Lo más duro de ponerse durante un día entero una peluca o un bisoñé, como lo hice para complacer a Daniel Samper Ospina, que quería verme rejuvenecer (algún día, más temprano que tarde, a él también le llegará el tiempo de chantarse su postizo), fue el cambio extremo de ideología.
Al verme de nuevo con melena con la primera peluca que me insertaron —o algo hirsuto que se le parecía—, la cuestión estética no fue lo que se me vino a la calva. De inmediato, el implacable cristal reflejó a un hombre probablemente algo más joven que este yo que soy, una especie de Óscar Golden (q.e.p.d.) con todo y “boca de chicle”. Pero al momento la cosa empeoró. La transfiguración fue súbita. Pasó como si todos mis ya largos y recalcitrantes años de anarco-hippie-izquierdismo hubieran desaparecido para adquirir en ese instante la figura de un oficinista más bien uribista, sustancialmente manteco y presto seguidor de las buenas costumbres.
Busqué imágenes de mi remota juventud en el nostálgico archivo de papel periódico, pero ninguna de ellas coincidía con lo que reflejaba la luna de Dorian Gray de la peluquería del buen Hamilton, quien se empeñaba pilosamente en retrotraerme a la mocedad, retocando mi inestable peluquín. Pero el asunto no era cosa física, como lo he dicho. Por un momento sentí que me parecía a Simón Templar, aquel televisivo personaje más conocido como El Santo, en esos remotos tiempos cuando los Santos, Pachito y Juan Manuel, por fortuna, solo hacían parte del mundo de la ficción. Pero no. Ni siquiera era eso. Era peor. Estaba viéndome como una especie de servidor público amigo de Roberto Gerlein y hasta como un pensionado de la Policía Nacional. ¡Horror!
Si bien —y con beneficio de inventario— la guedeja que ocultaba mi alopecia producía el efecto de quizá quitarme unos cinco años, en la parte ideológica el resultado era inversamente proporcional. Estaba cuchísimo. Me había enviado de una a los años sesenta, antes del mayo francés, antes de Woodstock. Todas mis amadas lecturas y recuerdos habían sido borrados de un tajo. No recordaba nada de Bakunin, todo el Diario del Che había desaparecido, Rayuela de Cortázar era vaga, las películas de Buñuel se convertían en jirones, todo se perdía, como si en lugar de esos flequillos me hubiera fumado una Golden Santa Marta de la época. ¿Sería que, en efecto, el cabrón del Godofredo Cínico Caspa de verdad se estaba apoderando de mi espíritu, de mis ideas y hasta de mi “resentida” personalidad de izquierdoso?
Asustado, le dije a Hamilton que me quitara la amnésica corona. Y de una recobré memoria, convicciones políticas y, sobre todo, la tranquilidad propia de lo vivido, de los buenos recuerdos.
Hamilton y Lucy me cambiaron la peluca y me pusieron el bisoñé. Otra vez todo cambió con esas nuevas hebras. Esta vez se trataba ya no de Óscar Golden sino de convertirme en un clon de Charlie García y la vaina me gustó más. Empecé a divertirme. Mi ideología se mostraba estable…
Salimos de la peluquería y —oh sorpresa— me di cuenta de que la cosa funcionaba. En la calle nadie parecía darse cuenta de que andaba con ese tupé en el coco. Salvo por un señor en una esquina que tenía uno parecido al mío, pero más bien onda Galy Galiano y quien al pasar me saludó con una sonrisa y un gesto como de “no te avergüences, sigamos firmes, colega”.
En cambio, una dama que crucé entrando al supermercado y para quien era muy difícil ocultar los efectos huracanados de su peluca en moño que era como un bizcocho Saint Honoré de tres pisos, me miró y, espantada, salió al trote para no caer en lo que ella, seguramente, consideraba una identidad asquerosa. No por ella, voluptuoso bagre magdaleniense, sino por mí, con ese tirabuzón inverosímil en la testa tratando de comerme los años.
