Para comenzar, recuerde usted que con el lenguaje con el que se escribió El Quijote se consolidó la empresa de las fundaciones en América y que gracias a ese idioma, rústicos y patricios, funcionarios y prelados, damiselas y aventureros, su madre y mi padre, todos, desde el desembarco de los galeones hasta el presente, hemos expresado nuestros sentimientos e ilusiones, al punto de lograr que el verbo del Siglo de Oro aún mantenga su vigencia en nuestra Edad de Plomo.
Tan emparentados estamos con El Quijote que el propio Miguel de Cervantes pidió al rey uno de los cuatro puestos administrativos que estaban vacantes en América, entre ellos el de la Contaduría del Nuevo Reino de Granada o el de contador de galeras de Cartagena de Indias. Si el rey hubiese aceptado la petición del escritor, ¿se imagina usted qué clase de aventuras habría vivido Don Quijote, ya no en la Mancha sino en el Caribe o los Andes? Y fue tal vez para suplir la negativa real que algunos intelectuales aborígenes se erigieron en notarios al certificar que si bien Don Quijote murió en su aldea, su cadáver reposa en la plaza mayor de Popayán.
¿Cómo puede uno morirse sin comprobar de qué forma, frente a los horrores de la realidad, la literatura nos hace libres? Diversas son también las conjeturas que ese libro nos sugiere acerca de la siempre tortuosa, oscura condición humana. O si no, basta echarle una mirada al comportamiento del prójimo, por ejemplo, a la forma como los bellacos agradecen los favores recibidos. Fiel a uno de los dictados de la Andante Caballería -aliviar las penas de los cautivos-, Don Quijote se enfrenta a la ley y libera a Ginés de Pasamonte y sus hombres pero, en un gesto de bastarda reciprocidad, los bandidos roban y apedrean al hidalgo y su escudero. Así mismo, en cosas de alto gobierno, un rústico como Sancho nos dicta lecciones magistrales: cree en la impostura de los duques y administra la ínsula Barataria pero es tal su dedicación y eficacia que ni siquiera los funcionarios más curtidos y ecuánimes lo habrían hecho igual. Una vez más el libro nos demuestra que, frente a la soberbia de los poderosos, el sentido práctico de la gente llana logra humanizar incluso profesiones tan impresentables como la política.
Sin embargo, si algo nos recuerda El Quijote es que la mejor forma de comprender la realidad es hacerse el loco. Un loco que, convertido en el más feliz de los amantes, nunca ve defectos físicos ni taras morales en su amada, lo que quiere decir que sólo en la locura hay perfección. Por amor Don Quijote tiene que defender los altos ideales que su dama encarna y para ello debe ser armado Caballero. Y a falta de nobles pares que oficien como testigos, tal investidura corre por cuenta de dos putas, lo que significa que para defender la virtud primero hay que ser armado por el vicio. Y algo más: cuando en la Cueva de Montesinos el hidalgo se encuentra por fin, cara a cara, con Dulcinea, lo primero que esta le pide es un préstamo de seis reales. Ni siquiera de la mujer ficticia puede uno fiarse, y esto lo confirma la más ideal de las hembras, que no vacila en saludar a su amado con un 'sablazo' en metálico.
Nadie es totalmente loco ni totalmente cuerdo y eso lo demuestra Don Quijote cuando, al regresar a su aldea, vencido por la realidad a nombre de un amor que sólo existe en su imaginación, recobra la razón y muere. Pero antes de morir, Don Quijote repudia los libros de caballería porque sabe que en esa larga travesía de donde nunca se regresa sólo lo acompañará el libro de sus hazañas, que él mismo vio componer en las imprentas de Barcelona. Es como si siempre hubiese sospechado que gracias a la recurrente lectura de ese libro "la muerte no triunfa / de su vida con su muerte."
Por todo ello, moribundo lector, si usted no quiere deambular durante toda la eternidad dándoselas de analfabeto, todavía está a tiempo de leer El Quijote.

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