Por Margarita Rosa de Francisco

Tengo una relación personal con el chocolate. Como toda relación larga y sólida que se respete, ha pasado por toda clase de estados, desde los más adictivos hasta los más plácidos. Entre otras cosas tuvo un comienzo bastante irresponsable, pues una vez fui capaz de llegarle sin miramientos a una tableta de chocolate Sol crudo, me imagino que en medio de algún síndrome de abstinencia porque no encuentro otra explicación. En todo caso, ni las dramáticas consecuencias de haber tocado semejante fondo logró disminuir mi fascinación por este alimento exótico y esencialmente salvaje, aunque lo vistan de gala en las confiterías del mundo entero. Solo hasta que pude determinar que la calidad y la cantidad que consumía eran directamente proporcionales al nivel de ansiedad del momento, supe establecer la diferencia entre un affaire desesperado con chocolate chatarra y el amor sereno y discreto por una trufa de champaña. Sé que no soy la única que se ha sentado a calmar una tusa con tremenda caja de chocolates un sábado por la noche viendo televisión. En tal circunstancia la alienación es tal, que da igual un pirulí de los que vienen en papel plateado, que un ‘praliné cru sauvage’ de Sprüngli. Ahí lo único que importa es que el cacao haga su trabajo para imponerse sobre la tristeza como la ciencia lo ha demostrado; precisamente esa experiencia me ha enseñado que el chocolate es mucho más confiable que un hombre a la hora de consolarnos. Aunque debo confesar que parte del placer es poner a su servicio todos los sentidos para gozarlo en solitario, su disfrute va mucho más allá de esta suerte de onanismo; cuando deja de ser un paliativo para la soledad ya se puede decir que la relación con este oscuro objeto del deseo ha llegado a su madurez. Paladearlo con respeto incluye hora, caleta, marca, empaque, ritmo, privacidad y, sobre todo, un estado de ánimo sosegado para que nada distraiga ese encantador efecto solo comparable al del enamoramiento en su estado más puro. Me resulta imposible ignorar tan refinada y noble compañía, de ahí que no me sea extraño afirmar que esto que siento por el chocolate nunca lo he sentido por nadie. Por eso no puedo dejarlo.

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