Sobre el párrafo de la discordia escrito hace días por el señor Adolfo Zableh, y las reacciones que surgieron respecto a este, se pueden sacar una serie varias conclusiones.


El artículo ha desatado la ira de media ciudad (el grupo en Facebook en contra del artículo ya tiene más de cuatro mil miembros) que no ha hecho nada distinto que confirmar lo atrasados que pueden ser los manizaleños.
 
Amenazas de muerte, insultos, toda una horda de monos babeantes han salido a atacar detrás de un computador vestidos con la bandera de Manizales, con un sentimentalismo mayor que el que tuvo Zableh al escribir.
 
En vez de desmentir con argumentos racionales, lo que sería más sensato, no han hecho cosa distinta que hacer un ridículo mayor al de dañar la Copa Libertadores cuando se obtuvo.
 
¿Qué hubiera pasado entonces, donde el párrafo del periodista en vez de ir cargado de emoción hubiera tocado las fibras que tanto mal le hacen a la ciudad?
 
Qué tal si en vez de haber dicho que Manizales es una villa, hubiera dicho que Caldas tiene una de las peores infraestructuras viales, que el departamento ha soportado por más de treinta años la misma clase política, robándose el departamento y la ciudad, que lo único que ha cambiado es el nombre de sus movimientos.
 
Y si hubiera afirmado que sus habitantes se van para el Cable a emborracharse y ver la gente pasar en carros, como lacayos viendo pasar carrozas del siglo XVI, que hay cinco familias que lo dominan todo y hacen que el departamento aun viva en un sistema feudal, que su alcalde da declaraciones como “detesto a los pobres”, que su gobernador paga sus deudas con el erario, o que sus habitantes son superficiales y viven pendientes del qué dirán.
 
Con las palabras de Zableh se ha desatado un sentimiento que no es otra cosa que complejo de inferioridad, como lo dijera Luis Buñuel con respecto al nacionalismo mexicano.
 
Pero lo más triste es que el sentimiento herido no nos lleva a pensar, sino a destruir, cuando lo más importante sería ir más allá y preguntarse por qué personas que no conocen la ciudad pueden llegar a pensar tales cosas.
 
Porque parece que Manizales se ha quedado inmersa en el tiempo; en vez de pensar en salir adelante, sus habitantes se dedican a hablar de los vecinos, la gente sigue votando por los mismos políticos, y por culpa de ese sentimiento casi irreal de que “Manizales es lo más chimba” nos detuvimos, sin hacer nada por mejorar.
 
Con la columna de Zableh salió a flote todo aquello malo que hay en la ciudad con su regionalismo retratado de cuerpo entero. Esa reacción, en vez de limpiar su imagen, la enloda más. Esta ramplona reacción lleva a pensar que Manizales es una villa de monos babeantes de principios de siglo veinte.

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