Creo haberlas cumplido con prodigalidad e irresponsabilidad, pero sin orgullo: tengo una cuarteta de hijos. He dejado un montón de árboles plantados, ambiciosos samanes, y ceibas y humildes guayabos agrios, para prolongar la agonía de la vida en la Tierra. Y publiqué una veintena de libros de atosigado que no sé si deberían avergozarme. Si algo no vale la pena, de la cabeza al colofón, confiemos en la benevolencia del olvido, en la santidad de los rábanos y en la distracción de los lectores. Una cosa es segura. Persistiré escribiendo con la desfachatez del maniático. La literatura no es más que una manía. No siempre inofensiva por desgracia. Digamos con el lugar común de ciertos ancianos autocomplacientes: la vida ha sido generosa conmigo. Y sin embargo hay dos cosas con las cuales se ha ido haciendo la pendeja hasta hoy. Una. La experiencia del opio. La otra el hallazgo de la Puta Mayúscula, aunque sea sin alma.
Pero el problema de la puta es de la mujer en general. Que es inhallable. Es más fácil encontrar una buena compañera apacible, una amante perfecta que sepa convertirse en otra de hora en hora, una esposa como un pez para toda la vida en el plácido acuario de un matrimonio eterno, un caballo cabal, un amigo, el hombre de Diógenes, que La Puta. La Puta Mayúscula. La Gran Puta. La fama placentera de las geishas es admirable. La cortesana de las Mil y una noches es un tesoro. Las putas francesas del viejo cine francés y las suecas del cine sueco son los falsos arquetipos de la neurosis contemporánea. La Gran Puta es otra cosa salvaje, que supera el simple viaje de turista a los placeres de la piel. Es mística y destructiva. Es desorden. Por eso es Imposible. La Puta de veras. Que todos andamos buscando para que nos salve de la noción perversa de la inocencia que tanto daña, y nos reintegre al reino de la naturaleza, y a la realidad de la carne más allá de los buenos modales y sin los dramas del amor civil. (En cualquier caso, en el sexo, que siempre es amor aunque sea sin amor, hay que dejar descansar la cortesía y el amor).
Contadas veces asistí a los templos perfumados de los prostíbulos de la clase media, de muchachas en flor con los ojos brillantes de cocaína sintética. A los humildes galpones de aguardiente y brandy de pacotilla y colchones de rayas y ratones, con florecitas del campo ajadas antes de tiempo. Y he conocido putas independientes de la crema de la calle y de las aristocracias del proletariado. Todas me dejaron un sabor de ceniza. Y la grieta de una tristeza brutal. Nuestras putas son tristes. No solo cuando callan como ausentes. Más cuando parece que se alegran y agitan las pulseras. Y cuando bailan parecen cadáveres de vacaciones que bailan y se sienten hermosos. Todas las putas son católicas. Y van al infierno de los poetas. Se entregan con desesperación y remordimiento, sin premeditación. La Gran Puta no. Inmortal y olímpica. Las putas de vocación son raras fuera del reino de los sueños. Es una gran desgracia que la Gran Puta haya dejado de ser una posibilidad para nosotros, a causa del pecado y el castigo importados por los primeros misioneros españoles. Colón escribió. En Cariay, cuando llegué, me enviaron dos muchachas muy ataviadas. La más vieja sería de once años y la otra de siete; ambas con tanta desenvoltura que no serían más que unas putas. Traían polvos hechiceros escondidos. El último regalo pagano del Caribe al Viejo Mundo, que además no podía entenderlo: la gracia del paraíso de la Tierra. Pero aun así, la Gran Puta es otra cosa. Entre la inconsciencia y la malicia y la certeza de un destino.
Una anécdota expresa la condición de nuestras puticas, migajas de la Gran Puta partida. En un prostíbulo decadente de Medellín una me preguntó qué hacía. Escribir. Dije. Ella me dijo. Yo también sé escribir. ¿Quiere que le escriba una cosa bien bonita? Y con un bolígrafo que llevaba en la carterita de cuero de perro, con negra dificultad, la torpe mano izquierda con las uñas pintadas, quemada con una plancha, donde yo no la viera, con letras separadas, cuadradas, escribió en la palma de la otra, la azul palabra. TETA. Pero sobre todo la vida me castiga al dejarme sin la experiencia del desapego del opio. Ya que no encontré la Puta de las Putas. Ni conseguí hacerme santo. Ni casarme a derechas. Que hubiera sido otra opción.

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