Siempre quise ser vulcano. Un vulcano como Spock: lógico, dueño de mis emociones, dotado de sorprendentes habilidades mentales y con una frente lisa habitada por dos cejas tan puntiagudas como mis orejas. El actor Leonard Nimoy lo consiguió, gracias a largas sesiones de maquillaje y a un talento único. Preferí un método más sencillo: visitar al cirujano plástico Mauricio Jiménez Torres en su consultorio de la 124, abajito de la séptima.

Divagando en el ‘vulcanismo’, me encontré, de boca del doctor, con el botulismo, una intoxicación, a veces mortal, que causa la toxina botulínica, una neurotoxina que produce la bacteria clostridium botulinum. El doctor, con un lenguaje científico amistoso —pero para mí imposible de reproducir aquí—, me explicó que el bótox es apenas uno de los fármacos derivados de la bacteria, y que comenzó a usarse en los sesenta para tratar enfermedades relativas a desórdenes neurológicos, en las que los pacientes sufren de contracciones involuntarias. 

¿Qué hace el bótox? Paraliza temporalmente los músculos. Así de sencillo. Y, tan sencillo como se dice, le puede ocasionar a usted un tremendo dolor de cabeza si (¡aunque se usa en el tratamiento de migrañas!), en dosis inadecuadas o de cuestionable cualidad, se lo aplica un cirujano de esos que habrán hecho pasantías en las nalgas de Jéssica Cediel. Yo, que cursé mis estudios de medicina viendo NatGeo, le explico al doctor Jiménez que lo que me va a poner en la frente tiene poderes similares al veneno de algunas serpientes, de esas que molestan (junto con los cocodrilos) una cantidad de naturalistas pantalleros en la televisión “por cable” (que suele ser satelital).

Compadeciéndose de mi ignorancia, y tal vez para que me sienta un poco más seguro antes de los pinchazos, me dice que de cierta manera tengo razón, pero que más que un veneno, estamos frente a una toxina, a un medicamento absolutamente natural y que, aplicándolo de manera adecuada, luciré tan normal que nadie me confundirá con Montaner en La voz o con un Klingon de frente corrugada, como los que aparecen en Star Trek siempre retando con su vulgaridad el comportamiento parco y cortés de nosotros los vulcanos.

Explica Jiménez que el bótox es perfecto para mí, que me ayudará en la atenuación de las patas de gallo (así las llamo yo; él usa lenguaje científico), del ceño arrugado (así lo llamo yo; él usa lenguaje científico) y de una línea vertical que parte de una ceja hacia el cuero cabelludo y que me hace ver enojado cuando no lo estoy (así la llamamos él y yo… solo agregaría que es la arruga que tanto me favorece a la hora de verme como una mezcla de Shrek y ‘Buzz’ Lightyear). 

Los usos de la toxina botulínica para hacerme más joven (Jiménez prefiere hablar de “un Gustavo Gómez mejorado”) se descubrieron de manera accidental, como sucedió con el viagra, ese pariente muy lejano que, al igual que el bótox, se gana la vida templando cosas. La toxina, además de suministrar ese toque de juventud, se usa para paralizar glándulas en axilas y manos de personas que sudan copiosamente, en el tratamiento de incontinencia urinaria para discapacitados, combatiendo el estrabismo y, en resumen, para quitarle a la gente un peso de encima (en realidad, de $900.000 a $1.200.000 por un par de sesiones, con garantía de al menos ocho meses, en el caso de Jiménez).

Luego de 35 minutos de explicaciones muy convincentes, pasamos a una salita anexa a su consulta donde hay una silla enorme y cómoda, muy parecida a la del capitán James T. Kirk en la Enterprise (vulcanos, klingon, Kirk, Enterprise… en dos o tres párrafos, si no me contengo, diré que Bótox era un planeta federado muy cercano a Seti Alfa V). En la silla me acomodo mientras el fotógrafo de SoHo, la productora de SoHo, la videógrafa de SoHo y casi, casi hasta la madrecita del director de SoHo (Cecilia, que luce regia sin bótox) incomodan lo necesario para que me ponga más nervioso de la cuenta con las agujas que alista el cirujano. Lucy, la productora, viene de jugar con un par de prótesis mamarias que reposan sobre el escritorio de Jiménez, y lo hacía con una técnica manual que hubiera envidiado cualquiera en el bachillerato.

Una y otra vez me muestra el doctor las marcas y logos de la toxina, mientras extrae de uno de los empaques un frasquito mucho más pequeño que la botellita de Johnny Walker de un minibar del Hilton (Hilton, reinas, Raimundo, estrabismo… ¡bótox!). Se trata de un polvo, en el más aburrido sentido de la palabra, que se mezcla con agua de alta pureza hasta llenar la jeringa. Jiménez, que acaba de tomarme unas fotos en primerísimo primer plano, marca unos puntos entre ceja y ceja y otros en donde se forman las patas de gallo de esta gallina aterrada por las agujas que soy yo.

