Ahí estaba yo, parada en plena esquina de la avenida Caracas con la calle 30, a las cuatro y media de la tarde, observando muy atentamente a esos inocentes bombones "rusos" que sudaban la gota gorda boleando palustre y cemento, pegando ladrillos encaramados en lo alto de la improvisada plataforma. Todos muy jóvenes. Promedio de edad, veinticuatro añitos, pletóricos de vigor y salud. No me daban ni una miradita. ¿Sería acaso por mis setenta kilos y mi edad, superior a las de su preferencia? Escogí a mi primera víctima y ¡al ataque! Flaquito, inocente, incipiente bigote, cachetes rosaditos y gesto tímido.

—Hola, muchachón, ¿cómo te llamas?

—¿Para qué, sumercé?

—Para hacerte una invitación.

—¿Qué invitación?

—¿Me aceptarías ir a tomarnos un tinto?

—No, señora, yo soy casado.

­—¿Y eso qué tiene?

—¡Noo, y nooo!

Mientras tanto, iba retrocediendo con cara de asustado. Creería que estaba loca. Y efectivamente. Se necesita este estado para ser tan atrevida.

—¿Qué quiere que le dé y me acompaña?

—Nada, yo estoy trabajando.

—¿Ni por plata?

—Noo, ¿qué es lo quiere de verdad? Déjeme trabajar.

Y seguía retrocediendo. Ahí no conseguí nada, mejor iba a donde otro compañero con cara más lanzada. Este era moreno, de bigote ralo y sin dos dientes al frente. Ahí la cosa se puso difícil. Me recibió con las garras afiladas y de una vez se puso alerta:

—¿Qué quiere?

—Invitarlo a tomarnos un traguito…

—No, señora, ¿no ve que estoy trabajando?

—Pero pida permisito…

—No, estoy muy ocupado…

—¿Por lo menos le puedo dar un besito?

Hasta ahí total frustración. Mis primeros intentos por levantarme un pollito para pasar un rato delicioso habían sido en balde. Mis encantos andaban por el piso y ni siquiera mostrando mis chequeras lograba convencerlos. Y eso que apenas comenzaba la noche. Estaba ajustando mis estrategias conquistadoras cuando el maestro de la obra, un tipo con pinta de bonachón, un cincuentón que aún aguanta, salió preocupado a averiguar las causas de la pequeña revolución de sus obreros.

Resignada le lancé el anzuelo al ojiazul descendiente de Nicolás de Federmán, a ver si paliaba de alguna manera mis pocos halagüeños comienzos. Éxito total. Cayó redondo y enseguida me estampó sonoro beso sin pedirme nada a cambio.

Con el orgullo arriba y la vanidad exacerbada inicié mi cacería por varios sitios de rumba bogotana frecuentados por los apetecidos "pollitos" o "sardinos" dispuestos a complacer los voraces apetitos de damas solitarias y con poder adquisitivo suficiente como para comprar sus caricias. Así llegué a la zona de rumba en los alrededores de la Universidad de los Andes. Era justa la ocasión, viernes, fin de semana, cinco y treinta de la tarde. Mis primeras víctimas ahí fueron cuatro estudiantes en grupo que me miraban con curiosidad. El más alto y fuerte de ellos, con pinta de rapero, puso pies en polvorosa apenas llegué: ni que estuviera participando en la Maratón de Bogotá. Los demás quedaron mudos de sorpresa: "La Negra Candela". Mala pata, ¡me reconocieron! Igual comencé a desgranar propuestas indecentes y todos me miraban con cara de incredulidad. Ninguno se quiso transar por chaqueta de cuero, una platica, ropita de marca y cositas así por el estilo. Más asustados no podían estar. De repente, una de las chicas acompañantes me soltó de sopetón: "Mira, yo soy amiga de tu hija y ella me está ayudando a ser actriz". Hasta ahí llegaron mis embates con los "hembros" del grupo, porque peligraban mis relaciones familiares. Unas cuantas palabras más de despedida y me fui a otro grupo donde me gritaban "morbosa, morbosa". Decidida, enfilé mis baterías hacia esos atrevidos para concretar a quien me había juzgado. Decepción una vez más. Cuando llegué, el uno le echaba la culpa al otro y este a aquel, y finalmente reconocieron que gritaban pero "chismosa, chismosa". Nuevamente ofrecimientos, tratos, cifras seductoras y una vez más sus caras juveniles de primíparos con gesto incrédulo y deseos de desaparecer de la faz de la tierra. Tocaba continuar y como guerrera seguí adelante. Alguien tenía que aceptar mi propuesta y le tocó el turno a un rubito de cabello largo, cuerpo enclenque y cara de unos diecisiete años, que me dijo:

