Cuando me separé hace dos años, con una hija de 5, lo más obvio, me pareció, era salir con mujeres que compartieran mi condición: separadas con hijos. La idea no me molestaba; las mujeres de mi edad sin hijos que conocía andaban por los caminos más aburridos de privaciones autoimpuestas: unas no solo no comían carne, no comían nada que proyectara sombra. Otras se dedicaban a “latonearse” el cuerpo a punta de cirugías o yogas hirvientes.

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Otras simplemente se habían transmutado en una versión contemporánea y autoconsciente de la solterona clásica, cuyo mayor placer es gastar dinero en calzado de colores. Pero la mujer separada con hijos conoce la verdadera desgracia que cura el padecimiento autocreado, pensaba. En ella confluyen al menos tres mitos masculinos que la hacen deseabilísima y que yo quería poner a prueba. La mujer separada con hijos sufre de:

Privación sexual crónica, lo cual la tiene permanentemente al borde de una erupción de lascivia.

Nada en deseos de venganza contra el exmarido, que ahora tiene una vida propia.

Baja autoestima... tierra fértil incluso para el más ramplón de los halagos.

Solo otras mujeres piensan que a los hombres no les gustan las mujeres con hijos. Es una presa deliciosamente fácil —se cree— el sueño de un predador en decadencia. Que lo digan las mujeres con niños… si no han sido asediadas por sus ‘amigos’ apenas revelan su condición de separada. Si el lector cree que es ajena a los sueños del adolescente, le recomiendo la novela del húngaro Stephen Vizinczey, En brazos de la mujer madura, sus memorias de los 16 años cuando por cuenta propia “consoló” a la mitad de las europeas separadas o viudas que había dejado la Segunda Guerra Mundial, muchas de las cuales tenían hijos de su edad.

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Pero claro que nada es tan fácil, porque si bien los mitos demostraron no ser totalmente falsos, yo no sabía que para caer en brazos de la mujer madura primero debía cargar a sus hijos en los míos. Una de las cosas más azarosas de salir con una mujer separada y con hijos es que estamos sometidos al poder de menores de edad que no son nada nuestro. En la naturaleza, cuando un león se toma un harén, lo primero que hace es eliminar las crías del macho anterior, y las hembras de inmediato entran en celo. Existen leyes que prohíben hacer esto entre los humanos, así es que hay que estar dispuesto a que el cachorro de otro nos ruña el trasero mientras nosotros lo cogemos a besos. Considérese las riñas de pareja: ya no son cosa de dos. Luego de la pelea, cuando uno vuelve arrepentido, por un poco de ‘make up sex’, no solo ella está ofendida, el niño también. Como un desencantado Mini-mí, está de brazos cruzados en el sofá.

—Te demoraste en darte cuenta de tu error —dice ella.


Mini-mí señala la muñeca como llevando registro de la hora. Al fin, cuando ella nos da el abrazo de reconciliación, a sus espaldas, Mini-mí nos mira directo a los ojos y hace esa cosa con los dos dedos, de sus ojos a los nuestros, que quiere decir “te estoy vigilando, pedazo de basura”. Él no es un clon de ella, sino del mismísimo doctor Malito, el exmarido que aparece en esa foto que ella tiene en la mesa de noche y que nos mira directamente a la cara mientras hacemos el amor; esa cara, esa misma es la que tiene Mini-mí. Algunos hijos —ahora lo entiendo— son hologramas de sus padres diseñados por la evolución para que su madre no se vuelva a reproducir. En cierta forma comprendo a Mini-mí, uno le está haciendo a su mamá lo que Vizinczey le hizo a Europa.

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Todo intento de retorcerle el pellejo a Mini-mí cuando ella va al baño solo termina en una serie de alarmas que nos arrojarán al punto número uno, el de pedir perdón. De hecho, el hombre separado que sale con una mujer con hijos debe pedirle perdón a toda la sociedad. Ante los suegros, que ya se habían acostumbrado al doctor Malito, debe explicar por qué su hija de 40 años ha vuelto a llorar como una adolescente; ante la exesposa debe explicar por qué es tan egoísta como para seguir con su vida, y ante los hijos propios debe explicar por qué diablos quiere conseguirles otra mamá. Cuando le presenté mi hija a mi pareja, salió corriendo y llorando. Normal… El problema es que no hablo de la niña. Bueno, a raíz de todo ella también lloró. Yo lloré… por un balcón, arrullando a mi hija, le rogaba que regresara… y que me dejara besar a Mini-mí.


Claro que con el tiempo las cosas se fueron normalizando. Entre Mini-mí y yo se desarrolló una extraña complicidad; al fin y al cabo, los dos intentábamos agradar a su madre fingiendo que comenzamos a simpatizarnos. A punta de fingir, ya no fingíamos. En cuanto a mi hija y a mi pareja, bueno, los pasos son más lentos; eso de compartir los afectos de un solo hombre… no parece dárseles con naturalidad.

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