Pero si debo responder la pregunta de cuál es el cuadro que uno debe haber visto en persona antes de morirse, se me vienen a la cabeza tres: Las Meninas, de Velázquez, La ronda nocturna de Rembrandt y La lechera de Vermeer, estas dos últimas en el Rijksmuseum de Amsterdam.
Esos tres cuadros son increíbles. Aunque si fuera necesario elegir solo uno, diría que Las Meninas. Es un cuadro inolvidable por la poesía, la ternura y la atmósfera que tiene.
La primera vez que lo vi tenía 19 años. En esa época iba a El Prado y me dedicaba a ser copista para observar todos los detalles de cada cuadro. Las Meninas están ahora en un salón grande, pero en ese entonces lo tenían ubicado en un recinto pequeño. Me acuerdo que al verlo sentí una emoción muy profunda porque una obra tan grande en un salón pequeño daba un efecto impresionante: al entrar al cuarto uno sentía que estaba entrando al cuadro. Era como meterse en el mismo ambiente que estaba pintado, era como entrar a la intimidad de esas adolescentes que salen ahí.
Me acuerdo que yo iba a verlo hacia las dos de la tarde, que era el momento en que toda la gente estaba almorzando, me paraba horas frente a él y me hacía esta reflexión, que también me la hice la vez que conocí a La Monalisa: "Soy la única persona del mundo que está frente a este cuadro. Puede haber muchas pensando en él, estudiándolo, viéndolo en clase, pero yo en este momento soy el único ser humano del planeta que tiene el privilegio de estar frente a él". Las Meninas es un cuadro inolvidable. Verlo fue maravilloso.

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