Daniela se sienta, se quita sin dificultad sus baletas y sube los pies desnudos sobre la silla del restaurante, en posición de algún tipo de yoga. Cuando pide, tiene esta forma curiosa de enarbolar la mano que hace que los meseros corran. No los mira, hay una experticia no dicha en el acto. Pide sin abrir la carta. Lo suyo es saberse los menús, haber estado en todos los restaurantes. (Guía para ganarse a una mujer)

Yo, por supuesto, no voy a pedir entrada. Mi mente suma 30’ de la entrada; 45’ del plato o bandeja, como yo lo llamo; copa de vino, otros 25’; postre, me bajo de una suma similar a la de la entrada (los millennials odian los ceros, escriben en lugar de 50.000, 50’… la plata no es nada, su sed es todo). Hago una adaptación silenciosa de la canción de Barney, el dinosaurio LGBTI que aprendimos a odiar durante la infancia de mi hija: un-dos, entrada veloz; tres-cuatro, me agacho y la pago; cinco-seis, la pago otra vez; siete ocho, me muerdo el bizcocho; nueve diez, marrano otra vez.

Ella: ¿no pedir entrada? ¿Pero por qué no? Me ha dicho, cuando empieza a pedir: “La plata es para vivirla, no sufras”. Por qué no, el Guasón en Batman: el caballero de la noche (The Dark Night) quemó una pira de billetes y esto lo hizo el hombre más libre de Ciudad Gótica. Hubiera podido ir a un par de restaurantes con Daniela y su dinero se hubiera consumido a mayor velocidad. Podría yo ir al banco, quizá, a retirar los 400.000 (perdón, 400’) que me quedan y hacer una pira que ardería en unos 15 segundos a ver cuánta libertad me da. (Consejos para levantar al estilo del Tino Asprilla)

De vuelta a Daniela. Las entradas tienen nombres pretensiosos pero apelativos, como su maquillaje: “atardecer durazno”, “coco vital”. Estamos en un sitio peruano, las entradas son “montaditas”, “tiraditas”. La chicha es morada —es más bien rosada, uno pide un coctel y lo pasan a un cuartico de atrás en donde en el siglo XIX había putas que le chupaban el pito al cliente por menos que un postre en el peruano—. Daniela no se tomaría una chicha morada en el barrio Las Nieves. Si a ello vamos, tampoco en Cuzco. Solo en el Parque de la 93. Es increíble cómo los colombianos creemos que la pizza es más real en Jeno’s que en Italia; la hamburguesa de El Corral, mejor que la tradicional de Five Guys, en Washington, y la comida peruana, más real entre las carreras 15 y 11 de Bogotá que en las alturas de los Andes.

Qué lindos platitos tiene el menú. El mesero nos explica que se trata de recetas campesinas. “¿Los pobres moradores de Machu Picchu pagaban 45’ por un almuerzo?”, pregunto. Daniela me recuerda que estoy muy apegado a mis prejuicios, lo dice metiéndose a la boca un langostino del tamaño de un extinguidor. No solo pagaremos todo esto, yo y mis prejuicios, sino que hay una suerte de regaño terapéutico que viene con la experiencia.

Hasta ahora estoy en el pan: “Qué delicia de pan —digo—, está hecho casi por completo de quinua… mira, mira, ¡le picaron la caja en la que venía para darle más fibra! ¡Saludable, amigable con el ambiente y lleno de sabores emocionantes!”. Para Daniela todo es natural; no me responde, ¿acaso puede ser de otra manera? Esto es el punto neutro, la línea cero. La comida para ella es como una limpieza exfoliante, pulpa para una mascarilla cerebral. Por ello vuelve todo una papilla. Su dedo pulgar sabe macerar cosas, lo cual le da un aire más natural cuando termina por chuparlo. Todo se convierte en una pasta fresca y limpiadora para su cuerpo complejo, desde el cual el universo toma un primer impulso.

Llega el plato fuerte… es una torre de criaturas del mar, amorfas, adornadas con crispetas que no totearon. Durante su deglución sobran porciones enteras. Pienso en todo lo que podría hacer con esos pedazos y un poco de arroz en la casa; para Daniela, las porciones son “apenas”. Claro, en toda metafísica hay una extraña armonía preestablecida entre mis capacidades y lo que el mundo me da. Daniela empuja los sobrantes a un lado casi al tiempo que llega un mesero a llevárselos.

Ella es el summum bonum del restaurante; gente que no mira precios, come solo el núcleo. Con ella cobran pleno sentido los palmitos en los cuales se tumba un árbol entero para terminar con un esqueje que amarga el olor de la orina. Así es que estamos en esto: Daniela con sus dedos quita capas y se come lo mejor, yo pido más pan. Es altamente selectiva. Me pregunto cómo puede haberse fijado en mí, que estoy compuesto básicamente por capas de empanada. Pero en todo esto hay dialécticas que escapan a mi comprensión.

