Entré buscándola. No fue necesario revolotear mucho en este cuarto de 6 por 6, y sin embargo revolqué papeles, abrí cajones, entré y salí del baño muchas veces. En la madrugada, cuando las soledades no se tapan con las cobijas y la casa es un nido de ecos, me senté a escribirle una de las mil cartas que nunca recibiría. Sabía que me iba a dejar por la manera como fue esquivándome la mirada después de amarla; por la manera de responderme "sí, te quiero igual"; por la manera de despedirse sin reprocharme el no haberle calentado los pies en toda la noche.
No le pediré que regrese ni la buscaré en la esquina del trabajo. Pero tampoco botaré ninguna de las cosas que dejó para atormentarme. o para acompañarme: el morral con que subimos la Sierra Nevada hasta Mamancanaca, cuando se tronchó un pie porque no andaba con botas sino con tenis a pesar de mi insistencia; el tapete que compramos en Toca, hecho con lana virgen de oveja y teñido con "babas de lengüevaca", como nos dijo la muchacha que los vendía y quien me encimó una mirada limpia de tejedora cuando le pagamos; no regalaré su colección de muñequitos de felpa que tanto me irritan y que hubiera tirado si no se hubiera ido; no botaré ni uno solo de sus cucos (una noche me acostaré con todos ellos). Tampoco oiré a Goyeneche, llorando tangos -"¿Qué le habrán hecho mis manos para dejarle en el pecho tanto dolor?"-. No leeré la Canción desesperada de Neruda: "Es la hora de partir. ¡Oh abandonado!". Pero quemaré las flores y las hojas disecadas que le fui regalando cuando cruzamos el páramo de Las Hermosas, cuando navegamos el Orinoco, cuando nos perdimos en La Macarena.
Aunque no quiera, el timbre del teléfono me golpea como un corrientazo de silla eléctrica cada vez que suena. Sé que no llamará nunca. Pero a veces me quedo rogándole al aparato que suene, que me libre del silencio con un timbrazo brutal que me paralice el corazón, aunque no sea ella. Que sea alguien -amigo o acreedor- para poder quitármela de encima un instante. Sé que nunca más volveré a oír su golpeadito insistente en la puerta como si necesitara entrar al baño y tampoco volveré a oírla hacer pipí. Por ahí solían "comenzar las cosas" como decía ella y como en efecto comenzaban de vez en cuando. Nunca quiso decirles a las cosas por su nombre. Quizás a este dolor que me da vueltas en el pecho lo llame hoy 'ejercicio', o 'prurito'. Pero aunque así lo llamara, ojalá pudiera volver a oírle ese acento vallenato que tanto cuadra con sus ojitos gachos y sus dedos delgaditos y siempre precisos. Esos deditos me hubieran quitado el dolor en el pecho. En el otro pecho, uno que no se sabe dónde queda y que es distinto al que alojó el guarapazo que una noche me dieron los sesenta años que cumplí y que el médico consideró un primer aviso. Ella no lo supo porque yo me hice el loco y le dije que era un gas pasajero. Ahora creo que lo intuyó con esa perspicacia de mujer enamorada, y que fue esa la razón que la llevo a irse. Miro la foto que le saqué en Taminango contra un cielo verde, y me doy cuenta de que se fue porque no fue capaz de aceptar que yo le dijera que el corazón me fallaba, que mis días -¿y quizás mis horas?- están contadas. No le quise decir entonces el resultado de la prueba de esfuerzo, y nunca se lo hubiera dicho. Pero ella -no sé cómo- lo supo. Me dejó, no me cabe ya duda, para evitar, que yo hubiera tenido que obligarla a dejarme antes del golpe final. Me evitó ese dolor, pero me dejó otro. Ahora los dos apuestan una carrera. Ganarán ambos, o perderán los dos. Lo sé: son el mismo.

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