Lo único que me animaba a encontrar mi pasaporte entre el cajón era que tal vez podría ir a una playa nudista. Durante diez horas estuve metido entre un avión de Iberia imaginándome una playa con mujeres parecidas a Penélope Cruz, desnudas y trabadas, tocándose los labios con la lengua y mirándome a los ojos para conseguir que este cuerpo latino sediento de pasión, mínimo, les echara bronceador en la espalda.
Cuando llegué a la isla balear, además de darme cuenta de que muchos rumbeaderos de Bogotá habían fusilado el nombre de las mejores discotecas ibicencas, me entristeció mucho más saber que la playa nudista más cercana estaba a 200 mil pesos en taxi de donde nos íbamos a quedar. La fiesta de MTV Europa, como todas las discotecas, estuvo repleta: divertidas alemanas, eufóricas inglesas, italianas al dente y algunas majas vestidas. Pero a ellos les fue imposible hacer un levante porque cuando decían que eran colombianos pensaban que se las estaban charlando para que les compraran droga y por esto nos arrearon más de una vez a los gorilas de seguridad.
Yo les insistía a los que viajaron conmigo que dejaran el flirteo para los principiantes y que teníamos que ir a lo fino. Después de exponerles una tesis laureada de política internacional, sociología, psicología, economía, antropología, sexología y droguería, pude convencerlos: teníamos que hacer una vaca para ir a la playa nudista.
"¿Buenas, para solicitar un servicio?".
De cinco a diez minutos después nos llegó un taxi Volskwagen Polo, último modelo. ¡Con razón la hijuemadre carrera era tan cara! Con mi pantaloneta Pierre Cafam, mi camiseta de la Copa América, que me gané comiendo perro caliente con Coca-Cola y mi tubito bicolor para echar la plata, nos fuimos muy nerviosos a marcar raya en arenas mediterráneas.
Por primera vez en mi vida vi a una mujer de 72 años en bola, tenía las nalgas como una piyama mojada. La acompañaba un harlista prostático con una serie de tatuajes que alguna vez fueron arte pero que hoy parecían un tramacazo de los que a veces se pega uno con esos camarotes metálicos de finca. La playa estaba prácticamente vacía. Los invité a caminar para ver dónde estaban mis 'penélopes cruces' pero solo vimos a la anterior pareja de jubilados, a un gordito parecido a John Candy que tenía marcada la pantaloneta en la piel y a dos mujeres como de 45 años: una tenía las tetas como un par de tostacos y la otra era igualita a la esposa de Olafo pero con pezón Gerber. Mis compañeros de trabajo guardaban silencio para no incomodarme. Me quité las chanclas como para quitarme algo de ropa. Seguimos caminando hasta el fondo, tratando de extraviarnos en aquel hermoso paisaje. Ese día aprendí que es menos vergonzoso estar empeloto frente a unos extraños que lucir como un idiota frente a los amigos de uno.

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