¿Se acuerda del tipo que perdió la carrera de patinaje por andar celebrando antes de cruzar la meta? Bueno, ese soy yo, y eso pasó en el Mundial de 2010, en Guarne, Antioquia, cuando tenía 15 años. Me pusieron a correr en la carrera de los 20.000 metros eliminación ruta, una prueba en la que van eliminando al último en cada vuelta par, hasta que al final quedan cinco corredores. Entre estos últimos se definen los puestos de acuerdo a como van llegando.


Primero, quiero aclarar que el simple hecho de hacer parte de una selección colombiana de patinaje es un proceso durísimo: participan 200 personas y solo hay tres cupos. Yo venía muy bien, había entrenado como nunca y clasifiqué como el mejor fondista de la categoría juvenil. Esa era mi primera prueba en un Mundial. Durante la carrera, mi entrenador me había estado hablando todo el tiempo por el intercomunicador, me decía que iba muy bien. En la última vuelta, sin embargo, se quedó callado. Ese gesto me hizo asegurarme de que iba de primero. Cuando giré en la última curva, vi a mi familia en las gradas… y no puedo explicar qué fue lo que pasó: me emocioné, me desconcentré, creí que ya me había quedado con el primer puesto. No sé si fue la euforia por estar a punto de ganar, pero me quedé en blanco y cometí la novatada.

Y claro: mientras yo perdía tiempo y velocidad celebrando, el corredor coreano Sang Cheol Lee se me adelantó y cruzó la meta. Yo seguía convencido de que había ganado y estaba feliz. Pero cuando me acerqué a las gradas, empecé a escuchar que la gente me gritaba: “¡marica!”, “¡huevón!”, “¡pendejo!” y cuanta grosería puedan imaginarse. Y yo no entendía nada. Solo hasta que vi las pantallas me di cuenta de lo que había pasado… y pensé: “¿¡Qué hice!?”. El coreano, que se había quedado con la medalla de oro, se me acercó muy respetuoso y me dio la mano con cara de “perdón, tenía que hacerlo”.

Yo quedé destrozado. Las primeras horas fueron muy duras, lloré mucho. Pero me mentalicé y al otro día, que era el último del Mundial, medio me saqué la espinita: quedé de tercero en los 42 kilómetros maratón. Después vino lo peor: empecé a salir por televisión y la gente, a compartir el video de mi error en internet. Fueron seis meses horribles. Hasta en Europa se burlaron de mí cuando fui a competir. No podía concentrarme en las pruebas y, a causa de eso, pasé dos años sin volver a un Mundial… ¡No lograba clasificar!

En 2011, sin embargo, pasó algo inesperado: no entré a la Selección Colombia, pues quedé de cuarto en las eliminatorias, pero el que había ocupado el tercer lugar se lesionó 20 días antes del Mundial de Corea y ahí sí me convocaron. Entrené muy duro esos días. Cuando llegué al campeonato, supe que me habían puesto en la misma prueba de eliminación en la que había celebrado sin ganar. Era mi revancha. Ya en la pista, iba de segundo, muy bien, pero faltando una vuelta me tropecé con un patinador neozelandés y nos fuimos al suelo. Otra vez la mala suerte… no podía creerlo.

Solo fue hasta 2013 cuando me saqué la espina de verdad verdad: gané tres títulos mundiales en las categorías de eliminación, relevos ruta y maratón. Pasé de ser el pelado que perdió por bobo a ser referente de Colombia en las competencias de fondo. Pasé de la categoría juvenil a la de mayores en cuestión de un mes, y eso es algo muy poco común en mi disciplina. Competí en Europa y le gané al actual campeón del mundo en la prueba de eliminación. Además, me traje medallas de oro de los juegos Bolivarianos, Centroamericanos, Suramericanos y Panamericanos.

Ahora estoy entre los cinco mejores patinadores del mundo en fondo y tengo un contrato por dos años con el equipo francés Eoskates. Estoy en mi mejor momento. Tengo 20 años y todavía me queda muchísima carrera por delante. He madurado un montón y entendí que todo se logra paso a paso, meta por meta.

Hoy, la foto de la celebración prematura es el fondo de pantalla de mi computador y el video de ese momento lo veo todos los días. Sí, es ese al que todo el mundo le ha pegado al menos una mirada, en el que aparezco alzando los brazos justo antes de la línea de meta, mientras un narrador muy eufórico de Teleantioquia grita: “¡Apriete, mijo, apriete que ahora celebra… perdió el colombiano!”. Como estoy etiquetado, una vez me llegó una notificación informándome que había superado el millón de visitas. Yo todavía no estaba listo para enfrentar el tema y borré el correo sin pensarlo. El que lo montó a YouTube fue un tal Kaliche, que tiene en su canal como 60 videos bobos y más de 3.700.000 reproducciones. No sé si reciba regalías por eso, pero sí creo que Kaliche debería mandarme al menos un detallito, porque casi la mitad de esas visitas se las ganó a costa de mí, gracias a mi embarrada mundial.

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