El viernes 13 de marzo de 2015 —o bueno, la madrugada del sábado 14— yo estaba en plena carrera 30 de Bogotá intentando parar a gritos cualquier tipo de transporte. Eran las 3:40 de la mañana, y el grupo del que yo estaba encargada en Estéreo Picnic, Major Lazer, tenía un vuelo a las 4:10. Pero no me quiero adelantar. Horas atrás la cosa iba muy bien.

Major Lazer es una banda estadounidense de electrohouse que se formó hace ocho años, pero que solo hasta 2015 estalló. Para nosotros era clave que estuviera de regreso en el festival (había estado en 2013), pero que esta vez fuera la encargada de cerrar el escenario Caracol (la segunda tarima en orden de importancia) a la 1:30 de la mañana.

El final de la presentación estaba programado para las 2:30, pero se terminó casi a las 3:00. La banda volaba a Ecuador a las 4:10. Sin embargo, yo estaba fresca: habíamos coordinado un buen operativo de evacuación con la Policía, teníamos una van lista para arrancar pitados al aeropuerto El Dorado y habíamos hablado con la gente de la aereolínea para que Major Lazer y todo su equipo —unas diez personas en total— pudieran entrar directamente al avión sin problema.

Parece extraño que a las 3:00 de la mañana haya trancón en algún punto de Colombia, pero la salida de Estéreo Picnic es realmente caótica; el tráfico puede ser absurdo. Después de superarlos, seguimos el camino sin la ayuda de la Policía, porque todo saldría bien. Al menos eso creímos.

Todo iba según lo planeado hasta que, en la 116 con autopista Norte, sentimos un totazo el hijueputa. “No pasa nada…”, dijimos todos. Pero ya por la carrera 30, a la altura de la calle 72, el carro empezó a perder fuerza y a botar humo. Fue inevitable: se había reventado algo por debajo y no podíamos avanzar. Empecé a perder la calma.

Eran las 3:30 y todos me miraban angustiados: los gringos son obsesivos con la puntualidad, más si se trata de un vuelo, y yo era “la encargada”. Sin pensarlo dos veces, les dije a todos: “Bájense que yo los llevo”. Y ellos pusieron cara de “esta vieja está borracha”.

Me paré en plena calle a parar cualquier carro. Solo llegó un taxi blanco. Le expliqué al conductor rápidamente la situación y logré montar a Diplo, Jillionaire y Walshy Fire, los tres integrantes principales de la banda. Ahora, la cosa era más compleja: en mi intensa búsqueda de un milagrito que nos llevara a El Dorado, quedamos dos bailarinas, cuatro técnicos y yo.

Lo mejor es que el milagrito sucedió de la manera más impensada: paró una van de la Policía, y creo que lo hizo por mi estado de paranoia. Les dije que era un caso de vida o muerte, una misión secreta. Aunque no lo crean, sí fueron muy queridos y metieron como pudieron a los que cabían en la cabinilla de la patrulla.

Quedábamos tres por fuera. La única solución era que nos montaran en el platón de atrás. Los policías fueron muy claros conmigo: “Señorita, usted sabe que nosotros no podemos hacer eso”. Pero aproveché un momento en el que estaban dudando qué hacer y me subí a ese platón. “Nos llevan, así sea esposados”, les dije.

Y pasó lo imposible: nos montamos y arrancamos para el aeropuerto. En vez de una de las bandas más importantes de Estéreo Picnic, parecíamos un grupo de extraditados. Llegamos diez minutos antes de que despegara el avión y ya todos estábamos juntos. Nos reímos y hasta nos abrazamos, casi como si no nos hubiéramos visto en años.

No hubo tiempo de despedidas y solo dijeron “gracias”. Para mí fue suficiente: tenía una anécdota inolvidable con Major Lazer.

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