Un nieto es un juguete maravilloso que, a diferencia de los otros juguetes, no se guarda cuando uno se aburre de usarlo, se lo llevan los papás para acostarlo en su cama. Mi nieto Julián nació el tres de agosto del año 2000, exactamente cincuenta años después del nacimiento de su abuelo, el tres de agosto de 1950. Esa afortunada coincidencia en el signo Leo me ha permitido, a diferencia de otros abuelos que no han contado con la misma fortuna zodiacal, hablar de las virtudes de mi nieto sin tener que exagerarlas ni mucho menos inventarlas. Pero, claro, no toda felicidad es completa. A diferencia de otros nietos que utilizan nombres cursis para referirse a sus abuelos, como 'papapa', 'velito' o 'toto', el mío quiso ser mucho más explícito y directo: me llama abuelo, sin contemplaciones y siempre sonoramente; cómo resuena ese 'abuelo' cuando se aparece el nieto a saludar y uno está reunido con un grupo de amigas jóvenes, después de tres horas de una fatigante partida de tenis tratando de probarles que no tiene un juego 'maduro', de abuelo, sino vital, de papá y hasta de hijo. Todos los abuelos caemos en la maldita tentación de hablar a escondidas, entre nosotros, de los nietos, los más inteligentes, los más ocurrentes, los más divertidos, los mejores de la clase y todo para llegar al mismo remanso narcisista: su mejor cualidad es que son igualitos a sus abuelos. Mi aberración ha llegado al extremo de llevar fotos de distintas edades de mi nieto en la billetera, por si acaso alguien me reta a duelo fotográfico de abuelos. La mayor utilidad, sin embargo, de los nietos es que nos permiten tener la coartada perfecta para hacer cosas que, sin un niño al lado, serían materia de asilo de viejos; como montar en carrusel comiendo paleta de mora, ir a matiné a ver Harry Potter, montar en balanza en un parque o pasar la tarde, embelesados, mirando monitos terroríficos en la televisión. Y lo peor de todo es que el abuelismo, así no se tengan nietos, es contagioso. Su primer síntoma es cuando uno ya no les pregunta a los amigos de los hijos, para ubicarlos, por el nombre de sus papás sino el de sus abuelos; yo incluso he tenido pesadillas en las que les preguntaba a los amigos de mis hijos: ¿y tú de quién eres bisnieto? La condición privilegiada de abuelos nos permite desquitarnos de los propios hijos, maleducando a los nietos para que hagan sufrir a sus papás como nos hicieron sufrir ellos a nosotros y sentir, con todas sus consecuencias, que hemos entrado a la edad sexual del lobo, aquella en que, aunque uno ande detrás de caperucita, se contenta al final con alguna abuelita que lo consuele.

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