Le tengo pavor a cualquier actividad lúdica que involucre zanqueros.

Le tengo pavor a subirme a un taxi donde suene Candela y me toque pasar 20 minutos escuchando las excelentes canciones de la emisora "pisadas" cada 30 segundos por un pregrabado donde Vinasco grita con júbilo comercial "¡Candeeeela!".

Le tengo pavor a la gente que timbra los sábados y me dice, folleto en mano, que me tiene un mensaje de esperanza y amor, y que me lo manda Jehová.

Le tengo pavor a todo intento colombiano de batir un récord mundial alimenticio: la arepa más grande, la carimañola más grande, el bocadillo más grande, el manjar blanco más grande, el bollo de yuca más grande…

Le tengo pavor a la gente que asiste a esos récords para, al final, probar la comida.

Les tengo pavor a las cuñas radiales de productos naturistas para defecar mejor, despachar las hemorroides, tener erecciones más firmes, controlar las flatulencias o lubricar zonas íntimas femeninas.

Les tengo pavor a las entrevistas postragedia en las que un periodista le pregunta a la víctima: "¿Usted qué sintió?".

Les tengo pavor a los cantantes de salsa que, viejos ya, descubren que Dios existe. Sobre todo a los que Dios les habla y les dicta canciones.

Le tengo pavor a que alguien me plagie esta definición de Felipe López: "Un hombre que subsiste por sus propios medios" .

Le tengo pavor a la gente que dice eqsenario.

Les tengo pavor a las teorías de Alfredo Rangel sobre interceptaciones telefónicas. Pero no mucho pavor, apenas un poquito.

Le tengo pavor a que SaludCoop continúe llenando las calles de clínicas y centros de salud que acaban con el espacio público.

Les tengo pavor a las ironías de la vida: en Subachoque, de manera accidental, hace unas semanas un policía disparó su arma y mató a un auxiliar bachiller. El padre del auxiliar dijo: "Era mi varón, que siempre estaba conmigo". El apellido del policía al que se le escapó la bala mortal: Barón.

Le tengo pavor a pasar cuatro años a bordo de Noemí.

Les tengo pavor a los titulares de prensa copiados de los cables internacionales, como este: "Para mejorar la potencia sexual, comen estofado de pene de oso marino en Pekín".

Le tengo pavor a que se me hubiera ocurrido a mí esta frase de Diana Uribe: "Usted no puede comerse una reencarnación de alguien, eso no tiene sentido".

Les tengo pavor a los defensores del toreo que se van por las ramas, en vez de coger el toro por los cuernos.

Le tengo pavor a que Armando Benedetti descuide su carrera política por convertirse en un correveidile de Palacio.

Le tengo pavor a empezar a creer que mi vida mejorará si uso una pulsera magnética.

Les tengo pavor a los que dicen: "Préstame el esfero un momentito".

Le tengo pavor a que me haya llamado alguna vez Guillermo León Valencia Cossio. Y que yo le hubiera contestado. Y que en el DAS hubieran estado trabajando juiciosos a esa hora. Y a que me toque salir de la cuatrimoto.

Les tengo pavor a las señoras que se encuentran el número ganador del chance en la barriga de un pescado y a las que se les aparece la Virgen en la humedad de una pared.

Les tengo pavor a los corridos prohibidos, que suenan todos iguales, con el mismo sonsonete y contando las mismas historias calcadas de los periódicos.

Les tengo pavor a los correos que llegan con títulos del estilo "véanla sin ropa" y, al abrir uno el archivo anexo, encuentra la foto de una lavadora vacía y el consabido: "No seas mal pensado, ¿qué te imaginaste?".

Le tengo pavor a que Uribe descubra que Dios lo hizo y quebró el molde. O a que Juan Manuel Santos pegue el molde con Super Bonder.

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