Las mujeres y las palabras, como bien lo dijo muchas veces Cristina Peri Rossi, son lo mismo. Las mujeres somos un lenguaje que, aunque todos conocemos, pocos saben dominar, manipular, jugar con él. Las mujeres somos complejas y rotundas. Somos únicas y apasionadas. Determinadas y suaves.

Ser una mujer que se enamora de mujeres es para mí un privilegio: un punto a favor, una ventaja. Quiero creer que tengo un mayor conocimiento, un acceso más profundo, un entendimiento de lo que significa la feminidad (en todos sus sentidos. No hablo solo de tacones y vestidos, hablo de eso que aunque siempre es diferente, nos hace ser mujeres).

Cuánto me gusta esa palabra: mujer.

Sea como sea, esto es lo que sé de mí, esto es lo que sé de las mujeres:

Hay que despertarlas siempre con besos en los ojos antes de partir. Darles atención ininterrumpida y devota cuando hablan de temas como sus amigas, las tristezas que les dejaron en el cuerpo amantes del pasado, su mamá, los miedos que cargan alojados debajo de las costillas desde que son niñas, las inseguridades que habitan su cuerpo.

Jamás pronunciar las palabras “no llores”. Jamás guardar silencio después de un “te amo”, “me gustas” o “te pienso”. Siempre guardar sus secretos. Siempre honrar los pequeños gestos de amor que profesan, como aprenderse tu menú de desayuno favorito o dedicarte más de 20 canciones de amor en menos de un año. (Recordar comprar un cuaderno para anotar esas canciones de amor y jamás olvidar alguna). Tratar de prestar atención un lunes a las ocho de la noche cuando te dicen en la mitad de una conversación sobre Nombres y animales, de Rita Indiana, que tienen muchas ganas de comer helado. Tres días después de esa conversación, tu chica estará de mal humor sin ninguna razón aparente y le preguntarás ¿qué te pasa? y ella dirá que nada y tú dirás que evidentemente algo no anda bien y ella dirá que no puede creer que tú no lo recuerdes y tú dirás ¿estás así por el trabajo? y ella se indignará más y explotará y dirá que lleva una semana diciéndote que quiere comer helado y que tú no has hecho nada al respecto porque nunca la oyes.

Cuando esto suceda, ríe por dentro y recuerda que esta es una de las razones por la cual la amas, límpiale las lágrimas de los ojos (si hay lágrimas involucradas), recuérdale que es la mujer más hermosa de todo el universo y sal corriendo a comprar todos los litros de helado que te quepan en las manos. Si puedes también cómprale flores y un libro o un cuaderno (las mujeres amamos las flores, sobre todo si llegan un miércoles en la tarde sin ninguna otra justificación más allá que un arrebato de enamoramiento).

Los domingos, cuando llegue la hora de pedir algo para comer mientras ven la nueva película de su director favorito, tú dirás que pidan lo que sea, que escoja ella. Ella dirá que tienes que escoger tú y tú dirás que acabas de decirle que cualquier cosa que le provoque a ella está bien para ti. Esto es un error. Al momento de pedir comida sé siempre enfática y escoge algo así no sepas qué escoger. Esto te ahorrará tiempo y posibles peleas. Este simple secreto o truco te hará feliz.

Trata siempre de hacerle el amor como la primera vez. Es decir: nunca tomes nada por sentado. Nunca asumas que por ser mujer le gusta que abracen su cuerpo de la manera en la que te gusta a ti o a otras mujeres. Quítale la ropa despacio y besa su espalda con tiempo. Pasa tu lengua por la parte de atrás de sus rodillas. Bésale los hombros, el pecho y el cuello. Aprende a leer lo que quiere traduciendo su respiración, sus pequeños gemidos, la manera en la que mueve su cuerpo. Cuando ella misma te lleve a sus lugares favoritos, recuérdalos, pero no lo suficiente como para olvidarte de hacerla encontrar unos nuevos. Sé suave cuando tengas que ser suave y sé fuerte por momentos: ambas cosas le gustan por igual. Susúrrale lo que te gusta al oído. Sé específica, dile que te gusta el sabor de su aliento cuando te besa despacio, cuando busca tu boca mientras te hace el amor estando tú de espaldas, su pecho sobre tu piel. Recuerda que cuando está contigo te está dando todo, que es vulnerable, que son dueñas del tiempo.

“Al tocarla, mis dedos no cuestionan lo que ella es. Mi cuerpo sabe quién es ella. Lo extraño acerca de los extraños es que son desconocidos y conocidos. Hay un patrón de ella, una forma que entiendo, una geometría privada que se complementa con la mía. Ella es un laberinto en el que me perdí hace años, y ahora encuentro la salida. Ella es el mapa que faltaba. Ella es el lugar que yo soy” (Jeanette Winterson). Ella es el lugar que tú eres, ten esto en cuenta cuando quiera tiempo para estar sola, cuando no la entiendas porque ella misma no se entiende, cuando quiera independencia, cuando necesite viajar más allá de dos océanos para hacer realidad sus sueños.

Sé generosa y apóyala siempre. Dile que la admiras la mayor cantidad de veces que se lo puedas decir. Dile que la amas. Dile que es perfecta como es y que no hay nada malo con su cuerpo. Cuando no encuentres las palabras para decir lo que sientes, háblale a través de silencios. Cuando sientas que está pensando demasiado, dile que está pensando demasiado. Cuando sientas que está haciendo interpretaciones incorrectas o leyendo señales que no existen, dile que esas señales no existen. Cuídala y dile que todo está bien y que todo va a estar bien (así esto no sea cierto).

Ella es el lugar que tú eres. Recuerda eso.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.