Solo una cosa le pido, y en tono muy enérgico: “Doctor, la Fiera, que es la que manda en casa, me permitió someterme a esta locura con la única condición de que no me inyecte cerca de la boca, pues ella ha oído que los nervios faciales se afectan y pueden confundirme con un expresidente conservador”. Me tranquiliza: entre las aletas de la nariz y el mentón, él jamás usa bótox. En esa región hay músculos “pellejeros”, es decir, que no están anclados en los huesos y puede desdibujárseme la boca o hacerme escurrir la saliva por las comisuras. No quiero ser el Abominable Hombre de las Siestas.

Luego de aplicarme frío con un aparato muy sofisticado, comienza lo que, prefiero pensar, es una sesión de acupuntura. Jiménez me previene: será más doloroso en las zonas donde la piel es gruesa, entre ceja y ceja. Sentiré menos el pinchazo alrededor de la cuenca del ojo que en la frente, que, a mi edad, pesa unos 130 gramos, la tercera parte de un jugoso bife de chorizo en la Estancia Chica. Todo el proceso de inyección de la toxina toma 20 minutos y, efectivamente, la molestia es mayor en la zona donde se encuentran las cejas, pero nada que un extripulante del ARC Tayrona no pueda resistir con algo de entereza submarina.

Listo. Jiménez limpia unas diminutas gotas de sangre (ni enfermera necesita), me toma más fotos y me da unas recomendaciones finales: “No se lave la cara, no se rasque y no tenga actividad física, menos sexual, durante las próximas cinco horas”. Me cita para dentro de una semana, cuando me hará un primer control. La toxina, dice, irá haciendo efecto progresivamente. Me voy con la satisfacción del deber periodístico cumplido y soñando con ser una especie de Benjamin Button.

Me he jurado no revelar a nadie mi condición de moderno Dorian Gray, con la idea de ver si alguien nota el cambio, sobre todo un par de amigas que de vez en cuando se dan sus pinchazos de bótox y lucen regias. A mi mujer, que sabe incluso dónde guardo el video de uno de mis mejores amigos bailando en México con un enano transgenerista, se lo cuento a poco de llegar a casa. Durante los siguientes días, ella será la única que me mire con ojo clínico, pero sufrirá lo indecible: sobrellevaremos juntos, como una pareja que se quiere, el hecho de que se verá más arrugada y anciana y yo más buen mozo y jovial. Para hoy, 6 de noviembre, antesala de mi cumpleaños, ella ha comenzado a creer que se casó con César Augusto Londoño. Mañana cumpliré 45, pero ella sentirá que son menos.

* * *

Es día del control. Jiménez, que me confunde con el hijo de uno de sus pacientes, me da el parte de victoria. También a Nicolás, el fotógrafo, y a Andrea, la videógrafa. Lucy, la productora, no nos acompaña: la despidieron por andar cogiendo las tetas artificiales que el doctor pone en el escritorio para animar a sus pacientes (bueno, o la despidieron o está sometiéndose a un implante mamario). Luego de las fotos de rigor para verificar los cambios, el doctor me da una noticia de dos palabras que me pone un tris nervioso: ácido hialurónico.

De inmediato pienso en el trasero de Jéssica (aunque lo hago con frecuencia, sin ácidos, ni siquiera alcohol, de por medio) y en los labios-papada de Lady Noriega. Me tranquiliza. Me explica que si a ellas les hubieran aplicado realmente el hialurónico y algo hubiera salido mal, habría desaparecido en semanas, absorbido por el cuerpo. No: a ellas les debieron inyectar algo más parecido a lo que se compra en Home Center para pegar ventanas que al célebre ácido.

Va a ponerme una dosis de hialurónico para rellenar un pequeño trozo, aún muy visible, de la arruga que me hace ver más furioso que la dueña de Kien & Ke cuando entra a Twitter. La idea es rellenar esa área con una sustancia que puede retener el agua en un porcentaje de muchas veces su peso y que me dará un poco de cuerpo para que la arruga se esfume. Este chuzón sí duele. Y mucho. Pero todo pasa en un minuto, y el resultado es prácticamente instantáneo: la arruga referencia Shrek se desvanece como la credibilidad de Darío Silva cuando dirigía Noticolor.

Descubro que logré ser vulcano sin pasar por el calvario de Ricardo Montaner: mis cejas han subido un poco y tengo la frente más tersa que nalga de bebé. Solo experimento una leve tensión en ella, como si me hubiera pasado una tarde en Melgar sin cachucha y sin el Sun Days que pauta en Sweet. Tiene buena mano Jiménez. Todo ha salido a pedir de boca (¡sin que me hayan tocado la boca!) y ahora solo tengo una preocupación: cómo convencer a SoHo de que hagamos el experimento cada ocho meses para, ‘al gratín’, conservar mi juventud exprés… Es una preocupación tan pero tan profunda que estoy comenzando a arrugar el ceño. 

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