Oliver Stone es un talentoso mentiroso. Talentoso, pero mentiroso. En su no tan extensa filmografía se ha especializado en mentir sobre los sesentas: sobre Kennedy, Castro, Hoover, Nixon y Vietnam, y tiempo le ha sobrado para convertir mentiras nada piadosas en películas sobre el fútbol americano, la pornografía editorial y la mente de los asesinos. Con Alejandro Magno (Alexander) cambia de escenario y se muestra como un eficaz distorsionador no ya de la historia reciente de los Estados Unidos sino de la oscura historia de la humanidad. La gran diferencia es que mientras JFK, Platoon y Asesinos por naturaleza pueden calificarse de entretenidas mendacidades fílmicas, Alexander, a pesar del presupuesto y el reparto, está repleta de escenas sosas, y el guión tiene tantos puntos muertos que se hace necesaria la intervención, cada tanto, de Anthony Hopkins como narrador omnisciente. Aburre la insistencia sobre la homosexualidad del protagonista (y aburre porque se plantea una y otra vez pero nunca se explora satisfactoriamente), aburre que Angelina Jolie no envejezca a pesar del paso de los años, aburre el exceso de serpientes, aburre lo mal teñido del pelo de Colin Farell. pero uno, viéndola, no se aburre. Una de dos: o Stone, ese duendecillo mentiroso de Hollywood, hizo una entretenida película con pasajes aburridos o estamos frente a una aburrida película con escenas memorables.

Alexander
ZONA: 1, 4. AUD.: ING., PORT.
SUBT.: ESP., ING., PORT.
VIDEO FACTORY

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.