Al fin sucede. Su cuerpo está limpio, por sus chacras fluye toda esta energía maravillosa y a Daniela le ha dado sueño. El sueño es natural, orgánico. Es hora de que yo, muerto de hambre, me retire a pedir la cuenta. Durante la conquista de Perú, Francisco Pizarro pidió llenar un cuarto con oro por el rescate de Atahualpa, el emperador de los incas. Ahora sus descendientes pretenden recuperarlo completo con cada blanco. Ahí estoy yo entonces, frente a los sucesores del inca que con una sonrisa me devuelven una parte de la boleta por el oro que el malhadado español demandó.

Hay un cuento fascinante de Woody Allen. Un mago se ha inventado una máquina para introducirse en libros. Es precaria; el sujeto se mete en una caja, alguien lanza el libro, y pufff... la persona aparece en él. Con el artefacto, Allen se pasea por la literatura clásica cambiando desenlaces. Los críticos se preguntan quién será este judío calvo que no habían visto antes en el libro, pero se contentan con saber que la literatura siempre nos sorprende. Al final, antes de que Allen termine atrapado en una gramática del español perseguido por un verbo irregular, se mete en Madame Bovary. ¡Qué maravilla, los sueños hechos realidad! ¿Quién no quiere curar de amor a la Bovary? La vida al comienzo es idílica; ella da rienda suelta a toda la pasión que no puede vivir con el aburrido médico que desposó. Pero pronto el sueño deviene pesadilla; Allen no puede mantenerse al día con las facturas de champaña Dom Pérignon, caviar y restaurantes costosos, así es que intenta regresarla a la novela, pero la máquina se ha atrofiado. La moraleja es sabia: la mujer soñada, una vez nos corresponde, es inzafable. Daniela tampoco tenía retorno. Y también me estaba arruinando.

Vivimos tiempos en los que los chefs tienen identidades y firmas. Cocineros imberbes manipulan carnes y arroces a su antojo y luego firman. Hay algo en un chef calvo que me causa desconfianza: ¿en dónde habrá perdido el pelo, y por qué? Sin duda, estas personas son artistas que al igual que Van Gogh con su oreja han decidido automutilarse a causa de su arte, parte de su entrega incondicional. Daniela, menor que yo varios años, vive el mundo a través de los chefs calvos; de todos esos maravillosos colores y olores fusionándose para formar un festival para los sentidos.

Dios, los programas de cocina formaron a una generación de personas que básicamente son un Anthony Bourdain que no viaja. Curiosamente, los realities no hicieron que nadie se interesara por la realidad. Los programas de cocina nos enseñaron que cualquiera puede cocinar, como enseña Ratatouille, incluso una rata. Es parte de un sentir más grande, de experimentarlo todo sin asumir el costo de nada, poniendo en la mesa un mundo costosísimo para personas que son niños echados a perder por ellos mismos. Decía el escritor inglés Alain de Botton que cuando vemos un tipo en un restaurante pedir un vino de 500 dólares, no estamos ante un personaje exquisito, sino ante uno que está necesitado de amor. Los restaurantes saben que es una boleta de rescate emocional que se le cobra al mismo secuestrado porque hay algo en la gente de la generación de Daniela que hace que se amen a sí mismos como si fueran sus propios hijos.

El lector podrá suponer que era preciso plantearle todo esto. Algunos días después, luego de un almuerzo de paella en el cual se pidieron dos jarras de sangría de jerez, reuní las fuerzas para sugerirle compartir la cuenta. Daniela, claro, lo toma a mal. Esto rompe la espontaneidad; ya no se trata de un momento si nos toca pagar a los dos. No hay limpieza interior, todo lo había yo contaminado con la sucia conciencia del dinero. Los hombres con los que ha salido antes, me confiesa, han pagado; simplemente no tiene la costumbre. Es feo; el dinero es sucio. Lo acepto, pero me surgen mil dudas: ¿qué aflicción la atacará cuando recibe su jugoso cheque de la oficina de abogados? ¿Cómo diablos empata esto con su “igualitarismo”? Me pide que no volvamos a hablar del asunto, a lo cual accedo luego de unas disculpas. Todo esto la pone mal, inquieta. Maldito insensible, qué mezquindad.

Luego de tamaña imprudencia, Daniela tomó la costumbre de preguntarme irónicamente, en cualquier lugar al que llegábamos, si no podría encontrar en el sector unos de mis corrientazos de 10’. ¿Qué le puedo responder? Probablemente sí. Solo que la entrada allá se llama “principio”, uno puede escoger entre fríjol o garbanzo, la sopa es de cebada perlada… todo transmutable por un huevo. No hará falta advertir que la dichosa relación apenas sobrevivió la flama que devoró los 400’.

Una cosa sí saqué en claro: para que no se venga abajo el sueño, para que la comida sea reparadora, asumo mi rol de pagador único de régimen simplificado. Y es que los momentos vividos fueron increíbles, pusieron el mundo a mis pies. Pero para todo los demás, para lo que tiene la magia devastadora de la existencia diaria de pareja, existe el arrocito con huevo… y la división por dos.

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