Mi papá solía decirnos que al que no quiere caldo se le dan dos tazas. Cuando era niño, imaginaba esa cuestión en un sentido literal, y con el correr del tiempo fui entendiendo que se aplica en todos los ámbitos de la vida. Cuando uno odia algo, ese algo se va a presentar muchas veces hasta que uno lo enfrente realmente. Todos tenemos fobias a muchas cosas: las alturas, a estar encerrados, a alguna comida, en fin. En mi caso particular, las gallinas, la remolacha y en especial, las dinámicas grupales, me generan una animadversión impresionante. Estas últimas me desconciertan y por más que intento no he logrado superarlas.


No sé en qué momento de la historia, en el mundo corporativo, resultó imprescindible que las empresas organizaran dinámicas grupales para promover el trabajo en equipo, la fraternidad, el liderazgo y cualquier cantidad de temas que terminan justificándolas. En todo caso, gústeme o no, a lo largo de mi vida laboral he tenido que convivir frecuentemente con este tipo de prácticas. Con el paso de los años y el auge de los procesos de coaching me he visto inmerso en situaciones inverosímiles que espero compartir con ustedes.

Un día cualquiera, recibí un correo con un listado de hombres y mujeres que tendría el privilegio de participar en un proceso de coaching para fortalecernos como líderes. Cuando vi mi nombre en la lista tuve un mal presentimiento. Nos explicaban que se había contratado a una firma especializada que contaba con un equipo de expertos terapeutas que liderarían todo el proceso. Sin profundizar en el tema, debimos firmar un documento en el que nos comprometíamos a permanecer durante todo el proceso so pena de tener que pagar como penalidad una considerable suma de dinero.

Tiempo después, nos informaron que nos llevarían a una finca en un frío municipio, durante tres semanas alternadas. Sin recibir información de lo que nos esperaba, unos treinta compañeros de trabajo nos vimos metidos en un bus alquilado rumbo al sitio acordado. En el trayecto recordé el día en que me fui a prestar servicio militar obligatorio. Iba en un bus igual sintiendo la misma incertidumbre, con un gran vacío en el estómago. Al llegar al lugar donde reinaba un frío penetrante, cuatro terapeutas neohippies nos recibieron con miradas maliciosas. Nos invitaron a pasar a una especie de cabaña, donde había un gran salón alfombrado con cojines por todas partes, un penetrante olor a incienso, una chimenea, extraños instrumentos musicales que me parecieron orientales y decorados budistas en las paredes. Momentos después, nos pidieron quitarnos los zapatos y sentarnos en un gran círculo. 

Al poco tiempo y tal y como me lo imaginaba, empezaron las dinámicas. Cuando me percaté que cada uno de los terapeutas tomaba un instrumento musical, mi corazón se aceleró presagiando lo peor. Al ritmo de un tambor, una especie de conga y una rara pandereta nos decían: “Vamos a tener cuerpo y mente presente, muévanse por el espacio con los ojos cerrados y suéltense, movimiento inconsciente, relájense”. Mis compañeros y yo deambulábamos como zombies por el salón, mientras nos pedían caminar al ritmo que ellos proponían. La música era algo parecido a la banda sonora de Shaka Zulu. La gente empezó a moverse y comportarse como si realmente estuvieran en una tribu milenaria. Me sentía en la cámara escondida del programa “También caerás” pero nunca salió nadie a informar que era un montaje. Lamentablemente todo era real.

Así empezó el proceso de coaching y a medida que transcurrían las horas y los días las cosas fueron empeorando. Nos explicaron que para ser buenos líderes debíamos partir por ser buenas personas, luego el proceso se iba a centrar en arreglar nuestras maltrechas existencias. Inicialmente cada uno tuvo que explicar su árbol genealógico, relatar su historia personal y describir minuciosamente su vida íntima ante el resto del grupo. Hábilmente, los terapeutas se encargaron de llevar a las personas a que relataran sus situaciones más dramáticas, empeñándose en llegar a las mismísimas entrañas de las cosas, para que la gente terminara hecha un mar de lágrimas. Sentado en un gran círculo, empecé a escuchar cómo uno a uno, mis compañeros de trabajo empezaban a soltar información muy personal y confidencial. Salieron a la luz casos propios de abortos, violaciones, maltrato infantil e intrafamiliar, ante la mirada atónita del grupo. Incluso, una desparpajada compañera confesó ser desenfrenadamente “arrecha”. No sé si en estos procesos sea absolutamente necesario que uno tenga que conocer el detalle de la vida íntima de sus colegas. En todo caso, ahora había demasiada información en mi cabeza y en la de todos los presentes. 