—Bueno, pero, ¿qué ofrece?

—¿Ropita de marca?

—No, eso no me interesa.

—¿Una chaqueta de cuero?

—Tampoco.

"La negociación me va a salir cara", pensé. Un iPod, quizá, o de pronto un portátil, pero no, el muchachito tenía cara de audaz.

—¿Motocicleta?

—Sería un buen comienzo.

—¿Qué marca?

—¡Una bien bacana y cara!

—Harley….

—Humm, no sé. Mejor un carro.

—Lo negociamos, lo negociamos…

¿Sería que el rubito me salía al quite? De repente la bomba…

—¿Qué quiere que le haga yo?

El volumen de su voz bajaba hasta ser un susurro. Sus compañeros lo miraban expectantes…

—¿Qué ofrece

, ¿cómo

, ¿dónde? y ¿cuánto dura?

—¿Usted me va a comprar una Toyota Prado?

—¡Nooooo, que va! Esas dicen que son muy lobas, algo más cotizado, apenas como para esa carita y es cuerpito angelical.

—¿Sabe una cosa

, es que a mí me gustan las de quince años.

—No se preocupe que yo tengo tres veces quince y alguito más…

Él siguió dudando, de manera que acepté que ahí no había nada y mejor seguí derechito a la entrada de La Fila, el bar estudiantil más cotizado del sector. La cola era larga, las posibilidades aumentaban. Sacando pecho y con el corazón valiente, ingresé a enfrentarme con la jauría de adolescentes. Música a todo volumen, obviamente el infaltable reaggetón, botellas de pola en todas las mesas y guaros pasando de mano en mano. La alegría era total y el bullicio no dejaba escuchar palabra alguna. Un respetable señor me miró con indulgencia, como preguntándose ¿y esta qué hace aquí, y luego como respondiéndose: debe estar buscando a su hijo. De repente salió por la antepuerta un torbellino de enormes ojos verdes y alegría desbordante en cuerpo de mujer y a voz en cuello exclamó:

—Negra Candela, mi hijo Fernando es amiguísimo de tu hijo Sebastián. Él ha venido aquí varias veces —y me envolvió en apretado y efusivo abrazo. Por qué dudarlo si mi hijo menor es universitario y de vez en cuando habla de esos rumbeaderos y hasta me manifestó su intención de trabajar en uno de ellos como mesero. "Necesito ‘lucas‘, mamá", dijo esa vez. Así que me dejé llevar de mesa en mesa escuchando nombres, estrechando manos, recibiendo guaros y, cómo no, posando para las respectivas fotos tomadas con los celulares. Era toda una celebridad entre la gente universitaria del lugar, fieles seguidores de El lavadero los sábados por televisión. Como era imposible seguir en mi búsqueda de un acompañante para la noche que ya estaba comenzando, opté por integrarme al ambiente, bailar con ellos, chantar y dejarme dar unos piquitos —todos fraternales— y convencer a uno de estos ejemplares que por favor me colaborara dejándose tocar la nalga. No solo accedió gustoso, aunque ruborizado, y al momento otros se ofrecieron como voluntarios. Fotos y más fotos, los celulares funcionaban a toda velocidad. De repente, y ya en el mezanine, un grupo de chicas lanzadas se me acercó con un chico imberbe, rubio y de figura esbelta a quien traían a empellones en medio de ellas.

