Hay una variedad de colombianos que creen que dan al mundo algo nuevo vociferando su conversión a la godarria. Claro, no me refiero a godo como cuando se habla de Rodrigo Marín Bernal, sino como cuando se habla de Benedicto XVI. Si tuviera que identificar a un grupo de personas como los consumidores del pensamiento religioso del padre Alfonso Llano, la luminaria de los jesuitas, serían ellos; esas gentes que se maravillaron en política con Álvaro Uribe, que no dejaban de asentir mientras el profeta José Obdulio hablaba desde su podio como el negativo de Jaime Bayly para recordarnos cómo poner los puntos sobre las íes. Unos dan los oráculos, otros los descifran.

Su público, el del padre Llano, lo considera un hombre polémico. También consideraría polémico a un cocinero que decidiera comerse la comida cruda. Los más conservadores lo tienen por libertino. El desacuerdo solo viene a mostrar cómo en Colombia no se pueda ser más que extremista… bueno, y lo mal que leen los radicales. Cuando ha defendido posiciones ‘de avanzada’ lo ha hecho tendiendo un puente hacia lo más retrógrado, sobre Jesús y el sexo cita al abad Pierre: “Me alzo contra los que afirman que es imposible que Jesús, en nombre de la divinidad, tuviera relaciones sexuales con una mujer. Pero me alzo, del mismo modo, contra los que afirman que necesariamente tuvo una relación sexual con una mujer como consecuencia de su humanidad”. Si Jesús conoció mujer, la poseyó como un dios, en forma de espíritu… tal vez, no como un hombre, lo cual desvirtúa todo el debate sobre su humanidad. Luego de estas escaramuzas sus seguidores lo aman una pizca más porque ha cargado sobre sus hombros su pecado más íntimo: ser godos que se juran libertarios.

 La lectura de Llano me ha convencido de que sus carencias vienen desde el noviciado de Santa Rosa de Viterbo, donde pareciera que erraron en inculcarle la delicada cirugía que hay que hacer con los conceptos. Puede uno hacerlos estallar, en un país como Colombia, y causará confusión: aplíqueselos mal, lléveselos al extremo y muéstrese con ellos conclusiones extremas por setenta años y generará un movimiento. A sus 86 años —que se autocelebró en la pasada columna del 21 de agosto: “Soy un milagro del amor omnipotente y misericordioso de Dios”, dice—, aún escribe en el tono tozudo y altisonante en el cual Ignacio de Loyola, el primero de los jesuitas, peleaba con el diablo a grito herido por las calles de Barcelona.

¿Cómo ha sido descuidado? Lo primero es la pura y simple bipolaridad que lo lleva del ángel de las bendiciones a las lenguas de fuego, al son del vaivén de la ira y la contradicción que él solitario va incubando. El 13 de agosto de este año escribe bondadoso: «...cuando alguien […] me pide con fe: “Bendígame, padre”. “Por supuesto”, le digo: cierro los ojos, hago sobre su cabeza el signo de la Cruz y le impongo mis manos ungidas sobre su humilde corazón. ¡Siempre bendecir; nunca maldecir!». Poco antes, desencajado, como Castrillón cuando lo entrevistó Patricia Janiot sobre la pederastia, se riega en improperios refiriéndose al motivo que anima las críticas a la Iglesia por el encubrimiento: 

“…Odio volteriano, heredado en línea recta del mayor boquisucio que ha tenido Francia en su historia, y HOY vomitan sus fieles seguidores. No corre sangre por las venas de estos volterianos; corre bilis, bilis negra y sucia”.

Ante lo que sus opositores vitorean y levantan banderitas. ¡Piensa con el corazón y no con la cabeza!, virtud intelectiva y deseada de los nuevos conservadores. Pero la rasquiña suele volverse irritación y la irritación, dolor, porque las lógicas distorsionadas, repetidas hasta el cansancio terminan en el mal; uno “correcto”, iluminado, beatífico. Por eso Llano, como Castrillón, toma el hábito de defender a los pederastas. En el proceso se ve molesto, como si no hubiéramos comprendido su forma de amor, como si lo estuviéramos increpando por algo que es una aguja en un pajar. El Tiempo, 11 de junio de 2002: «El mito griego nos cuenta cómo a Tántalo, muerto de hambre y de sed, lo sumergieron en una laguna con el agua hasta el cuello y una rica bandeja, llena de frutas y vinos, que le llegaba hasta el borde de los labios y no se le permitía consumirlos. Así somete el mundo moderno a los sacerdotes: “Miren, huelan, pero no coman ni beban”, y algunos comen lo que tienen más a la mano y es más débil e inofensivo: los niños. Y se levantan los fariseos, los medios, y ponen el grito en el cielo, rasgando sus vestiduras podridas y fétidas, por supuesto, y acusando a los sacerdotes de impuros y perversos». 

Si toda la sociedad fornica eufórica, ¿por qué no nos dejan aunque sea las sobras, lo más débil e inofensivo? Solo pedimos los niños. Aún así se excluye a los sacerdotes de la vida sexual. Eso sí, no sin antes restregársela en la cara. ¡Fariseos! A ver, ¿y el piloto del avión por qué no se puede ir en primera clase tomándose los cunchos de la champaña, es humano. Si al aterrizar se confunde y morimos, errare humanum est. Solo el uno por ciento de los cuatrocientos mil curas del mundo está involucrado. Cene tranquilo en este restaurante; solo uno de cada cien de nuestros clientes ha muerto intoxicado. Tal vez en el seminario convenga menos pastoral y más historia de la Iglesia, una que recuerde cómo antes se dejaba a los curas delincuentes en manos de la justicia: la bula papal Cum Primum prescribe en 1566 la entrega al Estado de todos los pederastas, lo que indudablemente comportaba su ejecución.

Pero las malas lógicas perviven en el corazón casi tanto como el candor que las alimenta. Ocho años después, en su propósito de bendecir y no maldecir, el padre invita volterianamente a que nos olamos las cloacas:

“¿Por qué no destapan su cloaca? ¿Solo huelen la de los curas? Así parece. La de ellos (críticos de la Iglesia) ha recibido tratamiento: es inodora. ¡Oh prodigio!”.

Práctica canina con la que no tengo ningún problema, sobre todo porque con la mía no han estado jugando los niños… y no la tengo empeñada al Altísimo.

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