Después de haber escuchado un mar de confesiones de todo tipo, teníamos unos cortos breaks, donde aprovechábamos para ir al baño, tomar un café y respirar profundamente. Eran instantes muy valiosos. Soñaba con escaparme de ahí. En pocos minutos, una campana repicando nos indicaba el retorno al salón donde los motivadísimos terapeutas nos esperaban con nuevas dinámicas.

Para generar un ambiente de complicidad, por parejas nos hacían sentar con las piernas cruzadas, juntando rodillas con rodillas, uno frente al otro siguiendo atentamente las instrucciones de los terapeutas. En completo silencio, debíamos contemplar a la otra persona, partiendo de sus genitales y lentamente ir subiendo la mirada hacia el ombligo, el pecho, la boca, terminando en los ojos, mirando detenidamente cada punto por eternidades. Me vi obligado a masajear a muchos de mis compañeros desde la punta del pelo hasta los pies sin pudor alguno. Bailé una especie de mapalé oriental al ritmo de los tambores. Nos pedían seleccionar un animal y actuar como él durante lapsos interminables. De repente, estaba entre furiosos leones, elefantes de dos patas, serpientes que se arrastraban por el suelo con gran naturalidad y hasta gallinas que picoteaban maíces imaginarios en la alfombra. Para pasar desapercibido escogí ser un ave y me quedé empollando en un rincón. No podía estar pasándome eso a mí.

Cuando todos terminamos de contar nuestras historias personales, nos pidieron escribir en carteleras individuales, un listado de adjetivos negativos que describieran a nuestros padres. No se valía demorarse, las palabras debían surgir rápidamente, todo lo que uno pensara. Debíamos escribir con nuestra mano menos hábil, de manera que nuestros hemisferios cerebrales trabajaran mejor y salieran las cosas fluidamente. En este ejercicio, obviamente no podían faltar el tambor, la conga y la pandereta. Envalentonados por los terapeutas que animaban como recreacionistas y nos invitaban a despotricar de nuestros progenitores, terminamos por completar amplios listados con términos como “cuchibarbie”, “Peter Pan”, “tacaño”, ”pedorro”, “viejo verde” en fin, todos adjetivos bien descalificadores, no se valía nada bueno.
Una vez llena la cartelera, pusieron un canto tribal a todo volumen y una terapeuta saltó al centro del salón donde empezó a moverse frenéticamente, dándose golpes en el pecho como un gorila y sacando sonidos similares a los de Regan MacNeil, la niña del Exorcista. Paralelamente nos pidió hacer lo mismo: saltar en nuestro puesto, darnos puños en el pecho y hacer ruidos de poseso. Mientras esto ocurría, pidieron pasar al centro del lugar a mis colegas que habían compartido las situaciones personales más complejas, llamándolas por sus propios nombres, a las cuales pedían gritar y sacar todo lo que tuvieran dentro, mientras el resto continuábamos actuando como una horda de salvajes. La gritería se apoderó del lugar. Tuve ganas de salir porque no soportaba más locura. Inmediatamente, uno de los terapeutas se dio cuenta y me dijo gritándome: “¿así es que te escapas de los problemas en tu vida diaria?” y se atravesó en mi camino a la puerta, cruzando los brazos retadoramente. Con el rabo entre las piernas, regresé a mi puesto a seguir pegándome en el pecho y continuar con los ruidos guturales de metalero en la Media Torta.

