Cuando llegué al aeropuerto El Dorado de Bogotá sabía que, obviamente, no podría esperar a que todo se pareciera a Mi espacio, esa divertida película protagonizada por John Cusack y Billy Bob Thorton en donde interpretaban a celosos controladores aéreos al borde de un ataque de nervios, con ansias de héroes y casados con mujeres como Angelina Jolie. Pero sí pensé que algo de eso, aunque mínimo, debería ser real.
Pronto me percaté de lo lógico: ninguno de los cinco controladores aéreos del turno de la noche parecía actor de cine, pero también me di cuenta de que la prepotencia y la arrogancia de los protagonistas de la película de Mike Newell eran solo cuestión de la ficción. Me encontré con personas sencillas, comunes y corrientes, a quienes les gusta jugar microfútbol y fútbol, ver El cachaco y la costeña, tomarse unas 'polas', pero que también saben cuándo un avión aterriza mal y cuándo lo hace bien. Que ya se dan el lujo de decir, con tan solo mirar el firmamento, si la luz que se ve a lo lejos es un 747 o un DC10.
Son personas que saben que su trabajo es más importante de lo que cualquier pasajero piensa, si es que a veces lo piensa. Incluso, muchos de ellos, antes de asumir su turno, caminan por el muelle internacional y nacional para mirar los rostros de quienes se subirán a los aviones que ellos van a 'dirigir'. Algo similar ocurre en el Centro de Control de Bogotá, ubicado a 150 metros de la entrada principal del aeropuerto. Allí, 23 controladores tienen presente todo el espacio aéreo de Colombia a través de grandes pantallas, pendientes de que, por lo menos, haya 100 millas entre avión y avión para evitar accidentes. Las pantallas repletas de puntitos blancos indican si X está llegando a Palmira o si Y está volando sobre el Amazonas. La hora de Greenwich, en ese momento seis horas adelante, es la hora de vuelo internacional por la que se rigen todos los aeropuertos del mundo.
En esa medida, aunque no como en Mi espacio, en la torre el estrés sí es evidente y de allí que los turnos sean solo de seis horas. Durante toda la noche, además, un policía sube a la torre repetidamente para verificar que ninguno de ellos esté durmiendo o desconcentrado de alguna de las pantallas de cristal líquido que indican la posición, la altura y las características de los aviones que sobrevuelan la capital. "Alianza Summa 336 vía Romeo", "tres minutos más sobre Engativá", "vía Alfa despejada", "helicóptero Arpía mantenga trayectoria, manténgase a 300 metros", son algunas órdenes que emiten desde sus micrófonos. Sugieren tomar "vía alfa", "vía romeo", "vía sucre", "vía juliet", algunos de los 30 caminos de rodaje o vías de acceso a las dos pistas del aeropuerto. Las dos pistas, a su vez, se convierten en cuatro, pues son empleadas en ambos sentidos y de allí que no puedan cometer un error: right 13, 31 y left 13,31, son las cuatro opciones.
En apariencia, el aeropuerto pasa a ser otro después de las 10:30 de la noche. Como lo pensé, los pasillos quedan solos, el llanto de las despedidas en el muelle internacional -viajar también es triste- las risas y los abrazos, se desvanecen. El murmullo de la gente disminuye, las pantallas que anuncian salidas y llegadas, lentamente detienen su recorrido y empiezan a repetir itinerarios, y ya anuncian los primeros vuelos del día siguiente. Los locales de comidas rápidas apagan las luces y hasta la librería El Dorado, que tanto ayuda a matar los minutos antes de abordar un avión, también cierra sus puertas. Si pensaba que con el sueño de decenas de pasajeros en las salas de espera en el segundo piso también se iba a terminar la noche, estaba equivocado. Los únicos que sucumbieron al cansancio fueron algunos aviones: dejaron sus puertas abiertas durante toda la noche para ventilarse, especialmente si vienen de vuelos de 5, 6 ó 9 horas.
A las 11:00 p.m., un turno de doce aseadoras empieza a limpiar y a brillar los dos pisos del lugar y no parará hasta las 4:00 a.m. cuando, de nuevo, se llenen los counters de viajeros. Lo mismo ocurre con el mante-nimiento de las seis escaleras eléctricas, llenas de remiendos y de hombres que cada viernes le meten mano. Tampoco paran de trabajar las más de 60 personas que todas las noches preparan los desayunos de los primeros vuelos de la mañana, en unas bodegas ubicadas a 100 metros del aeropuerto. Y justo al lado, están los trabajadores que deben seguir 'la guía', el horario que determina a qué hora deben cargarse los aviones con las flores que van para Europa y Estados Unidos. Ellos, por ejemplo, llegan a las 9 ó 10 de la noche y deben, muchas veces, amanecer haciendo su trabajo. Las doce personas a cargo de la seguridad del muelle nacional también siguen pendientes de mínimos detalles, cansadas de los agresivos pasajeros que no toleran que se les requise o que se les haga pasar una y otra vez por el detector de metales "por el bien del vuelo".
El director de cine Veit Helmer, recordado por su película Tuvalú, ha hecho su segundo filme basado en los sonidos de un aeropuerto en Alemania. Y eso es tal vez lo que más invade la atmósfera durante la madrugada: los sonidos. El carrusel con y sin equipajes dando vueltas, los vendedores ambulantes a la entrada del muelle nacional, ofreciendo tinto, chicles y cigarrillos. Los maleteros, murmurando en voz baja, bostezando o jugando con los taxistas que también están de turno, hombres que ya se han hecho amigos a través de noches como estas y han descubierto que son vecinos y por eso pueden irse juntos a sus casas sin pagar la carrera.
El aeropuerto nunca se detiene. Al amanecer, un viento de cinco nudos permite ver, según los controladores, un cielo despejado y sin problemas para los aviones. Cuando el viento es superior a los 16 nudos, la cosa cambia. Y, sí, los controladores siguen pendientes de 'su espacio', viendo en cada pantalla su propio pedazo de cielo. Lo saben de memoria. Amanece y se dan cuenta de que han recibido 45 vuelos y han visto despegar 109. Van para sus casas satisfechos, porque todo salió bien durante el turno, como saldrán bien los 400 vuelos que se esperan para el 15 de noviembre con más de 4.500 pasajeros que, seguramente, no se detendrán a pensar en ellos y en tanta gente que trabajó durante la noche. Los viajeros seguirán sumergidos en sus sueños, ilusiones, preocupaciones y lamentos. como tiene que ser.

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