—Negra Candela, este sí se deja seducir, porque no se pierde su programa. Pregúntele y verá. Se sabe todos los chismes que usted cuenta.

A regañadientes, él aceptó que así era y de una posó para la foto. Habiendo recargado la batería con toda esa energía juvenil seguí mi periplo, porque allí tampoco lo logré. Debía afinar mi técnica o iba a pasar la noche en blanco.

Busqué entonces lugares más populares, gente más necesitada de billete. Y me fui directo a la Plaza de Bolívar. Descendiendo por la calle once, me encontré con una imponente obra del arquitecto Rogelio Salmona. Será soberbia cuando esté finalizada, pero mientras, allí se encontraban unos cuantos fortachones, atractivos y ricos mocetones de pico y pala, con el casco puesto mirándome furtivamente. Quién quita que ahí encontrara a mi buscado galán. Llamados, silbidos, palmas, todo para llamar su atención. Por el orificio en la malla asomó uno muy serio, de nariz aguileña y nada atractivo indagando por nuestras necesidades. Ahí murió la ilusión. Era el ingeniero de turno revisando las labores del día. Mejor seguir a nuestro destino.

Lo único que mostraba diferente la Plaza de Bolívar eran las carpas donde se aloja el ‘Caminante por la Paz‘, el profesor Moncayo. Saludarlo era obligación. En el recorrido lo intenté con uno de los fotógrafos de la plaza. Atentísimo: ¿quiere una foto? No, lo quiero a usted. Intento fallido. Mi fotógrafo resultó sordo y ciego "de una vista". Cuando de pronto veo aparecer, solitario, agachado, con las manos en el bolsillo a un enjuto trigueñito de unos veintiocho años. Este sí será, pensé, el que cumplirá mis fantasías. Él me convertirá en la gran conquistadora, no importa mi edad.

De una, al ataque. ¡Oye!, ¿te gustaría salir conmigo?

Cara de asombro. Respuesta alentadora.

—Claro que me gustaría salir contigo, pero ahora no tengo tiempo porque voy de afán.

—¿Y si pides permiso?

—No, no puedo. ¿No ve que soy colega suyo, Negra Candela? Dirijo un programa de televisión en Citytv. Pero en otra ocasión con muchísimo gusto.

—Bueno, compañero, que le vaya bien.

Vamos mejor a visitar al profe Moncayo. Agentes de la Policía amables, cordiales, de una nos hicieron el lobby para ingresar donde el venerable caucano y allí caímos en un colchón mojado por cuenta del agua que baja por la Plaza de Bolívar. El ‘Caminante por la Paz‘ quedó embrujado cuando me vio, no ahí precisamente sino en la televisión. Cortés, querido, simpático y ¡coqueto! Sí, ¡coqueto!

Nos atendió donde pudo en su colchón. Hablamos un buen rato y al final pico va, pico viene, y la despedida con una canción interpretada en su inseparable charango.

Vuelta a la tarea de levantar alguito para el resto de la noche. Allí estaban frente a la Catedral dos atractivos agentes del orden público. Esas serían mis próximas víctimas. Primero los observé por la retaguardia. Sí, estaban bien.

—Hola, agentes, ¿será que puedo hacerles una invitación?

—Claro —contestó el más joven, un morenazo de dientes blancos.

—¿Saldrían conmigo esta noche?

—No, ahorita no podemos porque estamos de servicio.

—¿Y si no lo estuvieran?

—¡Pues claro! —contestó el morenito—. Para lo que quiera, Negrita.

Fue en ese momento cuando apareció el soldado bachiller con sus gafas inteligentes y quien me dio la satisfacción de darle un pellizquito en su bien tonificada cola, eso sí, atacándolo a mansalva. Mi víctima enrojeció, no sé si de placer o de pura vergüenza. Había triunfado.

