Yo no he tenido mayormente cosas en esta vida. No he ambicionado mucho. Lo que sí ambicioné siempre fue un hijo varón. Y Carmen me dio uno. En la clínica del Country. Nació por cesárea. Por eso nació sin moretones. Y sonriente. "Es tamaño compacto", dijo el médico, "está sanito". Y me lo puso en los brazos. Yo lo miré. Miré sus ojos que me miraban desde una distancia incomprensible para los dos. Era muy cachetón. Y la nariz era casi nada. Y como digo me miraba con los ojos iluminados y fijos. Yo quise siempre que él llegara. Tenía la superstición de la biología y todas esas cosas. Lo de continuar la especie y esas cosas. Lo admito. Pero sobre todo quería un chino para que jugáramos fútbol. Para que dijéramos groserías y chistes horribles y nos muriéramos de la risa. Para que oliéramos el pasto recién cortado y los pinos fríos de esta ciudad y el pan caliente de los domingos. Y para que oyéramos a The Who y a Jethro Tull y el disco blanco los Beatles. Esa es la verdad. Yo quería un chino que fuera como yo. Pero chiquito. Esa es la verdad. Lo admito. Hoy. Aquí. Ahora que mi chino tiene quince años y como yo está viviendo los días más felices de la vida en el colegio. En el Gimnasio Moderno. Yo quería un 'Monito Mallarino' chiquito. Como cuando yo corría por los muros de mi calle. Cuando tenía pantalón corto y me bendecía los labios con una naranja o con una mandarina. Esa es la verdad. Se trata de la cosa narcisa simplemente. La manía narcisa de los hombres. De todos los defectos que tenemos los hombres ese es tal vez el único con el que las mujeres contemporizan. "¡Ay! -dicen-, Carlos Eduardo está embobado con ese niño". Y como ellas también aman al niño nos perdonan el narcisismo. La egolatría velada. La adoración vicaria de nosotros mismos.
Yo tuve todo eso. Ya no moriré sin haber tenido un hijo varón. Ahora él tiene quince años. Es mucho más alto que yo. Más grande. Más fuerte. No arregla su cuarto nunca. No se lava nunca el pelo. Daña los tenis y los bluyines que han costado un ojo de la cara. Porque eso es lo cool. Lo otro sería una 'ñoñada'. Una 'chavada'. Se va a fiestas y no prende el condenado celular que pagamos para poder comunicarnos con él cuando sale por la noche. Nos llaman una semana sí y otra también al colegio para darnos quejas de él porque jode mucho. En fin. Una dicha. Pero es mi chino. Y yo lo quiero. Daría mis ojos por él. Y cuando ya estoy fatigado y vencido tratando de educarlo lo oigo reírse. En su cuarto. Hablando por teléfono. Hablando por teléfono con una niña de ojos azules y voz azul como una quebrada. Y entonces recupero la fe y me vuelve el alma al cuerpo y pienso: qué buena es la vida para mí que tengo a mi chino.

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