Pero el pibe no pareció impresionado y me dejó una referencia implacable de la globalización: “¿Y lo conocés a Cristiano Ronaldo?”. Solo unos días antes había sido testigo de un hecho que me llamó la atención. Fue en un hotel de Madrid. Yo estaba tomando un café y, en otra mesa, el presidente del Real Madrid conversaba animadamente. De pronto aparece un matrimonio con su hijo de más o menos 7 años, todos madridistas, pidiéndonos fotos. Al terminar, la madre insistía en lo afortunados que habían sido: “Qué suerte, te has sacado una foto nada menos que con el presidente”. Pero el chico puso las cosas en su sitio con una ingenua pregunta: “¿El presidente es el que lleva a Cristiano en el autobús?”. Las dos historias hablan de cosas parecidas. En el mundo hay pocos héroes como Cristiano y, en el Madrid, hasta el presidente es un actor secundario a su lado.

Cristiano representa un fútbol modelo siglo XXI. El superhéroe con condiciones futbolísticas que parecen surgidas de un laboratorio. Lo esperábamos. Desde su aspecto de androide, pasando por una gesticulación más mecánica que artística, hasta llegar a esa zancada, ese tiro y ese salto que tienen una potencia sobrenatural, todo en Ronaldo nos remite al futuro.

Existe la tentación de compararlo con Messi, pero este artículo no admite rivales porque parte de la idea de que Cristiano Ronaldo es único. ¿Que es egoísta? No conozco a ningún goleador que no lo sea. ¿Que es vanidoso? Como todos los que desafían a un público. ¿Que es desafiante? Siempre en defensa propia porque es atacado de un modo ruin. ¿Que es ambicioso? Por supuesto, pero desde una profesionalidad que, como veremos, solo se conforma con la perfección.

Tenemos dos posibilidades: analizar a Cristiano desde lo aparente o hacerlo desde lo sustancial. Lo aparente es el peinado, la exhibición de músculo, alguna declaración poco protocolaria, el Ferrari, la novia y todas las exhibiciones que nos llevan a percibirlo como un exitoso químicamente puro según los parámetros de estos tiempos. Lo sustancial es que duerme como un niño, que come como un bailarín, que entrena como un marine y que piensa como un campeón… Los que se quedan con lo aparente encontrarán motivos para odiarlo, los que miran lo sustancial no pueden más que admirarlo. Porque aquí llegamos a un punto crítico del análisis: Cristiano no nació crack, se hizo crack. Es fruto del sacrificio, porque de lo contrario no habría abandonado a su familia a los 13 años ni a su país a los 17 para perseguir un sueño. Es fruto del esfuerzo y para comprobarlo basta con mirar el cuerpo que fabricó aquel adolescente esmirriado. Es hijo de la ambición bien entendida, enfocada a la excelencia, a la mejora continua, a la persecución del gran reto. No se llega a ese nivel sin partir de una ventaja natural, pero Cristiano es la demostración de que el talento es solo un buen punto de partida. El extraordinario recorrido entre sus condiciones de cuna y la versión desatada que hemos visto este año se llama mérito. Y aún no ha acabado. Porque Ronaldo cada día que pasa es mejor. Cuando no le renuevan el contrato y cuando se lo renuevan; cuando gana el Balón de Oro y cuando lo pierde; cuando lo elogian y cuando lo atacan; cuando el equipo gana y cuando pierde… Pase lo que pase, su respuesta es la profesionalidad y su refugio, la superación.

La exuberancia física de Cristiano provoca dos fenómenos poco comunes: cuando entra en contacto con la pelota, la cancha parece pequeña y, a medida que avanza el partido, los 90 minutos parecen pocos. Para demostrar la primera percepción, acompañémoslo en un contragolpe. El rival tira un córner que es rechazado por un defensa, la pelota le llega a Ronaldo al borde del área grande. De su propia área grande. La sensación parece desproporcionada, pero ya hay peligro de gol. Porque en una cancha de fútbol la distancia más corta entre dos puntos es aquella entre la que está Cristiano y la portería contraria. Empieza la jugada, la intermedia y la termina en pocos segundos y sin mucha compañía. Son 80 metros de carrera incontenible y aquello que percibimos que podía ser gol efectivamente se convierte en gol. Estoy activando el recuerdo, no la imaginación. Demostrada su singular relación con el espacio, analicemos ahora su ventajosa conexión con el tiempo. Dijo Juanito en una gloriosa ocasión y con un italiano aproximado que “90 minitos en el Bernabéu son molto longos”. Si juega Ronaldo, más longos aún porque, cuando el cansancio empieza a pesar sobre las piernas de los defensores, Cristiano se muestra fresco como una lechuga y les pasa por encima a todos. Prueba: la cantidad desproporcionada de goles que marca en los últimos minutos. Me falta un último desafío físico que pone de acuerdo el tiempo y el espacio. Ocurre en el aire. Cuando un centro viene altísimo buscando una cabeza amiga, Ronaldo llegará volando y, convirtiendo a los defensas en espectadores de un salto portentoso, cabeceará con el martillo que esconde en la frente. Gol, gol, gol… Más goles que partidos, más goles que nadie en la historia del Madrid (teniendo en cuenta los años que lleva en el club), más goles que nunca la última temporada. Cualquiera que sea.

Pero su evolución no solo incumbe al cuerpo sino también a la técnica. Me he cansado de ver jugadores que intentan solucionar sus problemas futbolísticos en un gimnasio y terminan convirtiéndose en grandes atletas que juegan al fútbol… como atletas. Cristiano ama la pelota y le dedica horas a la difícil labor de entenderse con ella. La maneja a su antojo con cualquier parte del cuerpo exhibiendo su dominio con gracia, atrevimiento y eficacia en controles y pases; eliminando adversarios porque les gana la carrera o porque los burla con habilidad; convirtiendo en indescifrables sus tiros con balones detenidos o en movimiento; cabeceando, como quedó dicho, encontrándose con el balón en el punto más alto y asintiéndole con la frente para ponerla entre los tres palos. Como todos los grandes de la historia del fútbol, es capaz de poner de acuerdo la precisión con la máxima velocidad.

Mientras sus detractores siguen mirando lo insignificante, Cristiano aprovecha para progresar también en sus comportamientos. Hubo un tiempo en que daba la impresión de que el partido le pertenecía solo a él. Daba los pases como con desgana, como si resolver las cuestiones futbolísticas de forma colectiva fuera una humillación. Con el tiempo también fue capaz de trabajar esta debilidad que le llevaba a convertirse en una especie de genial cuerpo extraño dentro de un equipo. Hoy es una parte del todo. Para ser justos: es el mejor de todos. Aquel individualismo también se traducía en gestos duros, a veces desafiantes, que lo alejaban del público. Pero el hombre que decidió aprender todos los días algo nuevo hace tiempo que logró una conexión emocional con la hinchada que dobla su poder de intimidación.

Por mucho que sus críticos pretendan iluminar sus aparentes defectos, deberían rendirse ante el tamaño del ejemplo. En los programas deportivos que en España se emiten a última hora de la noche, suele ser común que algún periodista con aire de predicador desmerezca a Cristiano por un gesto, por una declaración, por una actitud… Muy probablemente Ronaldo no lo esté escuchando. A esa hora estará durmiendo porque no le alcanza el día para seguir progresando en lo físico, en lo técnico y en lo moral. Aunque parezca mentira, la mayor virtud de este héroe planetario sigue siendo invisible. O porque sus detractores solo miran a través de sus prejuicios o porque sus admiradores están distraídos cantando uno de sus goles.

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