El día siguió y mi bisoñé con él. Fui a un café para tomarme un agua mineral y aproveché la ocasión para preguntarle a un par de vecinas de mesa —deliciosas damas en cuarentena— sobre qué edad creían ellas que yo tenía. ¡Fatal! La más generosa me ponía cinco años más de los que tengo. Mi esperanza de rejuvenecimiento se diluía. Por fortuna, la otra me reconoció como “de la televisión, o algo así…” y no vaciló en decirme: “Quítese eso que hippicito se ve más de su edad”. Nunca supe cuál creía ella que era mi edad. Claro que después de esta experiencia con SoHo, yo tampoco lo sé muy bien.
Luego decidí tomar un TransMilenio y, para forzar el asunto, de inmediato me senté en una de las sillas azules reservadas a los provectos. Ahí sí la cosa funcionó de maravilla. Una señora setentona me levantó del asiento mientras me decía maternalmente: “Joven, déjeme el puesto que usted no tiene edad para estar ahí”. Salté y casi se me cae el bisoñé del brinco de alegría que di para cederle la plástica butaca. Pero al rato no entendí nada, cuando la señora se bajó del articulado arreglándose su cabellera rojiza. No hay casualidades. ¡Tenía también peluca!
Curioso, le pedí al Dane que me diera para este artículo los datos de cuántas personas en este país tienen pelo postizo. Hasta ahora, nada. Como siempre, me tomaron el pelo, es decir, la coleta.
Camino de una librería donde pensaba visitar a un amigo y darle la sorpresa de mi nueva condición, me acordé del origen de la palabra bisoñé. Y claro, como en tantos orígenes lingüísticos y etimológicos, la cosa también es una mamadera de gallo. Viene del francés “besogneux” o sea necesitado, y no se sabe si la palabreja significa necesitado de pelos o de plata, pues el bisoñé es apenas un pedazo de peluca. Debo decir que no pocas veces me disfracé justamente de Luis XIV, rey de las pelucas, pero esa es otra historia…
A estas alturas del día y de mis andanzas, poco a poco el adminículo empezaba a desacomodarse, a declinar. Ya el calor que produce en la cabeza usar esa pelambrera, sacada de quién sabe qué cabeza o de partes más escondidas, comenzaba a ser insoportable. Pensaba en los pobres agentes de la Dijín que les toca empelucarse cuando van clandestinos a infiltrarse en una comuna de Medellín. O en actores y actrices que se cambian todito. Ello me hizo pensar que, de todas maneras, lo del bisoñé sí me produjo una sensación como de puesta en escena de una juventud inalcanzable y que ya al final del día, gracias a los estímulos histriónicos que produce el cambio, estaba posesionado de mi papel de no calvo.
Por fin llegué a la librería de mi amigo sintiéndome cada vez más impostor. Me vi tratando de recuperar en vano los gestos propios de la juventud, cierta agilidad, una nonchalance. Sin embargo, con el ego hinchado de laca, entré. Y como si no tuviera nada en la cabeza, como si todo fuera en vano, mi amigo me saludó normalmente. Le dije: “¿Pero no te das cuenta de que tengo un bisoñé?” Y me respondió irónico: “Claro que me doy cuenta”. Entonces le expliqué que me estaba rejuveneciendo para SoHo. Y él, que me conoce bien, me espetó: “Tú no necesitas eso. Siempre has sido un adolescente. Creo que has pasado de estar verde a podrido, sin conocer la madurez”. ¡Revelador!
De vuelta a lo de Hamilton para que me regresara a mis yoes contemporáneos, me fui pensando —mientras la multitud transitaba ajena a mi lindo tupé— que de algún modo este cambio, por fortuna momentáneo, me había hecho sentir un cierto temor a regresar, a rejuvenecer, que es más tonto que envejecer de frescura. Era un poco como perder lo cierto para ganar un improbable acaso. Mi día contra natura sin calvicie terminaba.
Cuando Hamilton me desembarazó de ese peso de encima, recordé que nunca me molestó demasiado perder el pelo. Y comprobé que al quitarme el peluquín sentí gran contentura de quedarme calvo de nuevo.

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