Ya va a ser 23 de abril. Ya va a ser el día del libro. Y yo he llegado a esta conclusión: que me doy cuenta de que quiero irremediablemente a una persona cuando noto que se me ha metido en la cabeza regalarle Pobby y Dingan. La pequeña novela de Ben Rice le dice a la gente que quiero, por mí, que estoy del lado de los tercos, que creo en lo invisible y entiendo a aquellos que van hasta la muerte detrás de un espejismo. El protagonista de la historia, un niño llamado Ashmol Williamson, descubre que querer a las personas que quiere es su verdadera vocación. Vive en Lightning Ridge, en Australia, en una región ocupada por minas de ópalos. Tiene siempre una lata de Mello Yello en la mano. Es una máquina de frases ingeniosas. Y si de algo le sirve atravesar las cien páginas del relato, es para reconocer que detrás de su caparazón de astuto guardián en el centeno, escondido tras su máscara de sabelotodo, hay un niño triste que no resiste ver sufrir a su hermana menor: la enfermiza Kellyanne ha perdido de vista a sus dos amigos imaginarios, a Pobby y a Dingan, el mismo día en que su padre, un minero despechado que "pasaba demasiado tiempo bajo tierra", ha sido acusado de robar en una mina ajena.

Yo no voy por ahí regalándole Pobby y Dingan a todo el mundo. Ni más faltaba. Sería lo mismo, para mí, que darle copia de las llaves de mi casa a cualquiera que me caiga más o menos bien. Creo que quien regala un libro siempre está diciéndole algo a alguien. Y esta novela, que recobra para la literatura los dilemas humanos que se ha apropiado la autoayuda, habla en voz baja del milagro que es incorporar a una persona; insinúa que solo es posible dejarla ir cuando se tiene la certeza de que está dentro de uno; y sugiere que las despedidas duelen menos cuando hemos recibido lo mismo que hemos dado. Así que regalándola puede quedar uno como un loco. Así que regalándola puede quedar uno como un desesperado a punto de leer libros de superación personal. Es decir: tal como es. O sea que lo aconsejable es entregársela a una persona para la que la sensibilidad no sea debilidad sino valentía. Yo siento que siempre he atinado.

La verdad es que se me parte el alma solo con pensar en la historia que cuenta Pobby y Dingan. Ashmol es un adolescente con todas las de la ley. Sabe que sus papás le están mintiendo. Sabe que el mundo es una farsa. Reniega. Blasfema. Maldice los detalles absurdos de la vida desde que se levanta de la cama hasta que se encierra en su habitación a descansar de tantas tonterías: "yo empezaba a preocuparme", dice en la página 23, "papá se estaba amariconando". Y pone los ojos en blanco cada vez que su hermana menor habla, bajo la mirada complaciente de todos, de sus dos amigos imaginarios: ¿por qué no crece esa niña?, ¿cuándo dejará de ser una idiota que no entiende nada de nada?, ¿en qué momento la gente de Lightning Ridge, desde sus papás hasta los viejos sentados en las puertas de las casas, se pusieron de acuerdo para saludar a Pobby y a Dingan?

"Era como para vomitar allí mismo", dice. Pero un día, cuando los dos seres invisibles se pierden en un supuesto viaje a la mina de su padre, y su padre es llevado a la cárcel por un supuesto robo, se queda sin tiempo para frases ingeniosas. No más. Ya no. Su papá, que está perdiendo el juicio en los dos sentidos, no es ningún delincuente. Su hermanita, que está perdiendo la vida a punta de no ver a Pobby o a Dingan, no es ninguna una loca. "Buenas: soy Ashmol Williamson —dice de casa en casa por el pueblo— y he venido para aclarar que papá no es un ladrón y que mi hermana está enferma porque se le han perdido sus amigos imaginarios". Así es. No es nada más. No puede ya quedarse quieto. Hace carteles que describen a los amigos de su hermana como "imaginarios, muy callados". Y los pega en las calles. Y la gente, que no sabe si odiar o amar a los Williamson, se unirá pronto a la búsqueda. Y todo será cada vez más conmovedor.

Tengo en mis manos el ejemplar que he tenido estos ocho años. Lo compré el mismo día en que un amigo me lo recomendó. Las hojas están sucias porque alguna vez se lo leí en voz alta, en los campos del colegio, a mis alumnos de literatura. Y hay una página con una esquina doblada porque el cura les dice a todos que "somos invisibles, transparentes e insignificantes y, a pesar de todo, Dios cree en nosotros". Y yo, según parece, no quiero que eso se me olvide.

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