Pero hay una imposible de olvidar, una que estuvo a punto de matarme un viernes de abril hace siete años.
Ese día recibí una llamada de trabajo en la que me solicitaban viajar junto a un compañero a Yopal para neutralizar una serie de explosivos de alto poder que la guerrilla de las Farc había instalado muy cerca de la Escuela de formación de detectives rurales de Aguazul. El propósito de los delincuentes era obvio: querían arremeter contra las casi cien personas que se encontraban en la escuela, entre ellas ochenta jóvenes estudiantes.
Al llegar, pudimos constatar que uno de los frentes de las Farc que opera en la región había ubicado estratégicamente varios 'cilindros bomba' en torno a la escuela, todos construidos sobre plataformas de lanzamiento desde las cuales pretendían dispararlos por encima de los muros de las instalaciones.
Me puse primero a neutralizar cuidadosamente una serie de explosivos pequeños que se encontraban ocultos sobre un camino de tierra por el que transitan los campesinos del lugar (muchos de ellos niños) y una vez terminamos, nos preparamos para continuar con los 'cilindros'. Entre la maleza encontré uno muy grande, cargado con dinamita y metralla (en este caso se trataba de miles de grapas en forma de U como las que se utilizan en el campo para asegurar el alambrado a los postes de madera). Desactivé la dinamita y retiré el cilindro del cañón para luego concentrarme en la neutralización de los dos kilogramos de pólvora piroxilada, que hacían el papel de carga impulsora. Me acosté de pecho sobre el suelo y, guardando una distancia prudente al detonante, comencé a trabajar en él. El calor que hacía ese día era insoportable y la labor se volvía cada vez más difícil. Llegó un momento en el que tuve que mover la carga un par de centímetros y, al hacerlo, se produjo una fricción que sumada al calor del ambiente activó el explosivo. La bomba me estalló en la cara y antes de que pudiera cubrirme, el viento mandó el inmenso hongo de fuego producido por la explosión directamente hacia mí. Me quemé gravemente la cara, el brazo derecho y parte del pecho. Estuve veintiún días en recuperación y duré casi dos años cuidándome con cremas especiales para evitar las marcas en la piel. Hoy en día no puedo estar bajo el sol sin una gorra.
Gracias a Dios hoy me encuentro con vida y nuevamente trabajando como técnico antiexplosivos, y a pesar de haber estado tan cerca de la muerte estoy completamente orgulloso de saber que ese día pude salvar la vida de muchas personas inocentes.

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