Lo que no le pareció bien a mi papá fue que me dejaran de suplente pues había niños más afiebrados y que jugaban mejor. Sin que mi papá ni mi mamá supieran, me salí del equipo y me metí a danzas. El profesor nos enseñó muchos bailes, también a ser más elásticos y ágiles. En una entrega de notas mi papá le preguntó a la profesora cómo iba yo en fútbol y ella le contó lo de las danzas. Mi papá se alarmó mucho pero no se puso bravo pues se acordó de que me llevó dos veces a ver Billy Elliot, la película sobre un niño que quiere ser bailarín. Seguí jugando fútbol en los recreos y nunca pensé que la danza me hubiera servido tanto pues ya no era el 'tronco' de antes. Me volvieron a llamar al equipo, y en octubre del año pasado participé en el intercursos, ya no como suplente sino como mediocampista, y en un pase que me entregó Correa en el segundo tiempo, cuando íbamos perdiendo 1-0, salí corriendo, hice dos quites, amagué y le metí un gol al arquero de 2º B por debajo de las piernas. Él quedó con una rodilla en el suelo y la otra pierna estirada. Como nadie lo podía creer, ni yo mismo, no supe qué hacer, solo miré al cielo, grité durísimo y le di gracias a Dios, que es lo que hacen los futbolistas cuando meten un golazo. Luego sentí un fuerte empujón, caí al suelo y vi que mis compañeros estaban encima de mí como en la televisión. Es una alegría que se siente muy pocas veces, yo creo que solo una vez en la vida.
Ganamos 2-1 por un gol de Christian, que es un morenito duro, y nos dieron la medalla de campeones. Hoy mi papá la tiene con orgullo en su biblioteca y yo regresé a mi electiva de danzas; estoy aprendiendo tap y danza irlandesa donde uno solo mueve las piernas y deja las manos quietas, pero quedé con ganas de meter más goles. Ojalá me vuelvan a llamar al equipo.

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