Después de esto, sentí estar muerto en vida. Estaba agotado. Trataba de pensar en algo grato: mi casa, mi esposa, el fútbol, unos buenos aguardientes con los amigos, para evadirme mentalmente de la situación. Mientras estaba fantaseando, empecé a ver movimientos extraños cerca de la puerta. De repente, entraron al salón varios asistentes a entregarnos a cada persona un pesado costal lleno de piedras y escombros, los cuáles debimos echarnos inmediatamente al hombro. Uno de los terapeutas nos explicó que los costales representaban a nuestros padres. Seguidamente, con actitud de sargento empezó a gritar indicando que abandonáramos el salón en fila india. En instantes, estábamos bajando despavoridos por una colina, persiguiendo a otro aguerrido terapeuta, que también gritaba como si estuviera poseído. Cada cien metros debíamos agarrar el costal y golpearlo con rabia contra el suelo. Aquel día llovió a cántaros. Llegamos de barro hasta las orejas después de pasear el costal por media finca. Terminamos con la espalda hecha pedazos. El hastío era evidente y arreciaban las voces de dolor y agotamiento. Si esto no fuera suficiente, los terapeutas nos gritaban: “flojos”, “esto no ha terminado” y que aquí no había lugar para el descanso. Inmediatamente, nos entregaron un palo a cada uno, con el cuál debíamos coger a golpes el costal hasta romperlo. Se supone que de esta manera, cerrábamos un proceso llamado “reparentalizacion”. De esta manera, habíamos arreglado nuestra historia personal y familiar. Ahora seríamos mejores personas y por ende, líderes ejemplares. Las jornadas eran extenuantes, iniciaban a las 7 de la mañana y nunca se terminaban antes de medianoche. Compartíamos cuarto entre cinco y seis personas. A pesar del agotamiento, con los ronquidos y el vaho comunal poco se podía conciliar el sueño.

Después de lo ocurrido con los palos y los costales, el taller dio un sorpresivo giro en torno al “amor”. Ahora el mandato era que debíamos ser líderes amorosos. No podía creer que esto me estuviera pasando a mí. Como si no hubiera bastado todo lo que ya me había tocado. “Al que no quiere caldo se le dan dos tazas”, la voz de mi papá retumbaba en mis oídos. De nuevo los tambores y las malditas dinámicas. Creyendo que ya no podría haber nada peor, resulté participando en un ejercicio donde se implementa una terapia llamada “constelaciones”. Una persona resuelve sus problemas más íntimos con una representación real de la situación, donde otros asumen los roles actorales que la persona determina. Es una obra de teatro tal cual. Qué jornadas aquellas. Me horrorizaba salir a dármelas de Al Pacino, cuando soy negado para eso, pero lamentablemente me tocó. 

Nos dividieron por tríos: una persona debía asumir el rol de papá, otro la mamá y otro el futuro hijo o hija. Con instrucciones del terapeuta, debíamos representar el enamoramiento de los padres, la procreación y un parto amoroso. De esta manera, todos entenderíamos que fuimos frutos del amor. Siguiendo las indicaciones, las parejas a mí alrededor se empezaron a cortejar tímidamente. La supuesta relación gradualmente se iba haciendo más fuerte, terminando en suculentos apareamientos simulados ante los ojos poco convencidos de sus futuros bebés. Muy avergonzado terminé haciendo mi parte con una compañera, mientras nuestro futuro bebé nos observaba y aguantaba la risa. El salón se había convertido en un gran motel. La escena era perturbadora. Parecía extraída de la película Calígula de Tinto Brass. Dondequiera que uno mirara, habían bluejeneadas, caricias simuladas y luego del éxtasis colectivo, se suponía que cada pareja había concebido un bebé. Con la orientación de los terapeutas, el que representaba al bebé se ubicaba entre las piernas de la mamá que previamente se había puesto en “cuatro”. El orgulloso papá debía recibir al niño. Muy encartado y con un fingido gesto de alegría, recibí a mi barbudo párvulo. Luego, papá y mamá debíamos consentirlo por un buen rato mientras de fondo se oía música tibetana. Después de los nacimientos siguieron más danzas, rituales, trencitos, teatro y hasta un temazcal (sauna Maya que no recomiendo a claustrofóbicos y asquientos). En mi interior, no dejaba de preguntarme por qué me había prestado para esto. Todavía me lo recrimino. Suficiente para enloquecer al más cuerdo. 

Al día de hoy, no sé si soy mejor persona y si realmente represento a un líder. Lo cierto, es que siento el deber moral de aconsejar a los lectores que se cuiden, estén alerta, no vaya y sea que terminen participando en éstas locuras colectivas.


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