Pero no era suficiente. La noche joven invitaba a continuar. Nos dirigimos a uno de los más cotizados gimnasios del norte de la capital. Un viernes de rumba era de esperar que estuviera casi vacío, sin embargo ameritaba inspeccionar. Efectivamente, unos cuantos ejemplares masculinos remoloneaban ahí, mostrando sus sudorosos cuerpos y sus poderosos músculos. Mi primera víctima dócilmente se dejó hacer lo que quise. Se colgó de las barras, subió y bajó y me puso su cola en mi cara. Pasé saliva y me animé a darle unos cuantos pellizcos. Ojalá todos fueran iguales. Allí en la hilera del medio estaba el "top", un veinteañero con cuerpo de atleta y rostro de duro con su chocolatina bien marcada y sin un gramo de grasa en el resto de su anatomía. Orgulloso, se dio el gusto de rechazarme tan pronto le esbocé mi propuesta:

—No quiero que me tomen fotos y si lo hacen me pagan cien mil pesos por cada una de ellas.

Si eso era por una fotico, ¿qué tal la suma por un ratico? Definitivamente no me interesaba, porque para eso había más. Esta vez les tocó el turno a quienes estaban en las trotadoras. Todos con los audífonos de sus iPod puestos, no nos pararon ni media bola, pero la esperanza es lo último que se pierde y lo intenté otra vez con uno que no aceptó. Tampoco era un churrito como para botarle más corriente, así que lo dejé ir. Seguí al fondo y allí mis ojos quedaron hipnotizados por un bien formado derrière que se adivinaba a través de la sudadera. Este "hembro" sí que me puso atención. No me conocía, afortunadamente, pero haciendo gala de una exquisita educación comentó que saldría conmigo si tuviera tiempo, pero al otro día regresaba a Canadá, donde estudiaba, porque se encontraba en Colombia visitando a su familia mexicana (resultó ser de familia diplomática). Galante a lo mero mero, me contó que no tenía novia e ignoraba los complejos a la hora de salir con una mujer, pero que otra vez sería. Mejor dicho, me zafó de una, pero por lo menos había picado un extranjero.

Ya de retirada, estaba otro ejemplar con sus hombros repletos de pecas. El intento final y la misma pregunta con una respuesta tajante:

—No, no acepto salir con usted y tampoco tomarme una foto.

—Pero, ¿por qué?

El porqué se encontraba más adelante haciendo sus ejercicios de barras. Una matada de ojo y como por arte de magia mi pecoso aceptó posar. Pero una sola vez. Me salí con la mía y lo conquisté. Vanidad otra vez en ascenso.

Ya iba siendo hora de concluir mi cacería que, haciendo cuentas, no había estado tan mal. Adultos, menores, displicentes, avezados, antipáticos, cortantes, blancos, morenos y negros figuraban en mi agenda de la noche. Me podía dar por bien servida en esta primera experiencia como vieja verde.

Bueno, una última parada, esta vez en la zona T, para recuperar fuerzas y hacer un balance de los trofeos.

Ya para cerrar con broche de oro la agitada noche fui a Pravda, uno de los sitios preferidos para rumbear, esta vez en el cumpleaños de un tal Tino (que no es El Tino), y la idea era estamparle su beso de "congratulación" y luego marcharme y así sucedió. Abrazos, picos y más picos, fotos y más fotos no solamente de Tino, sino también de su esposa y del resto de amigos. Promesas de volvernos a ver y todo.

Ya mis pies no daban más y decidí que con eso era suficiente para constatar que conquistar a menores de edad con fines non sanctos es todo un camello y que a estas alturas de mi vida mejor encargo un muñeco inflable a mi medida y con el rostro deseado y no me desgasto en boberías, porque eso de ser viejita verde y acosar a los hombres no va conmigo.

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