían hacerlos parecer más altos que sus novias, al menos, mientras llegaba la hora de quitarse los zapatos. Por muchas cámaras de aire, agua, plomo o lo que sea que tengan ahora los tenis made in china, jamás lograrán elevarlos a las alturas que alcanzaron los muchachos de generaciones precedentes.

Estoy dando rodeos para evitar las respuestas obvias que conlleva la pregunta. Podría decir, aunque ya todos lo sabemos, que si los lectores de estas páginas usaran maquillaje llegarían todavía más tarde a sus desayunos de trabajo. O que jamás tendrían la versatilidad, indiscutiblemente femenina, de recurrir al espejo retrovisor para usos múltiples como cambiarse de carril por la autopista en hora pico, echarse sombra en los semáforos y regañar, de paso, a los niños que pelean en el puesto de atrás. Probablemente habría más accidentes, pues ya se ha demostrado que un hombre es incapaz de comer chicle y montar en bicicleta al mismo tiempo, o de hablar por teléfono, pintarse los labios y preparar la junta de mañana. Los hombres, eso dicen, son gente de una sola pieza y no quiero imaginarme cómo irá el mundo cuando vuelva la moda de calzar con las zapatillas de Luis xv sus pies anchos, o cuando lancen una línea de maquillaje only for men.

Si ya es una costumbre hacerse el manicure en las peluquerías de caballeros, si las droguerías venden tinturas especiales para barbas y bigotes, si ningún candidato se atreve a contrariar al asesor que le sugiere un cambio extremo de color o de tendencia, no veo por qué los hombres "de la calle" deban privarse de los afeites que la cosmética inventó para prestarles lo que natura no les dio. Por supuesto, tendrían que aprender a manejar sus zapatillas para no dejar los tacones entre tanto andén roto y necesitarían un entrenamiento en pasarela como el que reciben los presidentes, para no quedarse tan rezagados de nosotras como se quedan ellos en los desfiles militares, y para bajar las escaleras sin chancletear como las niñas cuando se disfrazan con zapatos de mamás.

Quizás aprenderían todo eso, a fuerza de ejercicio y persistencia. Pero el problema es que tendrían que aprender también a quitarse el maquillaje, y esa sería la parte más difícil. Con solo imaginar el caos de algodones multicolores y de kleenex tirados en el baño, y nuestros tónicos que nos han costado una fortuna ¡sin tapar!, Mucho me temo que las mujeres nos veríamos obligadas a prescindir de su agradable compañía. No sé cuál escenario pueda ser peor: si ver la almohada negra de pestañina, o despertar al lado de un tipo con pisteros que nos recuerda a alguien conocido y que no sabemos bien dónde lo vimos, si en un consejo comunitario o en una de esas películas de terror que pasan por la tele.

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